En la boca del Zorro

Susana Matondo//

Imaginen Zaragoza bajo la luna y cientos de posibilidades para pasar un buen rato. Visualicen lo que les queda por delante: una noche de música y copas. Piensen en una madrugada que ha llegado sin previo aviso. Puede que les haya sorprendido en El Zorro, un escondrijo que tal vez no sea el local más antiguo de la ciudad, ni quizá tampoco el bar más solemne. Sin embargo, todo amante de la música y el ambiente de calidad termina, tarde o temprano, sumergido en las entrañas del animal.

Hay que tener ciertas agallas y un conocimiento mínimo de la zona para hallar su guarida. No esperen encontrarlo en los ambientes alternativos del Royo o la Magdalena, ni mucho menos en la zona típica y tópica de bares de la ciudad, custodiando las viejas murallas. Lo singular de su localización siempre ha llamado la atención, no deja de ser uno de sus elementos significativos.

Como si de un viejo castillo se tratara, el Zorro tiene dos caminos de acceso, el sencillo y el rebuscado. El primero te lleva por una bocacalle del Paseo independencia, esa con nombre de provincia andaluza. Si se opta por el camino intrincado, hay que adentrarse en el centro comercial del Caracol. El secreto para no perderse reside en no llegar hasta el final del camino en espiral y mantener los ojos abiertos. El Zorro espera en la planta media, dando la bienvenida con un mural azul a sus visitantes… o sus presas, según se quiera interpretar.                                            

En realidad no hay nada que temer. Si la guarida se ha mantenido en activo a pesar de haber atravesado un par de altibajos en su historia es gracias a la confianza que los “zorrones”–apelativo cariñoso para sus asiduos visitantes- han depositado en ella. El Zorro ha sabido combinar su escondida y misteriosa localización con una buena leyenda que se ha ido hilando a lo largo de casi 25 años. Una leyenda que ha pasado de boca a oreja. Desde los zaragozanos que ahora atraviesan la madurez de los cuarenta hasta los veinteañeros que disfrutan con plenitud de la vida universitaria.

La leyenda del Zorro

-¿Conoce el Zorro? Sí, sí, el local.

-¡Ah, sí! Por supuesto, el Zorro es legendario.

Interceptar a una persona de entre 40 y 50 años por las calles de Zaragoza y preguntarle por el Zorro da lugar a este tipo de comentarios. Aquella generación, cuenta la leyenda, fue testigo de la Movida, -que aunque se llamó Madrileña también fue un fenómeno en otras ciudades como Barcelona, Bilbao, o Zaragoza-. Durante aquellos años se curtió una generación en medio de la proliferación de bares de música en directo, y decenas de bandas. Cuando la explosión ochentera acabó, los espectadores de la movida todavía tenían fuelle. Quedaba una década por delante, una sin duda marcada por la música y la actitud de la anterior. En este contexto, nacieron bares como El Zorro.

foto micro

Fundado en 1993, el Zorro nació con la pretensión de alzarse como “el bar” de música en directo. Esa era, y es, su marca. Cada semana ofrecía varios conciertos y escribía en sus carteles nombres de artistas como Javier Krahe, Gecko Turner, o Kase-o. Durante un tiempo se mantuvo como local de referencia de copas y buen ambiente. El Zorro fue, para quienes vivieron la noche zaragozana de los años 90, ese local que siempre ha estado ahí, una apuesta segura para llevar a gente de fuera, especialmente si se salía entre semana.

Hasta cierto punto, esto sigue siendo cierto. Aunque ahora El Zorro sólo abra de jueves a sábado, al principio abría los siete días de la semana. ¿Que era lunes pero apetecía un poco de música ambiente y luces oscuras? El Zorro estaba ahí. ¿Qué era miércoles y lo que quedaba de semana se hacía cuesta arriba sin una copa y una sesión de rock? El Zorro seguía estando allí.

Sin embargo, aquel ritmo no podía durar siempre. La crisis económica que azotó España en 2008 repercutió pronto en los pequeños establecimientos. Paradójicamente, cada vez había más bares que se postulaban como posible competencia. Los jovenzuelos de los 90 crecían, aumentaban sus obligaciones, estiraban sus horarios, se desvelaban por el llanto de sus bebés… y algunos cambiaron su estilo de vida nocturno. Además, las nuevas generaciones no compartían usos y costumbres, y la cultura de “salir por ahí” se concentraba en fines de semana, bares ruidosos, éxitos comerciales, Spotify, sellos de entrada y litronas en la calle. El mundo cambiaba, y el Zorro no pudo con ello.

Se anunció el fin de su actividad el 11 de abril de 2015. Inma Ondé, que regentaba por aquel entonces el establecimiento, había estado cuatro años de camarera y casi dos décadas al frente. Conocía bien su guarida y pese a todo decidió que cerrar era lo mejor. Pero quedaban muchos “zorrones” ahí fuera. Todos se llevaron las manos a la cabeza. “Joder, qué putada”, exclamaría alguno, “¡si sigue habiendo gente que va!”.

