Desde el Otro México: Carreteras que unen el noroeste de México
Por Rosanne Quintana Chang, Melina Illian Ramírez Bello y Fernando Domínguez Pozos //
Un viaje de más de doce horas en camión puede provocar diferentes sensaciones: pesadez, intriga, emoción, aburrimiento, ansiedad, y, en algunos casos, hasta una sensación de unidad. Pero, previo a un viaje así, existe algo más: una especie de ritual que transforma la rutina en una experiencia única para cada pasajero. Hacer la maleta, preparar snacks, burritos (tradicional comida de la región, en la que una tortilla de harina envuelve a la perfección un guisado y permite a quien lo porta comerlo con facilidad durante viajes), sandwiches; elegir ropa cómoda para el viaje; cargar los dispositivos electrónicos, desde audífonos hasta celulares; y descargar películas, series, música; todo lo que pueda ayudar a hacer el largo trayecto más ameno. Así fue como, una noche de marzo, un grupo de 30 personas se aventuró por las carreteras del noroeste mexicano, partiendo del puerto de Ensenada con destino a la ciudad del Sol: Hermosillo, Sonora.
Suspensión de clases debido a las condiciones climatológicas en Tijuana, Playas de Rosarito, Tecate, Ensenada, San Quintín, en todos los niveles educativos públicos y privados. Era lo que acababan de anunciar los medios de comunicación locales sobre las actividades en el estado, mientras el puerto de Ensenada iba a detener sus actividades, quienes emprendían el viaje se enfrentarían a una nueva realidad. Dejando atrás los cielos grises y las calles inundadas de la Baja, con dirección a una ciudad reconocida por sus altas temperaturas y su vida en constante desarrollo.
Entre pasos y miradas cautelosas, quienes subían al camión intentaban elegir el asiento adecuado que determinaría su experiencia por un largo trayecto “Yo pido la ventana” “Mejor aquí” se podía escuchar entre los diferentes grupos que iban abordando. Fue a las siete de la tarde cuando el camión se puso en marcha, y la verdadera aventura comenzó, algunos pasajeros mandaron mensajes avisando que su viaje empezaba, otros se acomodaron para descansar, pero la mayoría comenzó a utilizar sus “herramientas para el aburrimiento” sacaron sus audifonos, sus películas descargadas, sus chismes, sus juegos de cartas, e incluso el chofer no se quedó atrás, al poner una película de mala calidad en las pantallas del camión, esas que popularmente en México se conocen como “películas de tianguis”, llenas de pixeles y con una muy mala calidad de sonido. Gracias al reciente cambio de horario fronterizo, el sol apenas comenzaba a descender formando un atardecer que pintaba el cielo de rosa. Por la ventana, el mar comenzaba a perderse en la carretera, y poco a poco se emprendía un nuevo viaje que se adentraba en la zona montañosa de las californias, donde los bien aventurados pueden visualizar algún borrego cimarrón, resguardando el camino de viajeros que se preparan para transitar por una de las carreteras más hermosas y, a su vez, peligrosas del país.
El largo recorrido continuaba hacia la carretera federal 3, que lleva hacia un pueblo bajacaliforniano regularmente conocido como un punto de paso para todo bajacaliforniano y visitante, Tecate. El ritmo constante que llevaba el camión tan solo se veía afectado cuando se acercaba la primera caseta de cobro en dirección a la Rumorosa, una de las carreteras más peligrosas de México, rodeada de rocas y curvas que ponen a prueba la destreza del conductor. La noche comenzaba a caer, y la ansiedad que envuelve atravesar la Rumorosa sin la luz del día se notaba entre los pasajeros “prefiero dormirme cuando pasemos por ahí”, conociendo el pronóstico de lluvias y nevadas para esa noche, la incertidumbre no solo se dirigió al misticismo que envuelve a esa carretera, sino a los accidentes que se ocasionan en esta, principalmente en vehículos grandes. Al adentrarse en la Rumorosa, quienes continuaron despiertos no dejaron pasar la oportunidad para contar las leyendas que existen de este lugar, aquellas que se enseñan desde la primaria a las infancias, “El trailero de la Rumorosa” y “La enfermera Eva” se quedaron atrapadas en las voces de los pasajeros y las paredes del camión. Afuera el ambiente se vio envuelto por una ligera llovizna y el frío era evidente en los vidrios empañados, a pesar de eso la calidez de los pasajeros se hacía notar, entre risas y charlas, dejando el momento acogido por el compañerismo.
Mexicali, la capital de Baja California fue la última parada antes de dejar el estado. Aquí, se sumaron más pasajeros llenando por completo el camión, y quienes viajaban desde Ensenada aprovecharon el momento para bajar y descansar un poco, utilizar el baño, comprar más snacks y en general, prepararse para una larga noche, eran las diez con treinta minutos de la noche y el recorrido apenas estaba comenzando, quedaban más de diez horas por delante. Al abordar todos al camión y comenzar a agarrar carretera nuevamente, el escenario cambió por completo, el cansancio se apoderaba de algunos, el silencio golpeaba los oídos de una manera extraña: solo se escuchaba el ruido propio del transporte. La noche había llegado y era momento de encontrar la manera de descansar o de matar el tiempo sin molestar a los demás.
