La Biblioteca infinita

Paz Pérez//

Las nuevas bibliotecas se componen de un número indefinido, y tal vez infinito, de palabras que se refieren a cualquier realidad imaginable, con vastos pozos de ventilación entre ellas, cercadas por los filtros de los buscadores. Infinidad de bibliotecas y sus individuos que no olvidan enciclopedias de colaboradores y mundos virtuales evocados desde la página impresa; así como portales que vigilan todo el planeta que se han convertido en canon para los que se encuentran en la intersección entre la nueva tecnología y la literatura.

Así parecía entenderlo Borges en sus dos obras premonitorias por excelencia; La biblioteca de Babel y Tlon, Uqbar, Orbis Tertius. La primera versa sobre una biblioteca virtualmente infinita que da cabida a la totalidad del conocimiento humano: hablaba de una Biblioteca total en la que sus anaqueles registraban todas las posibles comunicaciones de los veintitantos símbolos ortográficos. La segunda trata sobre un mundo imaginario que se retroalimenta del trabajo intelectual de miles de creadores anónimos hasta el punto de terminar solapándose con la realidad.  No es difícil entender la metáfora.

Esta Biblioteca se virtualiza en las redes, donde casi cualquier texto puede ser encontrado y en donde no paran de crearse nuevos libros. Es un periodo de transición en el que la literatura roza la idea babélica de su biblioteca ideal. Y más allá. No sólo es el acceso casi infinito a los libros y a la información, sino también a las posibilidades de su propia creación como instrumento del saber, del arte y del entretenimiento. De tener claro que más que conocer la información lo que importa es saber dónde hacer clic para encontrarla, bajo la trinidad de entender, pensar e interactuar.

“La meta es que el universo cultural entero pueda aparecer en la pantalla de consulta, hacer  real el concepto totalizador de la biblioteca de Babel de Borges”, explica Hernán Casciari, autor del Weblog de Una mujer gorda. Y continúa: “Internet es ahora el depósito del saber y de la fantasía que permite realizar una geología del conocimiento”, nombra el concepto de red y “la conexión con otros centros del mundo”. Pero la novelista Rosa Regás se muestra totalmente escéptica: “las bibliotecas irán cambiando paulatinamente, no habrá grandes cambios sino a medida que cambien las costumbres de los usuarios. Si estos se acostumbran a las pantallas, en las bibliotecas habrá también pantallas y posibilidades para  descargar  los materiales”.

Borges sería el espíritu poético de Internet si no fuera por un detalle: su pesimismo. La biblioteca universal que contiene todo el saber humano es ininteligible y aquellos que tratan de desencriptarla acaban perdidos y dementes. El escritor sabía perfectamente a dónde se dirigía la especie humana. Él ya vivía ahí. Pero lo que nos dejó suena a advertencia, porque es la historia de un fracaso.

“Las redes no son espacios democráticos ni democratizadores per se” asegura Abel Giménez, escritor y codirector de la revista Psiqueactive, quien piensa que el potencial de este medio depende del uso que las personas hagan de él. Por ello, según Giménez, es prioritario pensar la construcción de una ciudadanía digital desde los ámbitos educativos para que los jóvenes puedan hacer un uso crítico de las tecnologías.

Una vez en el ciberespacio, la creación literaria ha inaugurado dos Eras: la del creador novato y la del lector interactivo. La primera tiene que ver con el hecho de que una de las ventajas de la democracia abierta de Internet es que permite a cualquier persona exponer o colgar allí sus ideas y trabajos. Hecho que da como resultado una fiebre de autorías amparadas en la protección del anonimato que ofrece la red. Es la parte más popular de este Big Bang que incentiva la creación literaria en múltiples versiones.

Escribir, en la era digital, ya no es solo usar las palabras y los signos de puntuación: escribir es también copiar, pegar y re-escribir; generar imágenes, producir videos o registrar audios que interactúen con esas palabras. Escribir en Internet se vuelve un proceso multimedia, y resulta cada vez más una tarea colaborativa: los textos no son el producto del esfuerzo de un único autor.

