¿Hacemos rosquillas?
Patricia Álvarez Zárate//
El 20 de agosto de 2016, un día después de mi decimotercer cumpleaños, desperté pensando en las rosquillas de mi yaya. Habíamos hecho una buena tanda de ellas dos días antes porque me encantan. Es un ritual que mi abuela Engracia y yo tenemos desde bien pequeña. Nos reunimos en la cocina alrededor de un fuego caliente, harina, azúcar y pacharán casero. Mi abuela siempre decía que para las rosquillas es mejor el anís, “pero hay que gastar el pacharán que hace tu tío Julián”. Me parece raro que dos bebidas tan distintas puedan intercambiarse. Pero ella nunca falla. Las rosquillas de mi abuela son suyas y de nadie más, solo si ella está presente se pueden hacer, pues guarda la receta a buen recaudo en su memoria. O puede que a veces se la invente, porque nunca nos salen igual. Es difícil acertar, por lo general nos quedan muy duras, otras veces demasiado aceitosas… Esa vez tampoco pensé que sería necesario transcribir la receta. Cuando mi abuela escribe se le arruga la frente y suelta palabrotas por lo bajo, como si estuviera haciendo el deporte más duro de las olimpiadas, por eso nunca le pido que lo haga. Parecía que, por una vez, habíamos conseguido las rosquillas perfectas, ¡y para mi cumpleaños! Aún en la cama pensaba en que mamá me serviría una para desayunar y reñiría con ella por otra. Era mi primer día con trece años y podía comerme dos rosquillas sin que pasara nada.
Subiendo las oscuras escaleras me doy cuenta de que en la casa falta el ruido habitual: la televisión chillando, la campana de la cocina, mi madre cortando verduras, la lavadora dando vueltas tan rápido que recuerda una nave espacial. Todo está en silencio. Me siento en el sofá y como tres rosquillas escuchando a los pájaros. A pesar del desconcierto de estar sola en una casa tan grande, casi se agradece un poco de tranquilidad.
Salgo a comprar el pan como todos los días. En mi calle han levantado todo el suelo para arreglar las tuberías y ahora hay un escalón de más de un metro en la puerta de mi casa. Es un engorro. Ratas, sapos, lombrices, caracoles y miles de cucarachas han invadido nuestra calle –o quizá seamos nosotros los que hemos invadido sus casas removiendo el subsuelo– me da igual porque yo quiero que se vayan. Corro por la calle con asco y deprisa al pensar que una rana puede saltarme a la pierna. Solo quiero volver a casa y esperar a la hora de comer.
Lo que yo no sabía era que hacía menos de dos horas mi abuela había bajado los escalones de su habitación a trompicones, sin poder articular una frase con sentido, sin parar de mover los brazos, angustiada y con los ojos fuera de las órbitas. Mamá leía su libro en el salón. Con el susto en el cuerpo socorrió a mi abuela como buenamente pudo. Mamá sentó a la yaya, le midió el azúcar y la tensión, le preguntó por pesadillas o ratas debajo de la cama, pero la yaya tenía la boca llena de polvorones o algo así, porque no podía hablar bien. Mi hermano pequeño lloraba en la esquina contraria asustado mientras veía a nuestra abuela hacer cosas que hacen los bichos raros que tiene en su consola. Y yo, que nunca he tenido sueño profundo, seguía durmiendo plácidamente en el piso de abajo.
Esto es lo que mamá me cuenta diez horas después, cuando vuelven del hospital en el que han dejado a la yaya porque está muy grave mientras yo me siento culpable por haber comido demasiadas rosquillas. “¿Y cómo la sacaron?”, con la calle levantada y el desnivel tan alto en la puerta es imposible que saliera por su propio pie o que llegue una ambulancia a la puerta. “Los enfermeros trajeron una camilla desde la carretera y entre ellos, tu padre, José el de Pilarín y yo la bajamos por la puerta como pudimos, no se nos cayó de milagro” Mi madre, tan pequeña como es, levantando a mi abuela, gorda y sedentaria, que no salía de su casa más que para regar las plantas. Mi abuela, que no pedía ayuda nunca, sacada a duras penas de su casa y arrastrada como un saco lleno de piedras por cuatro hombres y su nuera.
Desde ese mismo día, la casa se tornó gris. Todos están enfadados todo el tiempo y discuten sobre dónde dejar a mi yaya, qué hacer con ella. Como si, al quitarle la capacidad de hablar y andar, ya no fuera la mujer que ha levantado este hogar. Mi abuela ha pasado a ser una molestia y fuente principal de discusiones, y esto ella lo sabe. Su vida se ha reducido a las cuatro paredes de su habitación, en una cama con vistas a la Sierra de Santo Domingo. Yo subo a verla todos los días, le doy un beso, le digo “dame un beso tú también, Yaya” y lo hace obediente. El sillón al lado de su cama se vuelve mi lugar seguro. En los meses que siguen aprendo a curar heridas, quitar pañales, cortar el pelo y dejo de marearme cuando toca pincharle la insulina. Al principio me lo tomo como un juego, como cuando jugaba a los médicos con mis primas. Pero el tiempo tiñe la escena de melancolía. Los recuerdos del verano, cuando era ella quien me cuidaba a mí, amenazan con hacerme llorar cada vez que estoy a su lado.
La ingenuidad y diversión se me escapó en el mismo instante que soplé trece velas, al igual que aquellas rosquillas que ya no volverán a ponerse en la mesa del desayuno. Su sabor será solo un recuerdo. Y una de las mayores condenas: nunca pedirle la receta escrita por pensar que mi abuela estaría esperando en la cocina siempre que yo le preguntara “¿Hacemos rosquillas?”.