Aproximadamente a la media noche un señalamiento en la carretera anunció “Gracias por visitar Baja California”, así, en la quietud de la noche se dejaba atrás lo conocido y solo quedaba por delante la incógnita de ¿cuánto falta para llegar?, había quienes se despertaban por la noche y seguían su recorrido por Google Maps, para poder tener la certeza de que se acercaban cada vez más a Hermosillo, no quedaba otra opción, más que confiar que pronto la noche pasaría y al despertar se estaría más cerca del destino final. La península de Baja California, gracias a su ubicación, tiene la función de un puente que conecta a México con el estado de California en los Estados Unidos, su cercanía con las grandes metrópolis americanas es igual de contrastante con su lejanía de ciudades como Hermosillo, lo que ha generado en gran medida el calificativo del Otro México, ya que conectar con el resto del país, vía terrestre, es casi igual que tomar un vuelo trasatlántico que conecté con el viejo continente.
De la madrugada al desierto
“Hola, soy la comandante x, necesito que tomen sus cosas y bajen del camión”, el sonido de sus voces, firmes y autoritarias, rompía la quietud de la madrugada, enfrentándose a una realidad del trayecto: los retenes. Aquel suceso tomó por sorpresa a la mayoría de los pasajeros, pero no tanto porque sucediera, sino porque fuera el único en el recorrido “¿qué pasó?”, “¿bajo todo?”, ¿también la comida?”. Así fue como al bajar del camión, los pasajeros se dieron cuenta que eran las 2:30 de la madrugada y que se encontraban en la ciudad de Sonoyta, más cerca de Estados Unidos que de Hermosillo. Esta ciudad fronteriza ubicada en el noroeste del estado de Sonora, colinda con Arizona. Sin saberlo, se encontraban en una de las ciudades fronterizas mexicanas más peligrosas, noticias sobre secuestros y violencia, aparecieron en los buscadores de Google, cuando días después se buscó la ciudad para comprender el recorrido que se había realizado aquella noche. Al bajar del camión, el frío de la noche golpeó a los pasajeros, quienes tomando sus cobijas intentaban mantenerse en calor. Sacaron sus maletas del camión y sus bolsas de mano, se formaron en una línea recta uno tras otro, la presión de los oficiales no permitía que dudaran en sus movimientos; tras un tiempo de espera, todos en fila ingresaron a la sala donde habían dos escaners para inspeccionar los equipajes con rayos X. Al terminar la revisión, los pasajeros acomodaron de nuevo sus maletas en la parte de abajo del camión, y volvieron a sus asientos en el interior.
La desesperación de una noche sin descanso se hacía presente, el sol comenzaba a salir cuando se hizo la última parada para poner gasolina en el pueblo de Santa Ana. Eran las seis de la mañana y tan solo pensar en casi cuatro horas más de camino, hacía parecer el recorrido como uno sin destino final. Una de las maneras que encontraron los pasajeros para sobrellevar estas sensaciones, fue aprovechando cada parada en las tiendas de conveniencia, porque aunque no había necesidad de usar los baños o comprar más snacks, era necesario sentir que se estaba en un lugar y que pronto las paredes del camión se convertirían en paredes de un cuarto de hotel, donde el asiento reducido, se convertiría en una cama que aseguraría el descanso, donde la intriga del camino, se convertiría en la emoción de conocer una nueva ciudad y de disfrutar nuevos momentos.
Al terminar de poner gasolina, subieron al camión quienes lo necesitaban y se puso en marcha hacia el último trayecto de carretera, la emoción se iba apoderando de los pasajeros, quienes despertaban lentamente ante la presencia de la última caseta, finalmente llegarían a su destino. El último cactus anunció el fin del desierto y poco a poco los espectaculares de la ciudad se empezaban a hacer presentes.
Terminando ese viaje, días después comentarios como “me da gusto que hayan llegado con bien”y “ustedes no anduvieron por cualquier carretera”, hicieron que el viaje se analizara en retrospectiva. No era cualquier grupo, éramos estudiantes y docentes quienes llenabamos el camión, recorriendo un país donde salir de noche te llena de inseguridad, donde los secuestros en carreteras suenan en los noticieros, donde la palabra estudiantes, universitarios, camión, carretera, no te da lugar a pensar en otra cosa más que en el trágico suceso de 2014. No éramos 43, pero si 30 y afortunadamente podemos decir, que esta historia tuvo un final diferente: llegamos.
En la siguiente entrega del Otro México, profundizaremos acerca de la Ciudad del Sol, Hermosillo, Sonora. Una de las capitales más grandes del norte del país, enmarcada por la violencia que azota el imaginario de esta región, pero que resalta también por sus colores, sus calles, su clima y entorno que resguarda a los habitantes de una majestuosa ciudad.