La intimidad y sensación de aislamiento que caracterizan al pub lo hicieron legendario, sobre todo a finales del siglo XX. Los clientes, que podían ser más o menos en número pero eran fieles, no podían figurarse otro sitio mejor en el que reunirse. Ni se imaginaban bar alguno en el que paladear tantos buenos clásicos o versiones libres e improvisadas, siempre que se podía, interpretadas por artistas locales; la marca autóctona no podía perderse. Los Bronson, por ejemplo, dieron allí su primer concierto, y tres de sus componentes serían los que, años más tarde, salvarían del olvido al local.

Y el Zorro volvió tan sólo tres meses después de anunciar su cierre. Vaya que si volvió. Víctor Abad -O BotónBronson, el video DJ de la agrupación- tomó la iniciativa de recuperar el mítico local, porque tanto él como sus amigos y compañeros habían vivido su juventud entre aquellas paredes. El grupo zaragozano siempre ha tenido una relación íntima con el Zorro, como si de una segunda casa se tratara, y no podía simplemente desaparecer, borrarse su existencia, quedarse en un mero recuerdo.

Gracias a ello, todavía se puede hablar de El Zorro en presente. Aunque sus puertas ahora sólo abren de jueves a sábados, sigue ofreciendo conciertos en directo, música y jamsessions. No es extraño ver una mezcla generacional en el Zorro. Por sus puertas sigue entrando clientela madura, pero las nuevas generaciones, aquellas que aún tomaban biberón en los 90, se hacen cada vez más eco de su existencia. Estos jóvenes van por la leyenda, y se quedan por el ambiente –la mayoría-. Otrosse quedan por los Mojitos Espectaculares. Cosas del marketing de los “maravillosos 2000”.

Deja que fluya la música                                                               

Cuando se hizo público el comunicado de cierre, lo primero que se perdía era parte de la historia musical de la ciudad de leones. El Zorro siempre ha sido, y será, sinónimo de cultura y fiesta, pero tenía que reinventarse.

foto jam session

La filosofía del “renovarse o morir” tal vez resulte un tanto radical para un garito pequeño, pero habiendo hoy en día tantísimas formas de disfrutar la música, hubiera sido un pecado no intentarlo. El AutoTune lo agradeció: el Zorro ha invertido para que el técnico de sonido se recree, especialmente en los llamados “antikaraoke”. El proyecto todavía está en proceso, pero con suerte no queda mucho para disfrutar de la experiencia. En Madrid están familiarizados con el término –puede que sólo en las escenas más alternativas- y de ahí se importó, nuevo nuevísimo; de la Sala Sol al Zorro.

Por extravagante que resulte, lo cierto es que todo el mundo ha hecho “antikaraoke” alguna vez en su vida: consiste en cantar encima de la versión estudio, con la voz del cantante sin eliminar. Al contrario que en los karaokes al uso. De ahí, el técnico obra maravillas y podría hacer aceptable la versión de algún intérprete que llevara un par de Mojitos Espectaculares encima. Abstenerse aquellos que esperen milagros.

No obstante, hubo algo que el nuevo Zorro mantuvo del viejo: las jamsession. Aunque las jam eran relativamente nuevas en fechas –llevaban cuatro años cuando el establecimiento cambió de dueño— mantenerlas ha sido uno de los grandes aciertos. Siguen funcionando. Con sus puntos fuertes y débiles, constituyen uno de los mayores reclamos para la gente joven, que adora los juernes. Una vez enganchados a las improvisaciones en directo, tanto da si a la mañana siguiente hay que trabajar a las ocho o si se libra, la clientela fiel estará ahí, con todos sus sentidos dispuestos.

Se dice, y es cierto, que en las jam sesión del Zorro tienen especial cabida los géneros afro, de raíces negras y corazón caliente. El blues, el jazz, el funk y el reggae se avivan, fusionan, y complementan todos los jueves. El escenario lo asaltan variados y polifacéticos artistas. Un grupo, por lo general diestro en el oficio, inaugura la sesión, pero en el Zorro el escenario no es sólo para artistas: nunca se sabe quién acabará en la palestra durante la noche. Acudir a una de estas jam supone entrar y sentarse sin saber de qué van a disfrutar los oídos. El factor sorpresa es el punto fuerte, excitante.

La filosofía de una jamsession bien llevada radica en el flujo libre de melodías, movimientos, pensamientos. Su naturaleza descansa en una inspiración innata, en mantener las puertas abiertas, que fluya la creatividad y el arte. Pero para evitar anécdotas indeseables se ha de llevar un cierto control de los temas que se interpretan. Nadie quiere a un iluminado tocando un solo de guitarra de cuatro minutos, ni a un rapero inoportuno que piense que sus veinte minutos de rimas son la respuesta a las incógnitas de la vida y el universo.

foto temas jam session

El Zorro no le tiene miedo a nada y aunque sienta predilección por las tesituras negras está abierto a todos gustos. El refinamiento es relativo, y la especialización en un solo estilo musical peca de absurda. Uno de sus objetivos es aumentar el espectro de días que abre sus puertas. Ofrecer cada uno de ellos un manjar distinto, una nueva idea. Atraer descreídos, recuperar hijos extraviados. La manga está llena de ases.