“Escribir en Internet significa utilizar una batería de lenguajes y recursos. Escribir es graficar, publicar, remixar, contar o seleccionar” considera Casciari. En un mundo en el que Internet ha arrasado indudablemente con todos los elementos que componían nuestra sociedad hasta el momento, no se ha producido aún una adaptación real. De momento, tan sólo se ha trasladado el modelo del papel a una pantalla.  Al menos en la mayoría de las ocasiones. Una excepción es, por ejemplo, el género Weblog, donde el orden es de cronología inversa, lo último escrito es lo primero que aparece, son relatos atomizados y llevados a tiempo real.

Este género también deja un hueco para la participación de los usuarios que no sólo dejan comentarios al protagonista o a otros lectores, sino que también pueden ser invitados a participar en la trama. Por ejemplo, Hernán Casciari, uno de los impulsores de este género, cuenta que “en la primera temporada de Mujer gorda la protagonista debió decidir entre seguir con su marido o caer en la tentación de un amante. En ese caso hubo una encuesta, en la que participaron seis mil quinientos lectores. Ganó la fidelidad”.

Por supuesto, el papel del escritor también aparece redefinido. No sólo se debe ocupar de contar una historia en tiempo real, sino que también debe manejar elementos de diseño, de programación y de marketing. Casciari le encontró un nombre: el escritor orquesta.

Este salto hacia el futuro ya comienza a vislumbrarse no solo en las búsquedas de un lenguaje más acorde a las tecnologías emergentes o en una literatura que explora nuevas formas de escribir y narrar, sino también en la redefinición de la industria editorial, en las transformaciones del soporte del libro digital y en la evolución de hábitos de los lectores. Pero siguen convergiendo dos dimensiones paralelas que se retroalimentan hoy en el mundo del libro: lo tradicional y lo digital.  “Más que la concepción de libro, lo que ha cambiado Internet es la concepción de arte o de expresión artística”, aclara Jaime Rodríguez, escritor de hipernovelas y profesor de literatura de la Universidad Complutense de Madrid. Y recuerda que esto ha traído nuevos soportes para la expresión: “Los e-books (versiones digitales de libros), los hipertextos, los hipermedias, que posibilitan nuevas formas de expresión donde, por un lado, la palabra se hace relativa frente al poder de otros medios, frente al poder del multimedia, y por el otro, se entrega el poder al lector gracias a la ampliación de la interactividad”.

Todo esto son recursos que tratan de alcanzar las verdaderas posibilidades que ofrece la red al permitir adentrarse en el ADN de sus circuitos. Ahí están las novelas electrónicas que utilizan el hipertexto, el vídeo y el audio.

La ley natural ya lo advierte: hay que adaptarse para sobrevivir al medio. Porque aunque Internet lleva en boga más de cuatro décadas, sólo podemos percibir unos primeros destellos a los cambios que se avecinan en las prácticas culturales. Un proceso imparable de magia tecnológica con más de 1.200 millones de usuarios de Internet que lleva a los adultos a cambiar de chip para, poco a poco, adaptarse a una época que empieza a poblarse de generaciones que tienen en la red su espacio casi natural.

Una imagen que puede ser habitual en un futuro no tan lejano
Una imagen que puede ser habitual en un futuro no tan lejano

El futuro ya nos ofrece una imagen diferente al evocar a una persona leyendo en cualquier lugar. Una persona que sostenga un ciberlibro entre las manos, como sosteniendo tan solo la portada de un libro en el que van pasando las páginas virtuales. Si de pronto, le apetece leer otra cosa, basta con tocar el índice de uno de los iconos de la página, tras lo cual aparece un catálogo inmenso dispuesto a desplegar las primeras páginas de cualquier escrito imaginable. Sin ningún esfuerzo aparecen las palabras sensibles al tacto.  Esto es lo que nos ofrece ahora el e-book, que se perfila ya como el libro del futuro y que se asienta entre los lectores por su funcionalidad.

Y aunque en esta última década las pantallas han mejorado para que la lectura de un libro sea más cómoda, Giménez cree que “nos resistimos a abandonar el libro. La industria editorial ha cambiado mucho menos que otras. Aunque por los costos de impresión y de distribución el libro en papel se está convirtiendo en un objeto de lujo”. El libro digital otorga accesibilidad al usuario, abre un universo de posibilidades que no se limitan por el bolsillo.

