Entre prensa y ficción: Filosofículas de Leopoldo Lugones
Carmen Jiménez García // Instagram: @carmen.ji. // X: @carmenji22
El conocido poeta argentino Leopoldo Lugones, también fue narrador. Este rioplatense con sombrero que vivía en la contradicción publicó muchos de sus ensayos narrativos y poemas en prensa cultural, ilustrada e incluso en actualidades. En 1924 apareció su obra Filosofícula, piezas híbridas entre poesía y prosa, resultado de su tránsito por la difusa línea que separa la prensa de la ficción y la ficción de la filosofía. Los cuentos, relatos y minificciones que publicó este escritor modernista en medios como Caras y Caretas permiten descubrir cómo la literatura también se configura, se difunde, se entrena y se encuentra en los periódicos.
Caras y Caretas: La revista que ilustró la modernidad
En la Argentina de comienzos del siglo XX, cuando la modernización del país trajo consigo la prensa ilustrada y la cultura de masas, también se leía en los medios. Aunque entonces todavía se acariciaba el papel y se publicaban poesías en periódicos, los límites que delimitaban la ficción o separaban la literatura del periodismo no estaban muy claros. La aparición de la prensa ilustrada fue un momento clave en que nuevos sectores sociales pudieron acceder a leer noticias, reportajes, crónicas, cuentos y poemas acompañados de una fotografía novedosa o de una ilustración hermosa. En ese contexto nació la revista, primero en Uruguay y luego en Argentina: Caras y Caretas, subtitulada como “semanario festivo, literario, artístico y de actualidades”. En sus páginas colaboraron modernistas como Rubén Darío, Horacio Quiroga o Roberto Payro, así como españoles del talante de Emilio Castelar, Valle-Inclán o Miguel de Unamuno. Todos ellos consolidaron a Caras y Caretas como una revista clave en el creciente diálogo entre la cultura popular y la alta literatura.
Argentina vivió la modernización y el auge de la prensa ilustrada, este formato cambió la forma de leer y de participar en el mundo cultural. Caras y Caretas fue fundada en 1898 en Buenos Aires por el periodista Eustaquio Pellicer, el dibujante Manuel Mayol y el escritor Fray Mocho. La revista nació con el propósito de llegar a todos los públicos sin renunciar a su calidad literaria o estilística. El éxito fue casi inmediato gracias a su bajo precio, a la variedad de temas publicados y a la riqueza visual. Caras y Caretas llegó a ser uno de los semanarios más influyentes del país y se leyó incluso en España.

En sus páginas cabía todo tipo de contenido: sátiras políticas, humor gráfico, crónicas sociales, reportajes, menudencias, cuentos y poemas. El lector podía pasar de una caricatura política a un texto de Rubén Darío, de una noticia a un poema de Unamuno, o incluso de algún autor anónimo. Esa convivencia, lejos de ser dispar, reflejaba el espíritu de una creciente cultura de masas que aprendía a leerse a sí misma entre la industria y el arte. Geraldine Rogers señala que la fuerza de esta revista residía en ser un medio sujeto al mercado, pero capaz de crear un espacio para la experimentación estética y la representación cultural de la modernidad.
La disposición visual de la revista fue otro de sus rasgos más característicos. Las ilustraciones no servían solo para atraer a los lectores, sino también para interpretar los textos, hacer crítica y orientar la lectura. En las publicaciones literarias, la imagen podía reforzar, matizar o contradecir el sentido del texto. Lo que ayudaba a generar un diálogo y una doble lectura entre la palabra y la representación visual.
Publicar en Caras y Caretas significaba formar parte del centro cultural del momento. Grandes nombres pasaron por la revista, desde Quiroga y Girondo, hasta un joven Borges que también buscó publicar en sus páginas. Para Lugones fue un medio decisivo y provechoso, un espacio donde lo periodístico y lo literario se condicionaban, y donde la escritura breve y el pensamiento encontraron su forma más libre.
