Delitos y Cine: Top 10 películas del SSIFF
Jorge Marco, Julio Beltrán, Pablo Gracia//
Como cada año, nuestras entrevistas y reseñas del Festival Internacional de Cine de San Sebastián concluyen con una recopilación de las que, a nuestro modo de ver, han sido las películas más disfrutables y valiosas de esta edición.
Esta humilde selección, que no está ordenada de ninguna manera en particular, refleja únicamente nuestra percepción personal que, obviamente y de manera modesta, tratamos de justificar y argumentar en cada caso particular. En esta ocasión la tarea ha sido más desafiante que de costumbre, ya que entre algunas de las películas más notables se encuentran también varias de las más polémicas y que más han polarizado al publico y a la crítica profesional. ¡Esperamos que estas reseñas que sintetizan el espíritu de esta edición del festival os resulten interesantes y que, con suerte, alguna de ellas os anime a acercaros a las salas de cine para disfrutar estas obras en primera persona!
Megalópolis (2024, Francis Ford Coppola)
Resulta complicadísimo tratar de escribir algo sobre la última película de Coppola, ya no solo por todas las aristas, significados y contradicciones que la atraviesan, sino por todo el revuelo causado tras su estreno. Megalópolis ha sido para el cineasta de origen italiano un proyecto personal, personalísimo, que se alargó durante treinta años y que en numerosas ocasiones estuvo muy cerca de no ver nunca la luz. Muchos esperaban con ansia el momento de poder ver por fin la última película de este ya mítico director, y, sin embargo, parece haber sido una profunda decepción para la mayor parte del público. Cosa con la que no podemos empatizar. Megalopolis es todo y nada. Y también algo. Verla se sintió como asistir a un espectáculo completamente nuevo, nunca visto, uno creía estar ante una absoluta renovación de todo lo que supone el cine actual. De la invención de los Lumière a la última obra del director de El padrino, menudo viaje.
La película está conformada por capas y capas de grandilocuencia y parodia que se contraponen, se comprimen y se solapan al mismo tiempo. Estamos ante un delirio febril de alguien a quien no le importa nada, que de la seriedad shakesperiana puede pasar al humor adolescente más burdo. Todo en Megalopolis es tan gigantesco como la ciudad futurista con la que sueña el personaje de Adam Driver. No hay contención ni mesura, los diálogos y las imágenes a las que nos enfrentamos siempre van a más. Como ejemplo sirva el momento en el que durante un espectáculo circense a la romana —con carrera de cuadrigas incluida— César Catilina canta una ópera en las escaleras de un sótano bajo los efectos alucinatorios del alcohol y las drogas tras haber recibido una paliza.
La inmensa utilización de recursos, trucos y formas de montaje apabulla. Las viejas reglas no sirven, estamos ante un intento por tenerlo todo. Y todo el rato. A veces de forma justificada. En ocasiones alargado y repetido sin ningún sentido. Pero qué importa cuando se está ante algo así. La palabra no sirve. ¿O alguien se atrevería a criticar el acabado de una columna del Partenón? Megalopolis consigue un efecto parecido a cuando se contempla la Acrópolis de Atenas durante las dos horas y veinte minutos de duración del film. Tiempo en el que uno solo puede sentirse confuso, sin saber a dónde está yendo o qué está pasando exactamente, pero disfrutando completamente de un viaje libre de cualquier tipo de atadura, miedo o prejuicio. Ante tal osadía por parte de un octogenario solo queda aplaudir, aunque no se haya comprendido nada.
