CrónicasDESTACADOSTERRITORIOS

Terremoto en el paraíso

Zoe Rubio // Instagram: @zoerubio03

El 22 de mayo de 2007, como un martes cualquiera, mi padre me dejó en el colegio al llegar de trabajar toda la noche. Para entonces, llevábamos menos de un año viviendo en El Burgo de Ebro. Al volver a casa, se acostó para descansar un rato antes de ir con mi madre y unos amigos suyos a la inauguración del primer Ikea en Zaragoza.

Ese plan dejó de importar en el instante en el que se despertó por los gritos de mi tía Gema. Mi madre se estiraba el pelo con un charco en los pies mientras mi tía le echaba la bronca, la catástrofe ya estaba por llegar. Como buena peluquera, mi madre no iba a dejar que la viesen con “malos pelos” en su segundo parto, al que no tenía prisa en llegar.

Después de un rato de preparación y espera, consiguieron que la embarazada se metiese al coche y llevarla al hospital. Timing perfecto. En el momento en el que la entró al paritorio, dio a luz. No tuvo tiempo ni para la epidural.

Ese día salía, como todos, del colegio C.R.A. María Moliner a las 17:00 porque siempre me quedaba en el comedor. Me extrañé al ver esperándome en el patio a mi abuelo. De vez en cuando me venía a buscar, pero siempre me lo decían antes. Algo habría pasado, pero ni de lejos pensé lo que me esperaba. La Zoe de cinco años no supo concluir que ya se había convertido en hermana mayor. Solo pensé en que si había ido mi yayo a buscarme merendaríamos rico en el bar y algún dulce de la panadería caería seguro. Así que hasta que mi abuelo no dijo: «Ha nacido el moñaco«, no fui consciente de la situación. Subimos a su coche y me decepcioné al pasar por la panadería sin parar.

Llegamos al Hospital Universitario Miguel Servet y, con mi tarjeta, conseguimos aparcar fácil. Me acuerdo de que yo nunca había entrado por maternidad y era un lugar bastante silencioso. El vigilante de seguridad, situado en una especie de recibidor, rompió ese silencio. No me acuerdo con exactitud qué dijo, algo así como: “demasiado pequeña para poder entrar”. En mi familia lo de arreglar algo mediante la conversación y la calma no se ha llevado mucho, así que mi abuelo empezó a discutir con el vigilante, deshaciendo la tranquilidad del vestíbulo. ¿Objetivo? Que yo subiese a ver a mi hermano. ¿Obstáculo? Dos adultos «maduros» a gritos. No sé cómo, pero terminé en la planta en la que estaba mi madre. A todos les hacía ilusión estar ahí, pero a mí no me parecía nada del otro mundo, ¿qué prisa había en que llegase el terremoto?

Mi teledirigido de Fernando Alonso y el ser que decían que era mi hermano tenían el mismo tamaño, por lo que no era difícil adivinar que tendrían una relación complicada. También era rechoncho y un poco arrugado, así que no lo toqué mucho. Tal y cómo lo llevaban anunciando un tiempo, lo llamaron Izhan ¿La explicación? El amor platónico de mi madre siempre ha sido Tom Cruise y en Misión Imposible su personaje se llama Ethan. Un nombre para entonces poco común en España. Le pareció auténtico y seguía su idea españolizada de que nuestros nombres llevasen la «z».

imagen zoe y su hermano

Me marché del hospital con mi padre. Al llegar al coche, le habían roto la ventana del copiloto. Estaba todo lleno de cristales y se habían llevado la radio. Aunque esto hizo que, más adelante, el nuevo dispositivo de radio instalado fuese lo único que me gustase del Volkswagen Passat Wagon B5, del cual me adueñé con mi buen gusto musical.

Justo 47 años antes del día que nació Izhan, el 22 de mayo de 1960, ocurrió el mayor terremoto registrado de la historia, el de Chile. Lo supe en 2010, en el 50 aniversario del desastre natural, y desde entonces lo veo como una premonición de lo que me venía encima. En el momento en el que mi hermano empezó a tener un mínimo de autonomía empezó mi pesadilla: las cosas dejaban de estar donde las había dejado, mis colecciones de coches, motos y cromos empezaron a desaparecer o romperse por arte de magia, la PlayStation2 con la que jugaba al Tekken 5 con mi padre, un día dejó de funcionar por chocar contra el suelo, además de las marcas de mordedura y estirones de mi pelo. Todo esto no fue más que el principio de lo que me acompaña para el resto de mi vida: un hermano por el que recibiría un tiro, pero al que yo misma dispararía.


Si te has quedado con ganas de leer más piezas como esta, echa un ojo a nuestra sección de Crónicas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *