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EL COLUMPIO

“Haces muchísima fuerza, tus nudillos blancos, tus manos apretando las cuerdas del columpio. Cuando sientes la adrenalina, el vértigo, lo pones todo de tu parte”. Cuando leía estas líneas de Los nombres propios, de Marta Jiménez Serrano, no veía a la protagonista. Veía un abuelo, unas cuerdas, una base y un árbol. Un albaricoquero en un pueblo remoto de Zamora del que colgaba un columpio hecho por las manos de mi abuelo. La prosa la sentí como si fuese él quien la narrase, como si yo siguiese siendo aquella pequeña niña que tenía la certeza de que alguien detrás de mí controlaría mi impulso.

// Sheila Lafuente @sheilafuentte

Y claro que lo había. En ese instante en el que el cielo cubre tu visión y puedes tocar la libertad con tus yemas, se observa el atrezzo de la infancia. Un abuelo, que podía ser abuela, madre o padre. Unas cuerdas de materiales variados que sostienen una base suspendida. Una atadura a la ramificación más firme del lugar. Todo dispuesto de manera que nada hará que te caigas, aunque todavía no sepas que puedes hacerlo. Supongo que de eso se trata la infancia: de tener a alguien que te sostenga cuando el vaivén de la estructura flojea y tus pies amenazan con tocar tierra.

Pero un día, sin esperarlo, el columpio deja de sostenerte. “Y tú cayéndote tan despacio que ya no sabes si esa cosa —⁠la mejor de las drogas: como cuando montas en la montaña rusa⁠— la tienes en el ombligo o en el pecho o atravesada en el estómago. […] Te estampas en un golpe seco contra el suelo de piedra y arena”. No es que la base ya no soporte tu peso. No es que la cuerda se haya desgastado. No es que la rama se haya curvado hasta cambiar su forma. Ha sido el tiempo, que sí pesa, se enreda y cambia el rumbo. Y, por si fuera poco, te roba a quien antes te empujaba.

Creo que hay algo lacerante a la vez que hermoso en crecer, en descubrir que, tras nosotros, ya no hay nadie. A partir de ese momento, somos quienes eligen la rama más alta, la cuerda más resistente y la base más cómoda. Quienes, con las destrezas aprendidas de aquellos a los que vimos fabricar con sus propias manos un mecedor foráneo, construyen su propio columpio. Quienes aprenden, de nuevo, a impulsarse. Quienes asumen el vértigo que da la altura, y la ausencia de unas manos que te toquen la espalda advirtiendo: “no tienes de qué preocuparte, estoy aquí”. 

Nadie nos dice que el paso de niños a adultos será uno de los golpes más dolorosos y placenteros de la vida misma. Un día pensamos que no seremos capaces de alcanzar aquello con lo que soñábamos mientras nos balanceábamos y, sin darnos cuenta, pasamos a ser aquella persona que disfruta atando las cuerdas y manteniendo el impulso de alguien ajeno. Ioana Gruia lo expresa en su poema Columpio, dedicado a su hija: 

 

Soy tan feliz de ser tu madre, hija,

feliz de darte impulso y de esperar

que vuelvas hacia mí y que te alejes,

que conozcas el vértigo benigno

del puro despegar, del puro vuelo.

 

Tal vez la vida consista en convertirse en aquellas manos que todavía anhelas a tu envés, aquellas por las que aprendiste a construir tu propia estructura. Unas en las que otros confiarán y ayudarán a mostrar ese cielo azulado en el que todo es posible. Es ahí cuando lo entiendes: el columpio lo construye alguien que toma la decisión de sostenerte y enseñarte aquello que podrías alcanzar si te impulsabas muy alto. Quizá por eso nunca es el columpio, sino las manos que lo aseguran. 

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