Una vez terminada la película, pisar la calle se vuelve extraño. Es imposible no sentirse arrollado por lo que uno acaba de ver. Casi en estado de trance, acosado aun por la duda de que si ese hombre que ha subido delante de la pantalla para entrevistar a un personaje de la película era real, el único pensamiento que uno alcanza a verbalizar es que Coppola nos señala a la luna pero solo alcanzamos a verle el dedo
La semilla de la higuera sagrada (2024, Mohammad Rasoulof)
La presentación de films iraníes por parte de directores censurados o en exilio se está convirtiendo en una escena común en Occidente. A los conocidos casos de Panahi, Ghobadi o Rajabian se suma ahora Rasoulof, exiliado tras ser condenado a ocho años de prisión y flagelación por delitos contra la seguridad nacional en Irán por su nueva película: La semilla de la higuera sagrada, ganadora del Premio Especial del Jurado y Premio FIPRESCI en el Festival de Cannes.
En este film Rasoulof emplea el núcleo de una familia en Teherán como microcosmos del régimen iraní. Para mostrar la represión patriarcal y religiosa del régimen, la película se ambienta en la revolución social que tuvo lugar tras el asesinato de Mahsa Amini, la joven kurda torturada y asesinada por no cumplir con la obligatoriedad del hiyab.
La historia comienza con el ascenso del padre de familia a juez de instrucción en el marco de los tribunales revolucionarios especiales creados para juzgar a los rebeldes que participaron en esta revuelta y que asemejan a un proceso judicial kafkiano. Amnistía Internacional publicó un informe alertando de las enormes deficiencias de los procedimientos de los Tribunales Revolucionarios, unidas a los escandalosos llamamientos de las autoridades para que se aceleren tanto los juicios como las ejecuciones públicas, en las que hubo condenadas de muerte por “enemistad contra Dios” (moharebeh) y “corrupción en la tierra” (efsad-e fel arz). En total durante las protestas murieron 76 personas y 1.186 fueron apresadas, según la televisión estatal IRIB y las autoridades provinciales. Así, el padre de la familia se encuentra desde el principio en el dilema moral de firmar las sentencias (pues su trabajo a veces se resume en eso), o cuestionar el régimen del que es partícipe.
Por otra parte, sus dos hijas encarnan el aspecto juvenil y moderno de la sociedad iraní. Son abiertamente críticas con su padre y siguen las protestas desde las redes sociales (recurso que emplea Rasoulof para mostrar imágenes de archivo de las manifestaciones). Como elemento de mediación se encuentra la madre, que por un lado asume su rol como sumisa ama de casa, pero que a lo largo del film sufrirá una transformación de la mano del amor a sus hijas.
La película funciona muy bien durante las dos primeras horas, donde la paranoia dentro de la casa crece por la desaparición de la pistola del padre y las sospechas en torno a las hijas y la madre. Esto desemboca en unos interrogatorios cuyo tempo lento y opresivo es sin duda lo mejor de la película. Sin embargo, en cuanto la familia sale de su encierro en Teherán para encerrarse de nuevo en el pueblo, y luego tratar de escapar del padre, el film se transforma en una historia algo más simbólica, donde la acción transcurre de forma muy veloz y desapegada de la verdad emocional que habíamos estado viviendo hasta entonces. De hecho, este ritmo acelerado hace que la persecución en las ruinas del pueblo caiga en ocasiones en un parodia del slapstick. Sin embargo, es de agradecer que Rasoulof quiera dar un final esperanzador y no gris como estamos acostumbrados.
En definitiva, es una incisiva radiografía de la sociedad iraní y del mundo contemporáneo al que el cine debe enfrentarse.
On Falling (2024, Laura Carreira)
Ya hablamos de esta película para introducir la entrevista que realizamos a su directora, Laura Carreira, y que podéis leer en esta misma revista. Y es que la joven cineasta portuguesa se ha alzado, gracias a su primer largometraje de ficción, con la concha de plata a la mejor dirección. Casi nada.
En todo caso, cualquiera que tenga la suerte de haber visto o vea en un futuro On falling, sabrá que el galardón se entregó con toda justicia gracias a una obra que, bajo su contención y quietud, grita grandes verdades.
Aurora es una joven portuguesa que se ve obligada a emigrar, como tantos otros compatriotas, al extranjero en busca de un trabajo que la mantenga a flote. Su destino, concretamente, será Escocia. Ahí, deberá alojarse en un apartamento compartido con muchos otros en su misma situación. En un mundo que le es culturalmente ajeno e ignorada hasta el punto de sentirse invisible en su precario puesto de trabajo, Aurora se siente cada día un poco más sola, un poco más empobrecida y un poco más acorralada por su situación.
Enumerar todos los puntos fuertes de esta potente obra llevaría mucho más de lo que una pequeña reseña puede permitirse, pero si puede destacarse una decisión acertada. El silencio. El silencio que reina a lo largo del martirio que la protagonista sufre encerrada en si misma es un recurso tremendamente bien ejecutado y que transmite al espectador una sensación de claustrofobia que, por desgracia, a muchos resultará familiar.
Soy Nevenka (2024, Icíar Bollaín)
La carrera como directora de Icíar Bollaín desde principios de este siglo parece marcada por el compromiso de trasladar a la pantalla algunos de los temas más incómodos y estremecedores de la sociedad española. Te doy mis ojos, estrenada en 2003, mostraba de una forma terrorífica lo que supone para las mujeres una relación de maltrato mucho antes de que su condena estuviera tan normalizada —aun cuando, por desgracia, queda todavía muchísimo por hacer—. Casi dos décadas después se atrevía a abordar el peliagudo terreno del terrorismo y sus consecuencias con la película Maixabel, demostrando una fidelidad encomiable hacia los hechos retratados sin dejarse llevar por el discurso político que desde algunos sectores se enarbola constantemente para tratar de reavivar la llama de un tiempo que, por fortuna, ya pasó.
Su último film parece querer unificar los caminos abiertos en las dos películas anteriormente mencionadas para mostrar a los espectadores el caso de Nevenka Fernández, una concejal de Ponferrada víctima de acoso sexual por parte de su superior —y también alcalde de dicho municipio—. Su denuncia causó un revuelo que sacudió a la sociedad española y que terminó por convertirse en la primera condena de este tipo a un político en la historia de nuestro país.
Soy Nevenka es dura. Durísima. Casi tanto como los hechos que narra. Pero a pesar del terreno pantanosos en el que se atreve a sumergirse Bollaín sale airosa, pues la propia ética de la película queda fuera de toda duda. Aquí se está mostrando el retrato robot de un maltratador, desde las palabras de cariño y los gestos tiernos iniciales hasta el infierno que es capaz de desatar cuando sus caprichos no son atendidos. Usando el poder de su cargo y con el amparo de un sistema patriarcal que continúa plenamente vigente, Ismael Álvarez convirtió la vida de Nevenka Fernández en un auténtico infierno. Y la cineasta madrileña ha querido contarlo sin hacer ninguna concesión, creando una tensión insoportable en algunos momentos y que convierten a esta obra en algo más cercano al terror que al documental. La presencia de Ismael acongoja tanto al espectador como en su día debió hacerlo a su víctima.
Por suerte o por desgracia, películas así parecen a día de hoy todavía más necesarias que nunca, visto el panorama de regresión en el que se encuentran los discursos que abogan por la igualdad. De hecho, una de las cosas que más hielan la sangre mientras se ve Soy Nevenka es contemplar el tratamiento que se le dio al caso en los medios de comunicación cuando estalló hace más de 20 años. En las imágenes de archivo empleadas se pueden ver a conocidos periodistas y presentadores —que a día de hoy siguen ocupando los platós de televisión a pesar de su afición por la mentira y la manipulación— sorprenderse de que una chica con estudios haya soportado esa situación sin haberle puesto remedio con anterioridad. Declaraciones que es mejor no calificar para seguir manteniendo la compostura.
El ver que no hemos cambiado tanto, que la sensación de avance es simple ilusión, convierte a la última película de Bollaín en necesaria. Para no hacernos olvidar. Para saber de dónde venimos y a qué nos enfrentamos.
Tardes de soledad (2024, Albert Serra)
Ganadora de la Concha de Oro de la 72ª edición por decisión unánime, Tardes de soledad es un documental que muestra al torero peruano Andrés Roca Rey durante las corridas de toros y los acontecimientos que la acompañan, como vestirse con el traje o la salida de la plaza en el minibús.
Decimos que “muestra” porque el documental se abstiene de dar una opinión personal acerca de la tauromaquia, aunque el director se haya pronunciado en algunas entrevistas a favor de la misma. En ese sentido, no se preocupa por dar cifras, ni hablar de la situación actual de esta actividad en España (de su dependencia de las subvenciones, auspiciadas por la extrema derecha, de la supresión del Premio Nacional de la Tauromaquia, de su prohibición en Cataluña, etc). De hecho, el público siempre se deja fuera de campo, y el encuadre aísla a Andrés y a su equipo, transmitiendo precisamente esa soledad de la que habla el título.
Y es que hay varios niveles de interpretación a los que juega el film. Por un lado, hay algo trágico y lorquiano, tanto en los primeros planos de la sangre y el sufrimiento del toro (que en San Sebastián hizo salir de la sala a buena parte de los espectadores), como en el lenguaje de los toreros. “Eso es. La vida no vale nada “Tengo un ángel”, “Este toro me ha perdonado la vida”. A este aspecto trágico se refería Albert en las entrevistas durante el festival, en las que elogiaba el valor de Andrés, de “hacer” en una sociedad acostumbrada a hablar. Citó en concreto el caso de Ucrania y cómo la ONU y distintas organizaciones discutían al respecto mientras otros se jugaban la vida. También es cierto que muchos encontraron, en lugar de un solitario héroe trágico, solo barbarie y crueldad innecesaria en las imágenes de la agonía del toro. Y de alguna manera esa ironía es un valor añadido a la película, que como la vida misma depende del momento y la mirada de quién la ve. De hecho, un aspecto novedoso del documental es precisamente la existencia de estas imágenes tan próximas al toro y al torero, con una gran calidad de audio. Nunca se habían dado las condiciones técnicas para poder realizarse a ese nivel.
Por otra parte, los propios toreros del equipo de Andrés dan lugar a momentos más cercanos a la comedia, con chistes y cambios de actitud en cuanto falta otra persona. Aportan ese matiz de no tomarse en serio a sí mismo que tienen la mayoría de películas de Albert Serra y que recuerdan que un documental no deja de ser tan de autor como cualquier ficción. Por ejemplo, el propio Albert declaró que cuando iban a grabar a las corridas no sabían “si iban a tener suerte y en vez de una habría tres cogidas”.
En definitiva, tras cinco años de trabajo y tres de rodaje, Albert Serra consigue un documental polisémico, que alienta la discusión y ofrece varias interpretaciones a la mirada del espectador, desde la que solo ve barbarie a la que quiere descubrir algo poético en todo ello.
Apocalipse in the tropics (2024, Petra Costa)
Es raro que, en un festival en el que la ficción o la ficción como clave comunicativa es absolutamente predominante ante otros formatos, un documental consiga calar en el publico hasta el punto de colarse entre las obras favoritas. A nosotros esto nos ha ocurrido con Apocalipse in the tropics.
La política ha mutado mucho sus claves comunicativas en los últimos años. La proliferación de las redes sociales y los nuevos métodos de comunicación han cambiado radicalmente las reglas del juego a la hora de alzarse con el poder político y, por supuesto, este cambio no ha afectado a todas las corrientes ideológicas por igual. Los discursos de extrema derecha, de intolerancia racial y extremismo religioso campan a sus anchas en forma de agitadores, bulos y medios de comunicación sin escrúpulos. Este fenómeno se manifiesta de formas muy diferentes en cada sociedad y cultura y, para entender el fenómeno de Bolsonaro y la polarización política que ha sufrido Brasil en sus últimas legislaturas, llega a nosotros el impresionante trabajo de la directora Petra Costa, Apocalypse in the Tropics.
