La España olvidada de Saura

Texto: Jorge Marco, Pablo Gracia y Julio Beltrán//

La exposición Carlos Saura. España Años 50, que se exhibe actualmente en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza hasta el día 30 de junio, recoge una selección 92 fotografías tomadas por el director aragonés Carlos Saura en sus distintos viajes por la España de mitad del siglo XX. Agrupadas por distintas temáticas -desde lugares geográficos concretos hasta festividades o acontecimientos populares-, estas imágenes recogen la cara menos amable de los años duros del franquismo.
Inmortalizar lo que fuimos

Los protagonistas de las fotografías del director aragonés son personajes de a pie, labradores con ropas raídas o niños con las caras a medio lavar, representantes mudos de una época que, por suerte, ha quedado atrás y que nos obligan a reflexionar sobre nuestro propio pasado. Gracias a la cámara de Saura quedaron fijados para siempre en los negativos de la Historia, dando buena cuenta de un mundo gris que tardaría muchos años en volver a sacudirse del yugo nacionalcatólico que consiguió vivir 25 años más y morir apaciblemente en la cama.

A pesar de todo esto, la presente selección de fotografías consigue también transmitir optimismo y vitalidad. Bajo de sus boinas, los ancianos observan a los jóvenes disfrutar corriendo delante de una vaquilla mientras los más pequeños escalan como pueden los muros de la iglesia para permanecer a salvo. En otro lugar, la gente amontona sus sillas delante de una pared donde se observan con claridad multitud de carteles de películas. Y en la oscuridad de un salón de baile una pareja de adolescentes danza tímidamente cogidos de la mano.

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“La fotografía es un invento genial que ha conseguido que todos podamos recordar a nuestros padres, a nuestros amigos, los paisajes que hemos recorrido…”. Así hablaba el cineasta de este arte en la rueda de prensa en la que presentaba Carlos Saura. España Años 50. Durante su intervención, Saura habló del país que conoció y retrató en su juventud: un lugar anclado en el tiempo y en el que reinaban la escasez y la necesidad. “La España de aquellos años yo la recuerdo, y así está en las fotografías, como una España bastante miserable”, contaba mientras reconstruía un Estado que recuerda como “un territorio casi medieval” en el que las personas vivían “poco menos que en chozas”, compartiendo su vivienda sin agua corriente ni electricidad con los animales. En un momento en el que se vendía una España oficialista de sol, turismo y sevillanas, Saura recuerda “un lugar mucho más complicado de lo que parecía, mucho más pobre en unas zonas que en otras”.

Reflexionando sobre ello, concluía que el país en el que vivimos hoy en día se distancia mucho en forma y contexto del que aparece inmortalizado en su exposición. “Todo era diferente, incluso en la forma de vestir, en la forma de conversar, en la forma de estar…. Y en muchas otras cosas. En la convivencia, digamos”, explica. “Ahora podrá haber pobreza y miseria, pero, comparado con aquellos años, esto es como el paraíso terrenal”. Y, ciertamente, basta con echar un vistazo a las fotografías para comprender a qué se refiere Saura: gentes harapientas, pueblos miserables y polvo son los protagonistas y componentes principales de las obras. Paradójicamente, la pobreza y el hambre no arrebataron la sonrisa a muchos de los retratados, trabajadores humildes y oprimidos, pero poseedores de un espíritu indómito, verbenero y divertido que queda también reflejado en las imágenes.

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Pero, a pesar del interés de la crítica y del comisariado cultural en este período de su vida y del éxito de la muestra, el cineasta confiesa su ambición por exponer obra de otras temáticas. “A mí ya no me interesa, a mí me interesan otras cosas”, afirma. “Esto sólo es una pequeña parte de mi obra, que consta de miles de negativos, fotografías digitales y dibujos”. Pese a ello, en un ejercicio de modestia, recalca que ahora se considera tan solo un amateur, sin temática fija, retratando paisajes, animales o a su familia de forma puramente cotidiana cuando le apetece, aunque sin dejar de practicar el oficio.

Sobre la fotografía moderna y los bacalaos

Saura lanzaba al público una reflexión acerca la fotografía moderna y sobre cómo ésta había evolucionado respecto a la que él practicaba. “Hoy todo el mundo lleva su camarita para guardar un recuerdo. ¿Por qué será eso?”, se preguntaba el cineasta para ofrecer de inmediato su propia respuesta: “Hay una razón muy sencilla: para dejar constancia de que has estado en un sitio, de que has estado con unos amigos… Para eso sirve la fotografía”. Aprovechó también para increpar a los jóvenes por, debido a la facilidad de hacer fotos con el móvil, alentar la supremacía de la cantidad frente a la calidad. Como decía el polémico dramaturgo y crítico irlandés Bernard Shaw y a cuyas palabras hizo alusión Saura: “Los fotógrafos son como los bacalaos, que ponen miles de huevos y solo uno o dos valen la pena”.

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Preguntado por las nuevas técnicas y por la multitud de artistas del sector, Saura vuelve a hacer hincapié en la importancia del hecho de que hoy en día cualquier persona pueda hacer fotos de forma virtualmente ilimitada. Opina que esta nueva realidad, para bien o para mal, trae consigo una consecuencia certera: “Los grandes fotógrafos ya prácticamente van a desaparecer porque ahora es muy difícil. Hoy en día, cualquiera puede ser un fotógrafo decente.”. Y es que todos poseemos una cámara competente en nuestros dispositivos móviles y, por si fuera poco, acceso a una amplia gama de filtros, efectos y ediciones digitales. Ciertamente, esta disciplina es más accesible de lo que lo había sido nunca.

En cuanto a las nuevas técnicas de edición digital, el autor marca distancias respecto a su trabajo: “Se puede digitalizar, cambiar contrastes, editar. Pero yo creo que es otro tipo de fotografía. Existe una fotografía ‘realista’ y otra fotografía de manipulación. Es otro mundo. Se acerca cada vez más a la pintura. Son caminos más novedosos, más diferentes y más abstractos”, reflexiona. “A mí no me interesa demasiado eso, sinceramente. Yo creo que la fotografía es esto, lo otro es otra cosa, la cual puede estar muy bien, pero no me interesa”. Aunque él mismo analiza otras técnicas en su obra que le llevan a considerar sus “contradcciones absolutas”, como sus denominados ‘fotosaurios’, fotografías sobre las que el director pinta con tintas, acuarelas, pintura acrílica o ceras.

Así, entrelazando reflexiones sobre el impacto de las nuevas tecnologías del siglo XXI y la oscura España franquista del siglo XX, Carlos Saura abandona la etiqueta única de director de cine que tal vez haya eclipsado siempre a la de fotógrafo y deja patente que ninguna de las dos facetas languidece ante la otra en cuanto a talento se refiere -a las cuales, además, se les suma la de escritor de novelas, guiones y libros de fotografía-.

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Y, mientras escuchamos al responsable de filmes de repercusión internacional como La prima Angélica o Cría Cuervos, también tenemos ante nuestros ojos al autor del espejo fotográfico de una España que, por suerte o por desgracia, ya pocos pueden recordar.

Con sus luces y sombras, sus guardias civiles con pitillos y sus monjas montadas en carro, sus corridas de toros y sus madres dando el pecho, sus pequeñas casas blancas y sus grandes avenidas oscurecidas. Es la España del hambre y del miedo y a la vez la España de las fiestas y el ruido. Es, al final, algo nuestro.

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