Una experienciaen sus entrañas                        

Una noche de sábado, en una recién estrenada y lluviosa primavera, la ciudad espera a ser devorada. Se busca entre las babas del Caracol un sitio donde recogerse, escapar del Cierzo, y disfrutar de intimidad. El Zorro está conformado por tan sólo una estancia, una larga barra, y sofás haciendo esquina. Sus mesas, empapeladas de carátulas de míticos álbumes y pretenciosos dibujos chillones, desde Jimi Hendrix hasta Radio Futura, dispuestos a que coloquen un posavasos sobre sus cabezas.

Las paredes brillan de un azul llamativo y tranquilizador al mismo tiempo. Por si no daba suficiente sensación de estar sumergido, los zorritos que las adornan llevan traje de buceo. Parecen invitar a que te unas a la expedición, a que te empapes en su mar.

La estancia está vacía, aunque no solitaria. Las luces, rojas, azules, naranjas, dando vueltas, mareando, hipnotizando, acompañan al más huraño. La música penetra en los oídos, pero no molesta. Es de ambiente, pero conocida. Suena de algo, pero no sale su nombre. Una pantalla de proyectoren blanco cuelga en el escenario, hoy vacío de aquellos instrumentos que lo poblaron el jueves. Induce a preguntarse qué está por venir, y por qué no llega la gente. ¿Demasiado pronto? ¡Pero si van a ser las doce! ¿Estamos anticuados? ¿Es que ahora los jóvenes sólo salen después de la medianoche?

Aparece una pareja de treintañeros. Nada de chavalería. Piden una copa y se apartan como tortolitos a una esquina. No hubiera sido muy diferente si tuvieran diez años menos. La puerta se abre, poco a poco, a intervalos irregulares, y deja entrar personas con cuentagotas. Más copas. Sube la música. El Zorro devora más presas, las engulle, y lentamente se llena la panza. Más ambiente. Más ruido. Más gente.

Entonces, sin previo aviso, el proyector da luz. Se enciende, e imágenes aleatorias de artistas van intercalándose frenéticamente. O tal vez es todo el tiempo el mismo apasionado artista, incapaz de estarse quieto. A partir de ese momento, los segundos se convierten en minutos y los minutos en horas a un ritmo delirante. Hojas de mojito, cáscaras de pipas, jarras llenas de cerveza que pronto son sólo un hilillo de espuma.

foto gente 2 (1)

Proyectado en la pared, quitándole protagonismo a los simpáticos zorros acuáticos, rostros míticos: Tina Turner, The Jackson Five,  Lenny Kravitz se suceden sin dar tregua al personal. Las preferencias musicales quedan más que patentes cuando el bar entero se estremece en cuanto Michael Jackson aparece con su chupa de cuero rojo aullando: “Just beat it! Beat it! No one wants to be defeated!”.El pop, el rock, el blues, el funk… todos se daban cita esa noche, conformando un apoteosis de la música negra. Sí, faltaron muchos nombres, pero quedan muchos sábados por delante. Sonidos más contemporáneos, pero en la misma línea, – Pharrell Williams, Kimbra- mantienen la armonía afro y el espíritu de buen rollo.

Los felices años 20 también se cuelan en el local con depuradas versiones estilo jazz de éxitos actuales, como All About That Bass de Meghan Trainor o Lean On, el mayor éxito en pistas comerciales del verano pasado. Cada vez son más los inquietos que se atreven a hacer gala de sus dotes, aunque llegados a cierto punto de la noche, tanto daba haber sido bendecido con talento natural o ser completamente arrítmico.

La noche no decae en el Zorro. Una vez el ritmo empieza, no puede distinguirse el clímax del final de la madrugada. Hasta que el cuerpo aguante. Esa es probablemente la premisa de los zorrones que se presentan los sábados, bien por rutina o bien por innovar. El proyector no interrumpía su curso, las copas seguían llenándose y los cuerpos repetían sus contoneos para cuando incluso los búhos estaban ya cansados. La mezcla de sonidos que despedía el Zorro esa noche bien podría haber conformado una melodía cálida y estridente al mismo tiempo.

Piensen, después de esta retahíla de sensaciones e interpretaciones, que ningún nombre es dado por casualidad. Piensen en cómo su leyenda se ha mantenido viva hasta ahora, en su reinvención. El Zorro despide sagacidad, sabe jugar sus cartas, conoce sus debilidades y sabe utilizarlas a su favor. El Zorro no se deja engañar, piensa deprisa y actúa todavía más rápido. Cada vez que se aventuren a entrar en su guarida, recuerden que El Zorro es astuto.

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