Georges Méliès, adalid de la genialidad fílmica

Joan de Buen//

Nos adentramos en el universo de Georges Méliès, precursor del cine moderno y una mente creativa que hay que analizar detenidamente debido a su incidencia en el contexto fílmico.

A lo largo de la historia han existido mentes brillantes que han ayudado a dar un paso hacia adelante en las diferentes artes visuales de las que son vanguardia. Y muchos pasan desapercibidos para el gran público; hombres o mujeres con una capacidad inventiva brillante que con recursos limitados o precarios consiguen crear elementos nunca vistos hasta el momento en que se materializan. En el caso del cine, conocido popularmente como Séptimo Arte, encontramos uno de estos personajes: se trata de Marie Georges Jean Méliès, conocido artísticamente como Georges Méliès. En los inicios de la cinematografía, este ilusionista y cineasta imaginativo consiguió implantar la primera piedra de los que serían los efectos especiales contemporáneos, creando diversas ilusiones ópticas e implementando la grabación en color. Este hecho llama potencialmente la atención si lo ubicamos en su contexto temporal: concretamente, en los albores del siglo XX. De manera romántica y casi idealizada, Méliès es considerado hoy en día como un mago del cine, una categorización absolutamente acertada analizando su obra y su estilo fílmico.

Si realizamos un viaje biográfico por su trayectoria como cineasta debemos orbitar sobre el inicio de su vida, concretamente en la fecha de su nacimiento: un 8 de diciembre de 1861 en París, capital francesa. El contacto con el ilusionista John Nevil Maskelyne a corta edad provocó que empezara a calar en Méliès un sentimiento de atracción por los juegos visuales. Desgraciadamente, no pudo seguir la vía rápida para adentrarse en este mundo y después de que no fuera materializado su anhelo de estudiar Bellas Artes, intentó hacer suyo un mundo tan alejado de sus aspiraciones como es la artesanía del calzado.

Pero el incipiente cineasta francés no se rindió y empleó las herramientas adyacentes de las que disponía, mejorando varios elementos mecánicos presentes en su entorno que luego emplearía para sus creaciones. Toda una lucha mítica ante la adversidad. Después de entregarse en cuerpo y alma al mundo del calzado decidió que era su momento y compró el teatro Robert Houdin, un nombre asociado también al ilusionismo. Nada es casual en esta historia pues esta serendipia ya nos dejaba entrever el futuro brillante de Méliès.

Después de iniciar su etapa en un universo tan imaginativo como es el del teatro, quedó deslumbrado por un acontecimiento que marcaría su vida para siempre: el 28 de diciembre de 1895 vio en primera persona un nuevo invento que lo dejó boquiabierto. Los Lumière presentaban en sociedad su nueva creación: el cinematógrafo. El ilusionista francés, bien conocedor de la conmoción popular que supondría esta nueva creación, intentó tomar la iniciativa. Méliès presentó una cuantiosa oferta a los fotógrafos para hacerse con la propiedad de esta invención. Desafortunadamente, esta propuesta fue rechazada frontalmente, y la justificación a su negativa llama potencialmente la atención: los creadores del cinematógrafo afirmaron que esta nueva herramienta no tendría ningún futuro comercial, que se trataba de un ingenio puramente anecdótico y que no tendría más recorrido. Méliès hizo caso omiso a este tipo de aseveraciones categóricas y tuvo que comprar un elemento de sustitución, una especie de cámara ideada por el electricista inglés Robert W. Paul que modificó hasta convertirla en un objeto para registrar imágenes en movimiento. Por fin disponía del elemento que tanto había anhelado, y era cuestión de tiempo que las fantasías que había ideado en su subconsciente se convirtieran en realidad.

Y así fue. En abril de 1896, un año después de ver por primera vez el cinematógrafo de los Lumière en movimiento, ya comenzó a proyectar películas en su teatro, el Robert Houdin. Su gusto por el ilusionismo y todo el bagaje que adquirió previamente en las artes escénicas propició que dos universos que caminaban de manera absolutamente paralela se juntaran. Ilusionismo y cine se daban la mano por vez primera, provocando una revolución en un arte incipiente, pero con un potencial casi infinito. Una disciplina solo limitada y medida por la capacidad imaginativa de Georges Méliès. El cineasta lo dio todo y abrió el primer estudio de cine, espacio donde se crearían piezas que hoy en día son consideradas verdaderas obras maestras de la filmografía universal. En sus creaciones se muestra la realidad adyacente de su contexto histórico, mezclando el costumbrismo y las situaciones propias del siglo XX, representando contextos tales como espacios de ocio o casinos, lugares presentes en París desde antes de Napoleón. Otras obras presentan situaciones más propias de la ciencia ficción o del universo retro-futurístico. Hay que tener en cuenta el contexto histórico de los inicios del siglo XX, un mundo ávido de conocimiento y de inquietud y de un positivismo científico que intentaba ofrecer luz en un siglo trascendental y determinante para el futuro de la humanidad.

En el estudio de Méliès es donde se realizó una de las películas que se han configurado como uno de los iconos más potentes de la historia del cine, hablamos de la obra Viaje a la Luna, un largometraje que fue revolucionario por su perfección técnica, muy avanzada para su tiempo. En esta creación, Méliès realiza una adaptación de la obra de Julio Verne De la Tierra a la Luna (1865), junto con la influencia de Los primeros hombres en la Luna (1901), de H.G. Wells. En la misma se muestra un viaje espacial que coloca a los personajes encima de la superficie lunar. En el filme se muestran habitantes lunares, conocidos como “selenitas”. La popularidad de esta película radica en un instante del metraje muy concreto: el cohete que dispara los incipientes astronautas hasta nuestro satélite usa una técnica conocida como travelling. La bala impacta finalmente sobre la superficie lunar, representada por una cara sonriente. Esta imagen se ha configurado como uno de los iconos del cine y seguro que todo el mundo la ha visualizado en algún momento determinado asociada al séptimo arte. El filme costó una fortuna de la época y disponía de una duración de 12 minutos, una extensión muy alejada a otras creaciones de su época.

Esta obra fue distribuida casi a escala internacional y gozó de un gran éxito en el momento en que fue proyectada. Viaje a la Luna concentra casi todos los trucajes de Méliès: la sobreimpresión, los juegos de escala o el truco de desaparición y sustitución. Como curiosidad, una de las copias fue encontrada en la Filmoteca de Cataluña en 1933, se trataba de una edición a color realizada por el mismo Méliès. Desgraciadamente, se encontraba en unas condiciones de conservación muy precarias y su restauración finalizó en 2012.

Se conservan un total de 22 películas del genio francés creadas entre los años 1896 y 1902, buena muestra de su capacidad prolífica. El total de películas dirigidas por él asciende hasta las 500, de las que solo se han conservado 50. Aunque el final de su vida está marcado por una situación de precariedad, Méliès recibió los reconocimientos que tanto merecía, como la Legión de Honor de Francia en 1931. Y desde 1946, el premio que lleva su nombre categoriza a la mejor película francesa.

Actualmente La Cinémathèque Française establecida en París dispone de un gran número de objetos reales utilizados por el artista parisino. Uno de los homenajes más contemporáneos que Méliès ha recibido es la película La invención de Hugo, dirigida por Martin Scorsese. Se trata de la primera obra grabada en 3D que realizó el popular director, en la que se realiza un homenaje encubierto y reiterativo a la figura de Méliès, un film aclamado de forma unánime por la crítica. Una obra altamente recomendable que seguro que despierta la curiosidad a los recién llegados al universo de un hombre tan impresionante para su época como Georges Méliès.

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