Lugones entendió que la prensa podía ser algo más: un espacio para pensar y experimentar con la escritura. En sus páginas ensayó una literatura que rescribe, deforma, simboliza y desborda los límites del modernismo. Esta escritura libre resignifica la página de revista o el artículo de periódico. Más allá de la necesidad o del encargo, ese cruce entre oficio, prestigio y escritura dio lugar a obras casi inclasificables como Filosofícula, donde se experimenta con el periodismo y la literatura.
Filosofía y metáfora en una sola página
El término Filosofícula aparece por primera vez en la prensa, y casi siempre agrupando diferentes minificciones. Este concepto se convertirá en 1924 en el título de un libro que reúne parte de esas prosas breves que Lugones había ido publicando. La obra surge como consecuencia de un modo de escritura aprendido en la prensa, es decir, breve, fragmentario y visual. Caras y Caretas, La Nación y otros medios en los que publicaba le exigían a Lugones escritos de dos páginas como máximo para poder ser publicados, por ello el medio determinaba el contenido.
El contexto periodístico, la brevedad, la inmediatez y la ilustración supusieron un aprendizaje y abrieron la narrativa de Lugones a una experimentación nueva. Escribir para una revista significaba ajustar el pensamiento al ritmo de la publicación. De hecho, algunas minificciones estaban condicionadas por las circunstancias, como es el caso de Filosofícula “El Tesoro de los Reyes” publicada en la revista en un número navideño de diciembre de 1919. El texto desarrolla una reflexión alegórica sobre el significado del tesoro de los reyes en el contexto navideño.
Gracias al trabajo de recuperación de Pedro Luis Barcia podemos entender hoy las Filosofículas no como un paréntesis literario, sino como el resultado de un largo proceso de experimentación entre el cuento, la fábula y el ensayo poético. En su edición crítica Cuentos desconocidos (1993), Barcia agrupó gran parte de estos textos dispersos y visibilizó el origen periodístico de buena parte de la obra breve del autor.
Las Filosofículas pueden agruparse en tres grandes núcleos: textos religiosos, filosóficos y misceláneos. Las de inspiración bíblica o religiosa reescriben episodios del Antiguo y del Nuevo Testamento que reinterpreta desde la modernidad. Es el caso, por ejemplo, de “Las cuatro Marías”, donde invierte el punto de vista tradicional y concede a María de Betania, hermana de Lázaro, una relevancia que desplaza la tradicional centralidad de María de Magdalena. Se trata de una prosa que relee el texto sagrado sin recurrir a la invención. Lugones en esta minificción razona y argumenta su lectura mediante citas bíblicas literales. En otros textos de inspiración religiosa, como Filosofícula “La dicha de vivir”, “La culpa suprema”, “La estrella de los magos”, el autor traslada el motivo bíblico a una reescritura ficcional marcada por el pensamiento científico. En estas minificciones introduce explicaciones morales o espirituales con conceptos propios del racionalismo y la ciencia moderna. Logra crear las tensiones entre fe y razón que definen buena parte de su obra breve.
El grupo de las Filosofículas filosóficas, éticas o ensayísticas, abordan ideas sobre el bien, la conducta, la justicia o el tiempo. En “La defensa de la ilusión” o “El culto de la flor”, Lugones fabula sobre la justicia y el sentido moral con paradojas o alegorías breves. Las Filosofículas mitológicas, literarias o misceláneas, como “Los favores de Júpiter” y “Orfeo y Eurídice”, transforman los mitos clásicos en metáforas del deseo, la creación o el conocimiento.

En Lugones, la filosofía se hace forma literaria, y la literatura se convierte en un modo de pensar. Estas categorías sin embargo no son rígidas ya que los temas se cruzan, los géneros se contaminan, y de ese entrecruzamiento surge la complejidad y la riqueza. Esa diversidad es la que confiere a la obra de 1924 su carácter híbrido y moderno. Las Filosofículas son el resultado de ese intercambio, son ejercicios de pensamiento poético nacidos de la colaboración periodística, donde la brevedad se vuelve una forma de plenitud.
