Tecate Photowalk: Retratar lo cotidiano para una memoria colectiva
Autoras: Melina Illian Ramírez Bello y Rosanne Quintana Chang
No siempre salimos a retratar lo cotidiano, pero detrás de este acto sencillo hay un valor profundo. Capturar nuestra ciudad con una cámara, desde nuestra perspectiva, una más honesta, emocional y sincera, nos permite ver aquello que parece común como algo cargado de memoria. Parece que no, pero todo cambia y, lo que hoy nos parece normal, en unos años podrá contar historias completamente distintas, edificios en construcción, personas que ya no están, calles que cambiaron, formas de vestir completamente distintas, entre otras. Por eso, este ejercicio de recorrer la ciudad y buscar desde nuestra perspectiva lo especial en lo cotidiano, va más allá de la fotografía; es la construcción de una nueva memoria que enriquece nuestra historia y nos recuerda que cada instante, por pequeño que parezca, tiene un valor para el recuerdo.
Por catorce años consecutivos, el Tecate Photowalk ha reunido a fotógrafos aficionados y profesionales, construyendo un archivo colectivo que registra la vida cotidiana y los rincones de la ciudad. Cada edición ha permitido que la comunidad fotográfica explore Tecate desde nuevas miradas, creando un legado visual que documenta cómo la ciudad cambia, pero también cómo permanece. Este año, el Photowalk contó por primera vez con el apoyo del Programa de Apoyos a las Culturas Municipales y Comunitarias (PACMyC), un impulso que fue posible gracias a la gestión e inspiración de Pilar Silva, ex coordinadora del Centro Estatal de las Artes (CEART) Tecate, Pilar falleció a mediados del presente año pero su huella permanece. Dedicó su vida a fomentar la cultura local, a abrir espacios para el arte y a construir comunidad a través de la sensibilidad. Su memoria sigue inspirando a quienes creen en el poder transformador del arte en el estado de Baja California.
La reunión comenzó frente a la Comisión Federal de Electricidad (CFE). Bajo la sombra de un árbol, poco a poco se fueron reuniendo los participantes: familias completas y amigos que se saludaban y conversaban mientras esperaban el inicio del recorrido. El punto de partida y la hora no fueron casualidad. La comisión se encuentra sobre la avenida Miguel Hidalgo, una de las más céntricas y antiguas de Tecate, donde comenzó la vida urbana del municipio. Desde ahí, es posible partir hacia casi cualquier rincón de la ciudad, convirtiéndolo en un lugar simbólico y estratégico para iniciar este paseo. La hora elegida, cerca de las 4 de la tarde, también fue perfecta: aunque en invierno el sol comienza a descender y se acerca el cambio de horario, aún queda suficiente luz que permite retratar la ciudad con casi cualquier cámara. No hacía falta tener una cámara profesional; bastaba un teléfono y una mirada atenta para capturar algo especial.

Salvador Parada, fotógrafo organizador del evento, dio unas palabras de introducción antes de partir. “Aunque Tecate no cambia mucho, sí lo hace”, dijo con una sonrisa. Y tenía razón. El recorrido invitaba precisamente a eso: a retratar la cotidianidad de la ciudad desde nuestra mirada personal, a redescubrir lo que vemos todos los días y a crear, entre todos, un archivo histórico que conserve la memoria de cómo luce Tecate hoy.
Mientras se daban las últimas instrucciones sobre el trayecto, las personas se mostraban ansiosas por empezar. Algunos se adelantaban unos pasos, otros ajustaban sus cámaras o saludaban a conocidos que se iban uniendo al grupo. Cuando por fin inició el recorrido, una escena inesperada capturó la atención de los participantes: un carruaje pasaba justo frente al COBACH Tecate, llevando a unos recién casados. Aunque era un momento íntimo de amor entre la pareja, se transformó en una celebración colectiva, quedándose en la memoria de quienes presenciaban el instante como una invitación a la alegría compartida, un pequeño recordatorio de que incluso en la rutina de una ciudad simple y pequeña, hay momentos especiales que conectan y emocionan a quienes los ven.

Después de un rato, a medio recorrido, llegaron al parque del centro, donde algunas personas observaban con curiosidad a quienes tomaban fotos. En ese momento se llevaba a cabo un pequeño evento de cerveza artesanal, lo que mantenía el parque más animado de lo habitual. Entre los presentes se encontraba Gamaliel, un vendedor de tamales, quien se acercó al grupo y, preguntando por qué estaban tomando fotos, bromeó: “Me llamo Gamaliel, pero me dicen Tamaliel”. En el camino también aparecían otros rostros conocidos de la ciudad. Uno de ellos era José, un hombre alegre que en otro tiempo había convivido con la familia de una de las cronistas. Ahora recorría las calles vendiendo pepitorias, y muchos en Tecate lo reconocían por eso. Al acercarse al grupo para ofrecer su producto, reconoció a su antigua conocida y, con una sonrisa, la saludó diciendo: “Licenciada”. Fue un encuentro breve, pero suficiente para recordar que, a veces, no sabemos cuánto peso pueden tener las personas que nos rodean en nuestra ciudad.
Aunque las palabras no se cruzaron tanto entre los participantes, en el camino, encontrarse unos a otros y saber que estaban reunidos retratando juntos la ciudad, aparentemente la misma para todos, pero vista bajo una carga simbólica diferente, desde las emociones personales, las historias y las formas únicas de mirar la ciudad y a quienes forman parte de ella, hacía de la experiencia colectiva algo especial.
Pasaron, por ejemplo, frente a una casa característica del centro de Tecate, que durante años ha sido un punto de reunión para las generaciones más antiguas de la ciudad. La casa conserva la esencia de una vivienda de un Pueblo Mágico tradicional, y mientras algunos podían verla solo como un edificio bonito, para otros evocaba recuerdos, historias y la presencia de quienes habitaban los espacios que hacían de aquella casa un hogar. Aquellas paredes, aunque intactas, reflejaban también la memoria de las personas que alguna vez llenaron la casa de vida, recordando que la ciudad no solo cambia por la arquitectura, sino por las historias, las personas y la energía de quienes la habitan.

Bajo la perspectiva de cada fotógrafo se cuentan nuevas historias, pero también se recuerdan las que alguna vez formaron parte del pasado. Al día siguiente del recorrido se compartieron algunas de las fotografías premiadas en Facebook. Una de ellas, la ganadora del lente de oro (reconocimiento que se otorga por los organizadores a la mejor fotografía) llamó especialmente la atención, el rostro de un hombre en situación de calle mirando fijamente a la cámara con una mirada sincera que casi podía atravesar la pantalla del celular, cautivando los corazones del internet. En los comentarios comenzaron a surgir nombres y recuerdos “Se llama Leobaldo”, escribieron algunos. Fueron un total de 58 comentarios los que crearon una imagen colectiva del señor Leo un hombre trabajador en su tiempo, conocido por muchos, recordado por otros, y ahora, inmortalizado en una fotografía que lo devolvió a la conversación del presente.
Quienes presenciamos la escena desde fuera vimos la curiosidad de Leo por las cámaras y su emoción al observar al grupo reunido; pero el fotógrafo logró capturar algo más profundo, la esencia de una historia que sigue viva en la memoria de su comunidad, una que, gracias a una imagen, volvió a contarse, volvió abrir la conversación a esas voces que pocas veces son escuchadas. Porque no solo la arquitectura de la ciudad cambia, no son solo muros y paredes los que se derrumban; también son las vidas, los recuerdos y las historias que alguna vez habitaron estos espacios.