Esta directora nos narra – literalmente, ya que es ella quien entona la voz en off que nos acompaña a lo largo de todo el documental – como la extrema derecha Brasileña, a través de la fe evangélica, controla la opinión y las acciones de millones de ciudadanos. Como los discursos anticientíficos prosperan pese a dejar tras de si centenares de miles de muertos por COVID, o como el temor a satanás comienza a mover el voto de un sector muy importante de la población.
Durante el documental, las declaraciones y reflexiones de distintos protagonistas de la política brasileña, como el presidente Lula da Silva, el expresidente Jair Bolsonaro, o el siniestro pastor evangélico y estrella mediática, Silas Malafaia, tejen junto con la voz de Petra Costa un panorama desolador del que no parece fácil escapar, pero del que es importante entender las causas. Y es que la arrogancia de creer muerto al fanatismo, político o religioso, y dejar ampararse a los discursos de odio bajo el paraguas de la libertad de expresión han llevado al país más poblado de Latinoamérica al borde de la desintegración social.
Oh, Canada (2024, Paul Schrader)
Algo que sorprende en el estado del cine actual, y que parece casi hasta contradictorio, es que los cineastas veteranos resultan ser los únicos que se atreven a innovar, a empujar los límites del lenguaje y de la narración en sus últimas películas. De la misma forma que hablábamos del delirio febril de Francis Ford Coppola y su Megalopolis, Paul Schrader ha jugado con la capacidad ilusoria del cine estrenando una película en la que las imágenes pueden ser verdad y mentira al mismo tiempo.
Oh, Canada nos invita a conocer la vida de un reconocido activista y documentalista —interpretado por Richard Gere— que se encuentra casi en la fase terminal de un cáncer. Viendo que sus días están contados, una pareja de antiguos alumnos deciden grabar una entrevista con el que fue su mentor para poder dejar un testimonio en primera persona de su biografía. El problema comienza cuando la edad, la medicación y la enfermedad le provoquen entrar en una continua contradicción, destapando sucesos y acontecimientos que nunca había contado, ¿o quizás sí?
Es aquí donde la película se convierte en una compilación de momentos que saltan adelante y atrás en el tiempo, creando un hilo tan confuso como el propio relato de la vida del protagonista, alguien encumbrado por su compromiso político y social a lo largo de su carrera. Una trayectoria que, sin embargo, no parece haberse construido sobre los pilares más sinceros. Descubrimos así sus momentos más oscuros y reprochables, a los que Schrader dota de una carga dramática mayor por haberlos destapado en un momento de absoluta fragilidad, casi al final de una lenta agonía por la enfermedad que padece. Pero, ¿hasta qué punto lo que vemos es real? La película juega constantemente con esta duda, en la que nunca queda claro si las imágenes de su pasado son el fiel reflejo de sus palabras o es algún tipo de verdad revelada únicamente al espectador.
No deja de resultar curioso que Paul Schrader, con una monumental carrera no sólo como hombre de cine sino como cinéfilo, haya presentado un film que torpedea de forma tan evidente la figura del cineasta consagrado. Como si quisiera advertir acerca de la importancia de no dejarse arrastrar por el encanto de alguien que hace películas que nos pueden gustar mucho. Y al mismo tiempo no deja de ser un eslabón más que continúa la línea de sus últimas películas, pobladas por perdedores que soportan sobre sus espaldas un pasado lleno de errores del que quieren huir, cuando no redimirse. Por eso, a pesar de los comportamientos detestables que se nos muestran, hemos conocido al responsable en un estado de absoluta fragilidad, alguien en silla de ruedas que se duerme por el agotamiento que le supone el simple hecho de hablar, que está confuso y que mezcla momentos vitales.
