Eulalia Barrera. Pariría yo por ti

Todos los domingos hacía natillas.
Eulalia Barrera nació el 12 de marzo de 1921, con el Moncayo de fondo, en un pequeño pueblo de Soria, Noviercas. Saturnina y Faustino tuvieron siete niñas, pero se les murieron tres. Eulalia era la mayor.

Faustino, tratante de ganado, llevaba una capa de paño. No eran una familia pobre. Las cosas parecían ir bien. Un día perdió parte de las ovejas que cuidaba para el patrón. Marchó y se suicidó. Saturnina se casó muy joven, no había trabajado nunca, y se encontró de repente en un mundo sin explicación, sin pensión de viudedad y con cuatro bocas que alimentar.

A Eulalia le encantaba estudiar, iba contenta al colegio cada día, pero era la mayor. A los 10 años la sacaron del pupitre para llevar agua, cuidar de otros niños y servir en casas allá donde hiciera falta. La mandaron a Zaragoza donde, de tan pequeñita que era, se tenía que subir a una silla para hacer las camas. Fue entonces cuando enfermó. Le apareció un forúnculo en lo alto de la columna que le provocó una infección. A los 13 años volvió a Noviercas y perdió el pelo. Lo solía tener muy liso y cuando le volvió a crecer, nació todo rizado, más bonito y más fuerte. Cuando se recuperó, volvió a trabajar.

Esta vez marchó a Calatayud a mover cables y clavijas en la centralita de telefonía. Se sentía muy orgullosa de aquel empleo. Eran tiempos de guerra y Eulalia recordaba a los italianos que, enviados por Mussolini, pasaban alguna temporada por aquellas tierras mañas. Guapos, charlatanes, vivos.

Como ellos, Eulalia también acabó su deber y regresó al hogar. Volvió a servir en casas, esta vez en Sotillo, aunque aquello no duró mucho. Un médico y su esposa, amigos de la familia en la que trabajaba, vieron que tenía maña y cabeza, y se la llevaron consigo a un pueblo cercano, El Royo. También se sintió muy orgullosa de aquel empleo. Aprendió mucho con ellos. Siempre los tuvo en un pedestal.

Fotografía de Eulalia Barrera
Fotografía de Eulalia Barrera 

Tenía 17 años cuando conoció a Manuel Gómez y se hicieron novios. Tardaron cinco años en casarse, lo cual era extraño en una época en la que se casaba a las hijas con 15 años. La familia Gómez no estaba de acuerdo, ¡cómo iba a unirse a una simple sirvienta! Pero no importó, y a los 22 años Eulalia salía de la iglesia de Santa María la Mayor de Soria del brazo de Manuel, vestida de negro.

Primero tuvo dos niñas. A una la quiso llamar Blanca, porque tenía la piel muy pálida. Pero las dos murieron al poco tiempo de nacer. La otra, Mercedes, murió de meningitis. La tenía entre algodones mientras aullaba de dolor.

Tras aquello, tuvo 11 hijos. El primero fue Nino, en 1946, en El Royo. Pepe nació en Noviercas. Alfredo y Raquel en Vinuesa. Gloria, Gabi, Toño, Manolo y Quique, también en El Royo. Y las más pequeñas, Begoña y Pilar, nacieron en Soria, en la capital.

Gabi nació en la casita del pueblo con los techos bajos, un huerto pequeño y alguna gallina picoteando alrededor. Gabi nació a oscuras. Era el mes de mayo y caía una tormenta sobre la aldea. Con el cielo cubierto y los campos mojados, se fue la luz. Entre truenos y relámpagos, el médico estaba con Eulalia en la habitación. El niño venía de culo. Pilar, una de las hermanas de Manuel que vivía en la casa contigua, tenía encargado alumbrar la faena con una vela. Daba el miedo el cielo que fuera se cernía sobre ellos. Cada vez que un relámpago estallaba tras la ventana, Pili salía corriendo dejando al médico en penumbra. Pero Gabi nació en El Royo, nació con displasia. Es algo que se soluciona colocando al bebé dos pañales a la vez. Pero entonces no se sabía. Entonces no se sabían muchas cosas.

Desde muy pequeñito tuvieron que hacerle varias operaciones que no se practicaban en el hospital de Soria. A los cinco años lo llevaron a Madrid. Tuvo que quedarse mucho tiempo, solo, en un hospital inmenso de la gran ciudad. Eulalia y Manuel no podían quedarse en la capital. A Eulalia le partía el corazón dejar allí a Gabi. Por suerte, una familia amiga de Manuel le cuidó y colmó de juguetes y cariño mientras estaba ingresado.

Eulalia se enteró mucho más tarde de lo fácil que habría sido curar a Gabi antes de las operaciones, los médicos y los viajes a Madrid. Lloró mucho. Antes no se sabían muchas cosas.

Vivieron en El Royo mucho tiempo. Manuel trabajaba de todo, de lo que se pudiese y donde se pudiese. Pasó unos años en Bilbao, en los altos hornos, donde la ropa interior se le teñía de negro. Fue en esa temporada cuando nacieron Manolo y Begoña. Manolo porque Manuel estaba lejos de casa, Begoña por la virgen del norte.

No se trasladaron a la capital soriana hasta que Pili, la más pequeña, cumplió un año. Antes Manuel había empezado a trabajar allí, en los autobuses, y se llevó consigo a Alfredo, con 14 años, para buscarle también un empleo. Pasaron un tiempo durmiendo en las cocheras hasta que pudieron alojarse en una pensión y finalmente, todos se fueron a vivir a Soria.