Más que un conjunto de textos, las Filosofículas son la prueba de que el ensayo, el cuento, el lirismo y la filosofía pueden convivir en una misma página. En esas minificciones, el pensamiento se vuelve ritmo, la palabra idea, y la prensa se convierte en literatura.
La prensa como espacio de experimentación literaria
El límite entre literatura y prensa siempre ha sido más una línea de conflicto que de frontera. El periodismo vive de la urgencia y la literatura busca permanencia, pero ambas necesitan del lenguaje para sobrevivir. La prensa informa y la literatura interpreta, pero ambas son representaciones del mismo mundo. Sin embargo, ¿qué sería del lenguaje periodístico sin la metáfora y la paradoja? ¿Y qué sería de la literatura sin de la realidad?
Hoy la convivencia entre la prensa y la literatura se ha vuelto más compleja. La cultura y el poder beben del capital, por lo que los medios ya no sobreviven de la misma manera y la literatura tampoco. Lo que antes se imprimía ahora se desliza en pantallas, los lectores leen el titular y pasan al siguiente, la lectura se fragmenta y, como el mundo en que habitamos, todo se hace de repente más fugaz. Aun con todo, lo cierto es que el periodismo y la literatura cada vez están más cerca. Podemos encontrar tanto un poema en un TikTok, como una noticia en un post de Instagram. Ahora bien, ¿dejan de ser noticia o poema por no estar en papel? ¿El formato define la separación entre ambas representaciones del mundo?
Lugones también vivió un momento de cambio, a finales del XIX la prensa se consolidaba como oficio y la literatura intentaba no perder su atractivo frente a la inmediatez y la accesibilidad del periódico. En ese contexto nacieron las Filosofículas, textos breves donde el símbolo se transformaba en imagen y la reflexión se adaptaba al ritmo del papel. En sus publicaciones de Caras y Caretas la prensa y la literatura se contaminan y se comprenden, el hecho se convierte en metáfora y el pensamiento en noticia.
Julio Cortázar, sucesor del experimentalismo argentino de la época de Lugones y uno de los nombres centrales del boom hispanoamericano, reflexionó sobre los límites de los géneros literarios. En una conversación con Joaquín Soler Serrano en el emblemático programa cultural español A fondo (1977) habló de la necesidad de un nuevo género. Cortázar explicó que se sentía incómodo escribiendo ensayos en sentido tradicional y académico, porque las ideas que pretendía desarrollar prefería expresarlas en forma poética o narrativa. Las reflexiones que otros esperaban encontrar en sus ensayos encajaban mejor en un poema o en un cuento. Expresó su deseo de romper la frontera entre géneros. Llevó esa idea a cabo en Último Round y La vuelta en ochenta mundos. Obras que presentó como “misceláneas” o “almanaques”. En ellas mezclaba ensayo, crónica, collage, poesía e incluso imágenes.
Borges, por su parte, habló en múltiples ocasiones sobre Leopoldo Lugones y su escritura y, entre idas y venidas, reconoció al autor como emblema nacional fundamental para comprender la literatura argentina. Tanto Cortázar como Borges heredaron, a su manera, aquel experimentalismo que Lugones había puesto en marcha desde la prensa, la idea de que el pensamiento podía escapar de las formas y contenidos tradicionales. Como estudia Arturo García Ramos en parte de su obra El cuento fantástico en el Río de la Plata: Lugones puede considerarse predecesor del boom argentino.
“Y para quien muere con la seguridad de una verdad, esta es, propiamente la verdad absoluta”, expresó Lugones. Todavía hay quien afirma que el periodismo no necesita de la literatura, y viceversa. Sin embargo, los hechos, las Filosofículas, las pantallas y el lenguaje convencen de lo contrario. Cambian los formatos, los lenguajes y los soportes, pero la necesidad sigue siendo la misma: ¿describir el mundo? Tal vez, solo se trata del intento de entenderlo. Pero, en realidad, la certeza nunca es el hecho poético, más bien es la duda. Y en esa duda -que siente, observa, busca, experimenta- sigue viva la posibilidad de alcanzar una verdad, aunque sea momentánea, aunque solo dure una página o una noticia.