Oh, Canada, en su forma tan líquida de contar una vida, condena y señala, pero también quiere dar la paz y reposo que proporciona el tacto de un ser amado o un paisaje sobre el que poder construir una nueva identidad, dejando que la vieja se pierde entre el verde del campo silvestre.
A Traveler’s Needs (2024, Hong Sang-soo)
En cuanto a producción y puesta en escena, sin duda el film más peculiar del festival es A traveler´s needs, de Hong Sang-soo. Sin embargo, esto tampoco es ninguna sorpresa para los aficionados a la filmografía del director. Aquí mantiene la directriz artística de sus obras, donde cada unidad de tiempo y lugar se traduce en un único plano estático, aunque esto no llegue a ser un dogma rígido. De ahí derivan el resto de componentes artísticos, donde la fotografía parece amateur, con iluminaciones exteriores e interiores al natural, y la interpretación se basa en la improvisación a partir de unas bases que el director plantea cada mañana antes del rodaje. Es más, en este rodaje se encuentran tan solo el reparto, un ingeniero de sonido y el propio director, lo cual da idea de la concepción íntima del cine de Sang-soo.
En esta ocasión la historia parte de Iris (Isabelle Huppert), una francesa de unos setenta años que viaja por Corea del Sur enseñando francés en clases particulares. La peculiaridad del personaje capta desde la primera escena la atención, ya que no tiene ninguna formación en idiomas, no sabemos qué hace allí o cuál fue su pasado, y confiesa beber una o dos botellas de makgeolli, una bebida alcohólica tradicional coreana. Su método de enseñanza es bastante llamativo: Consigue que el alumno confiese alguna intimidad en inglés, porque esa es la única lengua con la que puede comunicarse con los coreanos, y esa frase la traduce al francés. Según ella, al ser una frase con contenido emocional, se queda en la memoria del alumno mucho mejor que cualquier otra frase artificial de un libro. Es interesante que este misterio que la rodea, así como su vestuario de colores saturados la acercan a un personaje de cuento de hadas, que ha bajado a la tierra para conseguir confesiones de distintas personas.
A partir de esta premisa vamos a asistir a tres clases. Las dos primeras fluyen con mucha tranquilidad, y hacen un juego de contrastes entre el comportamiento de la primera alumna y el del alumno siguiente. La tercera es mucho más dramática, y se dibuja una relación sentimental entre Iris y un alumno suyo, mucho más joven, que perturba a la madre de este. Se trata de una estructura un tanto deslavazada, como si las dos primeras clases y la última pertenecieran a películas diferentes, aunque seguro que Sang-soo era consciente de esto en el momento en el que elijes crear el guion cada vez que te despiertas por la mañana.
En cualquier caso, la naturalidad conseguida en cada escena es una gran experiencia, además de profundizar en el tema de la traducción y la comunicación entre culturas, por lo que fue galardonada con el Oso de Plata en Berlín.
Parthenope (2024, Paolo Sorrentino)
Parthenope es una de las películas más esperadas este año. La expectación que el último proyecto de Paolo Sorrentino había levantado entre sus fans y la critica profesional está más que justificada. Tres años han transcurrido desde que su último largometraje, È stata la mano di Dio, viera la luz y nos dejara a todos asombrados con aquella onírica y bellísima fabula autobiográfica que tenía a Nápoles como escenario. En esta ocasión, Sorrentino volverá a enfocar la cámara hacia su ciudad natal, pero, esta vez, para contar una historia completamente nueva y en apariencia atípica en él, la historia de Parthenope.
A lo largo de los 136 minutos de película, seremos testigos de toda vida de la joven cuyo nombre da título al film. Parthenope, que nace en el seno de una acomodada familia Napolitana, pronto se percatará de que es distinta a quienes le rodean. Su aplastante belleza, que no pasa desapercibida para nadie, y su inagotable ingenio hacen de ella un ser humano que causa fascinación allá a donde vaya al tiempo que la sumen en una profunda soledad. Conforme la joven se convierte en una mujer adulta, tanto esta belleza deslumbrante como este agudísimo intelecto se convertirán en herramientas que le servirán para tratar de desentrañar las pesadas dudas existenciales que la afligen.
La acogida de la crítica hacia esta cinta ha sido tremendamente polarizada. La prensa especializada no logra consensuar si esta cinta es un cascarón vacío muy estético o una profunda e intima reflexión de su autor. Tampoco hay acuerdo respecto al trato que le ha dado Sorrentino a la figura femenina en la primera de sus películas protagonizada por una mujer. Para muchos, la exasperante belleza que vuelca en Parthenope es el reflejo de una visión sexista de la mujer. Para otros, y aquí muchos trazan paralelismos con La sustancia, la película hace una sesuda meditación acerca de la esclavitud a la que nos somete lo bello y estético.
Desde aquí, nos parece que Sorrentino no solo no ha presentado un producto vacío, sino que mucha gente no ha sabido comunicarse correctamente con él. Siguiendo una progresión lógica en su cine, Sorrentino se comunica cada vez más con la imagen y cada vez menos con los diálogos. Las preciosas imágenes que el cineasta italiano construye en esta película, al contrario de lo que muchos han interpretado, no son un fin en si mismo. Son un medio a través del cual Sorrentino plantea las problemáticas a las que no logra poner palabras. Parthenope no es una película que hable sobre la belleza, es una película que habla a través de ella.
La habitación de al lado (Pedro Almodóvar, 2024)
Es innegable la etapa de maduración en la que se encuentra la obra de Pedro Almodóvar desde hace ya unos años. No por el hecho de que toque y se interese por temas más serios, como se podría llegar a pensar ante tal afirmación, sino por la calma, mesura y contemplación de la que están dotadas sus últimas películas. En La habitación de al lado, la primera que rueda el cineasta manchego en inglés, se celebra la vida contando el final de una. Y se hace sin grandes aspavientos, sin gestos de autor inseguro. Aquí solo hay reposo y dos amigas que hablan.
Porque en esta película se habla mucho, casi podría decirse que de manera constante. Pero nunca de lo que realmente está sucediendo. La enfermedad terminal, aunque punto de partida de la historia, se ve relegada al fondo del relato frente a dos mujeres que se acompañan. Que, sin decírselo explícitamente, se quieren. Porque eso es lo verdaderamente importante: el gesto de cariño, la mano de otra persona que te entiende y te acompaña, aunque no esté completamente de acuerdo con el motivo que la ha llevado hasta ahí.
La habitación de al lado se convierte en el retrato de dos seres humanos que han decidido vivir el presente recordando anécdotas del pasado pero sin caer demasiado en lo que arrastran con él. Que ven películas que les hicieron felices, que se tumban a contemplar el paisaje, que existen únicamente en ese momento. Sin nada más. Pedro Almodóvar, cuyo talento y dotes cinematográficas están fuera de toda duda, nos ha entregado un regalo. Quizás el envoltorio no es el más alegre que uno pueda imaginar, y seguramente después de abrir y de disfrutar de lo que contiene es inevitable sentirse algo triste. Porque las despedidas duelen, pero sin son así quizás un poco menos.
No obstante, en esta película hay amargura. Y también frustración, rabia, injusticia… ¿qué enfermedad sufrida por un ser querido no genera esa clase de sentimientos? Ninguno queremos decir adiós antes de tiempo en la vida real, y por tanto tampoco en la ficción. Pero en La habitación de al lado el trayecto ha sido tan sincero que la pureza de sus imágenes solo provoca el querer que el cineasta manchego nos entregue mínimo otras dos o tres películas parecidas.
Y es que después de la proyección, uno sale pensando que la amistad es también poder reposar sobre una tumbona en completo silencio, bajo el sol. Sin otra cosa que importe, sin echar en falta nada.