En casa de los Gómez Barrera, la comida más importante del día, cuando se podía, era la merienda. Con cualquier celebración. Rosquillas en invierno y natillas en verano. Todos se sentaban alrededor de la gran mesa de madera del salón. Mantel de color crudo. Sillas que crujían. Las más pequeñas explicaban sus hazañas en el colegio. Los mayores preferían olvidarse de su jornada en el trabajo. Eulalia a veces contaba recuerdos.

– Al tener tantos hijos, ¡la gente pensaba que estaría encantada de regalarlos! Pero eso no está bien. Los hijos tienen que crecer con sus padres. Uno de los médicos que trató a vuestro hermano Gabi aquí en Soria me pidió que se lo diera. ¡Sí, claro! Solo lo quería para hacer experimentos con él.

Pili y Bego, las más jóvenes, escuchaban con atención entre dulces y café.

– ¿Pero solo te pidieron a Gabi?

– ¡Qué va! Mi tío Daniel, ya jubilado, quería llevarse a una de vosotras, ya creciditas, así ayudaban a la mujer con la que convivió hasta su muerte. Pero a mí no me dio la gana, ya había servido yo bastante. Mis hijas tenían que tener su trabajo y hacer su futuro. O estudiar, como vosotras dos.

Los mayores trabajaron desde pequeños para que el resto pudiesen aprender. Eulalia quería que todos los que pudiesen, estudiasen, para que llegasen a conocer todo lo que ella no pudo. Antes no se sabían muchas cosas. A los más pequeños nunca les faltó de nada, pero con los mayores no hubo tanta suerte. Viviendo en El Royo pasaron temporadas de comer peor. Eulalia cocinaba hormigos, gachas de harina y agua; y cocía patatas del huerto y hacía huevos fritos, revueltos, cocidos…, de sus propias gallinas.

Cuando a Manuel Gómez le jubilaron de su empleo en los autobuses, pasó a cobrar el doble, porque le habían estado pagando de menos todo el tiempo. Eulalia siempre le insistía en que aquello era un timo y tenía que ir a pedir más. Pero él nunca se quejó. Manuel siempre se despreocupaba del dinero. Era Eulalia la que llevaba las cuentas de la casa, con el dinero siempre justo. Cuando Manuel ya no trabajaba, daba clases particulares de guitarra, para entretenerse, pero no las cobraba nunca, ¡cómo iba a cobrarles, si eran vecinos! Discutían porque Eulalia hacía malabares para que hubiese comida en la mesa, pero a él le faltaba tiempo para ir a comprar cualquier cosa que le faltase a Eulalia, aunque muchas veces no pudiesen pagarlas. Discutían mucho. Se querían aun más.

A pesar del querer, Manuel tenía un corazón débil, por eso le jubilaron. Un día fueron juntos al médico, a una revisión rutinaria, cotidiana, y el médico dijo “le queda a usted una semana”. Cuando Manuel Gómez murió, Nino, el mayor, tenía 24 años; y Pili, la pequeña, 7.

Muchas noches, Eulalia, no dormía bien. Se tumbaba en la cama y pensaba dónde iría al día siguiente para que le fiaran. En Soria todo el mundo la quería mucho. Había una tienda de ropa, de las de toda la vida, en una esquina de la calle de El Collado: Nuevas Galerías. Allí le tenían cariño. Le dejaban comprar pantalones para los chicos y pagarlos cuando le fuese posible.

A las más pequeñas, Bego y Pili, nunca les faltó de nada, pero tampoco tenían ningún lujo. Pili, a veces, cuando le mandaban a comprar algo, se guardaba las pesetillas que le sobraban para comprarse un flan o un yogur, y aquello era tremendo. Cuando llegaba Navidad, las dos se pegaban a los escaparates de las jugueterías y se pedían todo lo que deseaban tener. Sabían que, al volver a casa, todo aquello no estaría allí esperándolas, pero no importaba. Los papás hacían el paripé, ponían galletas y leche en el salón para los reyes magos, y a la mañana siguiente, tenían muñecas, grandes y feas, que venían de alguna organización religiosa.

Eulalia Barrera
Eulalia Barrera 

Eulalia era fuerte, una superviviente, pero también era sensible y de mente abierta. En aquella época, si una hija se quedaba embarazada, la casaban. Era lo suyo. Pero Eulalia se negaba en rotundo. Si alguna de sus hijas se quedaba embarazada, ella, su familia, se harían cargo del niño, aunque ya no cupiesen en casa. Siempre les dijo a sus hijas que si aquello les pasaba tenían que contárselo. Porque “nadie os va a ayudar tanto como vuestra madre”.

Begoña se casó en 1992. En 1994 tuvo un niño, Guillermo, y en 1997, una niña, Irene. Ella dice que Irene vino antes de tiempo para que Eulalia pudiera cogerla en brazos antes de fallecer. Antes de dar a luz, Eulalia siempre le decía a Begoña: “¡Ay, hija mía! Pariría yo por ti”. Justo antes de morir estaba en el salón de casa, ya muy enferma, moribunda, sentada en una mecedora, pero su única preocupación era que el bebé, Irene, no estuviese cerca de la corriente. Eulalia se fue en 1997. Dejó una gran familia con natillas de domingo.

Eulalia Barrera con uno de sus nietos
Eulalia Barrera con uno de sus nietos 

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