Sin duda, un asomo al tiempo borgeano que fluye hacia este presente que vive una transformación derivada del ciberespacio. “Estos avances no son una amenaza para el libro. Es una forma distinta de hacerlos. Una oportunidad de crecer que obliga a modificar el negocio”, asegura Antonio María Ávila, filólogo y profesor de la Universidad de Barcelona. “La red ya es parte de la vida y debemos sacarle el mejor provecho para avanzar”, reconoce Ángeles Aguilera, directora de Comunicación y Marketing de Pop Ediciones.

Pero este medio deja también un profundo hueco acerca de la propiedad intelectual y cómo debe la ley afrontar este nuevo desafío. “La Web permite la escritura colaborativa y la participación, pero necesitamos un entorno legal que garantice esto. Tenemos un sistema de propiedad intelectual diseñado en el siglo XIX”, explicó Belen Gache autora de Lunas eléctricas para las noches sin lunas y de otros muchos libros de literatura experimental. Frente a las amenazas a la libertad en Internet, como el intento de aprobar la Ley SOPA -anti piratería- en el Congreso, Gache aseguró que “el gran desafío es tomar conciencia de estos riesgos, pero también poner en manos de las nuevas generaciones herramientas de creación y participación, porque la Red es más un entorno de diálogo que de consumo”.

Esta férrea defensora del software libre y las licencias copyleft define Internet como “una copiadora ecuménica”, y resalta que la escritura se transforma radicalmente en este ámbito. “Las tecnologías copian sistemáticamente: la originalidad hoy es un valor que está en jaque. La figura del autor, también. La idea de que el autor crea solo, de la nada, ya no tiene vigencia”, resume.

Otros formatos son los del blog y videoblog. Penúltimo hallazgo y legado de estas rutas divergentes forjada por los cibernautas. Apenas sobrepasa la década de su nacimiento y ya hay 27 millones de blogs, una vertiginosa cifra de seguidores-lectores y un incalculable número de blognovelas y bloglibros para los que ya se ha creado un premio literario, si pasan al formato libro: el Blooker. La primera edición la inauguró, en 2007, el soldado estadounidense Colby Buzzell, que contó online sus vivencias en la guerra de Irak desde una tienda de campaña. En esta convivencia y ajuste de Eras, las impresiones originales de los libros empiezan a ser reliquias. Los autores envían sus obras en formato digital o PDF a agentes y editores, que los leen en su ordenador o en un soporte de lectura digital portátil. Una de ellas es la agente Mónica Martín, que ha reconocido que algunos autores sólo le entregan los manuscritos como un gesto simbólico. Blanca Rosa Roca, de Roca Editorial, cree que los lectores digitales son “un buen medio para leer manuscritos, se pueden cargar muchos y se ahorra papel e impresión”. Además, las editoriales ya tienen en sus webs un apartado donde los escritores pueden enviar sus propuestas literarias.

Pero el principal temor para editores, distribuidores y libreros, aunque sea el mejor regalo para los lectores, es hallar el dispositivo de lectura digital ideal. Está próximo. Los formatos están cambiando velozmente. De los primeros lectores de e-books como Rocket eBook y Softbook, hace diez años, se ha pasado al Sony Reader o al Kindle, de Amazon, que acaba de incorporar el audiolibro. Además, existen lectores digitales para ciegos a través de un conversor de voz. Y se espera otro gran salto hacia el futuro con el Readius, un híbrido de móvil y lector e-book con una pantalla extensible y enrollable de papel electrónico.

La evolución cibernética continúa. “Es la ruptura de los modelos de producción y negocio. Creo que el libro como lo conocemos será un lujo”, vaticina Mónica Martín. “A lo mejor esto de Internet sólo es la punta del iceberg de la revolución digital”. Pruebas de la naturaleza proteica de la red. Prueba de que éste es el siglo del creador novato y del lector.

Este es un atisbo al porvenir de pasado mañana. Como si Jorge Luis Borges tuviera razón y el futuro viniera al encuentro del presente. El lector es ahora quien manda más que nunca gracias al poder que le concede el ciberespacio, mientras todos lo cortejan. Son los baquianos que van espantando los miedos del futuro cibernético y liderando la evolución de una raza que empieza a mudar de terrícola a cibernícola.

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