El arte de violar

Marta Peiró Trapero//

Una chica abandona un pub parisino de madrugada. Cruza la calle por un paso subterráneo y allí se encuentra con un hombre mayor que ella. Él la llama. Ella no quiere escucharle. Él la para, la pone contra la pared y le saca una navaja. Ella pide auxilio y empieza a llorar. Él la tira al suelo, le tapa la boca y la fuerza hasta desnudarla. Ella se resiste y sigue llorando. Él la viola hasta dejarla paralizada, le da patadas, puñetazos, le golpea la cabeza contra el suelo una y otra vez, le destroza el rostro, le escupe y la abandona a su suerte. Ella ya no llora, no sabemos ni si respira. Del minuto 00.40 al 00.54, esta es una escena de la película Irreversible (2002).

¿Por qué has entrado a leer esta columna? ¿Te has quedado con ganas de saber qué pasó con la protagonista después del minuto 54? He conseguido mi propósito: retratar la violencia para conseguir engancharte. Eso mismo debió de intentar su director, Gaspar Noé. “La mejor violación del cine” dijeron entonces, cuando se estrenó esta escena, grabada del tirón, sin cortes ni cambios de ángulo, todo dispuesto como si de una violación real se tratase.

El retrato de Irreversible es, con suerte, la aproximación más perturbadora que he tenido a una violación. Pero he tenido otras, todas ellas de la mano de la gran pantalla. En Kika (1993), Almodovar retrata una violación en la que la misma víctima se ríe a carcajadas de su agresor mientras la fuerza. La violación de Kika no es para reírse pero nos hace gracia. La violación de Irreversible aterra pero la vemos -hasta en portales porno aparece-. ¿Cómo se hace este uso de la violación por parte de los artistas? Representar una violación no debe suponer un problema en sí, puede incluso servir de denuncia feminista. Sin embargo, el arte canaliza nuestros deseos y les da forma, construye unos imaginarios que se comprometen con la realidad. Y en esta realidad, la mujer aparece en un lugar subalterno, para ser vista, amada o torturada, para ser siempre algo para el hombre, el poseedor de la mirada. El que representa la violación como algo reprobable, desgarrador y penado pero, a su vez, patriarcalmente aceptado.

“Ojalá nunca me violen, porque es lo peor que me puede pasar en la vida”, me dije después de verla. De estar entretenida pasé a sentirme en peligro, por ser mujer, por ser violable. Este fue el efecto que la película tuvo en mí. No creo que fuera el que buscaba su director pero así fue. El film me dio unas imágenes que yo interpreté. Quizás no debería haber visto la película pero ya es tarde. Me toca comprender que muchas de las decisiones que tomo son irreversibles. Como irreversible es ser mujer, ser violable. Haré caso a Camille Paglia y antes de dejarme destruir por este riesgo inherente a la condición femenina, aprenderé a vivir con él.

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