La Hallyu Wave: Individualismo, presión estética y producción

Laura de Luis Leonarte//

La música fue su pasión y a la vez su perdición. La presión a la que se enfrentan los artistas en una industria dominada por el capital puede desembocar en tragedia. Dietas, operaciones estéticas, jornadas interminables de trabajo, nula vida social y un enorme tabú sobre las enfermedades mentales hicieron que el idol surcoreano Kim Jong-hyun se quitase la vida con tan solo 27 años.

El 18 de diciembre Kim Jong-hyun, vocalista del grupo surcoreano SHINee, fue encontrado inconsciente en su apartamento. Unas horas antes su hermana realizó una llamada a emergencias alertada por los mensajes de despedida que su hermano le envió, pero cuando llegaron ya era demasiado tarde. Todo apuntaba al suicidio como causa de la muerte. Días después del fallecimiento, 9Nine (Jang Hee Yeon), otra artista de la industria del pop surcoreano, publicaba en Instagram una nota póstuma del vocalista de SHINee que él mismo le había confiado días antes y en la que explicaba su situación, cómo se sentía y su última despedida.

En la misiva, Jonghyun hacía pública la depresión que sufría desde hace tiempo. “Estaba roto en lo más profundo de mi ser. La depresión me rompía poco a poco, hasta finalmente devorarme. Aunque intentaba recordar lo que me hacía ‘despertar’, lo único que conseguía a cambio era silencio. Prefiero parar si no puedo respirar”. El artista arremetió en su nota contra el sistema sanitario por el pésimo trato que recibió sobre su enfermedad mental: “Es mi culpa ser imperfecto. ¿Es esto lo que querías escuchar? No, no hice nada malo. Creía que era muy fácil para los médicos, con su voz calmada, culpar a tu personalidad por tu sufrimiento. […] Te conté en numerosas ocasiones que estaba sufriendo. ¿Necesitaba tener más razones para sentir dolor? ¿Más detalles dramáticos en mi historia? ¿Más historias? Te las conté todas. ¿O estabas despistado cuando lo hacía?”.

La nota finaliza con unas palabras que, por su crudeza, se convirtieron en Trending Topic mundial horas después de conocerse la noticia. Los fans de SHINee llenaron las redes con el hashtag #YouDidWellJonghyun, pues el último deseo del cantante era que le dijesen que había hecho un buen trabajo, que había sufrido suficiente y que no le culpasen de su decisión.

El caso del surcoreano Kim Jong-hyun no tuvo relevancia en la prensa internacional, pero su suicidio dejó al descubierto un grave problema dentro del panorama musical y de la sociedad coreana: los artistas sufren, sienten presión, alegría y dolor y, a veces, necesitan ayuda. Una ayuda que en ocasiones no llega a tiempo.

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La industria musical surcoreana: una constante competición hacia la cima

La industria cultural surcoreana es altamente competitiva, a imagen y semejanza de su sistema educativo. Desde pequeños, los surcoreanos son educados en la importancia de la disciplina y la productividad. Sin unos resultados académicos excelentes, los jóvenes no podrán acceder a las mejores universidades; si no pueden estudiar en la mejor universidad, no podrán trabajar en una empresa en la que sus padres se sientan orgullosos. Pelean ferozmente, tengan vocación o no, por entrar en SKY, siglas de las tres universidades coreanas más prestigiosas: Universidad de Seúl, Universidad de Corea y la Universidad de Yonsei. Esta meta, forjada en la mente de los jóvenes y sus padres, genera mucha presión; tanta que, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), los alumnos surcoreanos encabezan el ranking de la infelicidad. La tasa de suicidios en Corea del Sur entre menores de 24 años es la más alta del mundo.

Uno de los picos de suicidio entre esta franja de la población se da unas horas después de celebrarse el suneung, un examen de 8 horas y 20 minutos que podría asemejarse el concepto de la selectividad española, pero llevado al extremo. Durante este día, el país entero contiene la respiración. Se reprograman vuelos para que no interrumpan los exámenes orales del alumnado, se coordinan dispositivos de emergencia para que ningún estudiante llegue tarde, la bolsa retrasa su apertura y hasta algunos taxistas llevan gratis a los alumnos a los 257 centros de evaluación. La misma tarde en la que se celebra el suneung se publican las respuestas correctas del examen; y, al día siguiente, las cifras de suicidios. En el curso académico de 2009, dos mil estudiantes decidieron poner fin a su vida por la presión que genera estudiar un promedio de 13 horas al día.

Con esta férrea enseñanza basada en la extrema competitividad, no es de extrañar que el espacio de trabajo también se convierta en unos “juegos del hambre” donde los compañeros se ven como competidores y solo el más fuerte sobrevive. Esta mentalidad individualista no era propia de la sociedad surcoreana, sino que tiene su origen en los años 80. Los disturbios políticos, revueltas estudiantiles y protestas ciudadanas contra el gobierno colectivista que se instauró tras el final de la Guerra de Corea (1950-1953) desembocaron en las primeras elecciones surcoreanas de 1987. Lo común deja de ser atractivo para esta nueva generación -la llamada Generación X-, criada por los referentes culturales anglosajones de la Guerra Fría (1947-1989). Se implanta así el individualismo en la vida de los surcoreanos, acompañado de una recuperación económica milagrosa y similar a la de Japón.

La transformación social y cultural van de la mano. La Generación X renegó de la estética y la música con la que se identifican sus antecesores, redirigiendo su consumo a tendencias occidentales como el hip-hop, el heavy metal, el swing o el R&B. Grupos como Seo Taiji and Boys fueron referentes en la creación de la industria del KPop, respondiendo a la demanda de miles de adolescentes que se sentían culturalmente huérfanos. El incipiente mercado asiático no dudó a la hora de apostar por este nuevo concepto, capaz de mover masas.  Letras despreocupadas, mensajes individualistas y una cuidada coreografía que cosechó un éxito nunca visto en Corea del Sur: 11 millones de discos vendidos en tan solo cuatro años. Tras la separación de Seo Taiji and Boys, Yang Hyunsuk fundó YG Entertainment junto a su hermano, una de las compañías discográficas más importantes de Corea del Sur desde 1996 hasta la actualidad y por la que han pasado grupos como BIGBANG, 2NE1, el cantante PSY y BLACKPINK. Este último grupo tiene previsto llenar el Palau Sant Jordi de Barcelona el 28 mayo.

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Seo Taiji and Boys. Fuente: Norae Magazine

El inicio de esta nueva era musical en Corea del Sur fue el primer paso para la creación de una nueva industria cultural a nivel mundial, caracterizada por su mezcla de ritmos occidentales como el R&B, el hip-hop, o más recientemente el EDM (Electronic Dance Music), pero con la mayor parte de la letra en coreano. Desde hace una década, Corea del Sur exporta masivamente sus ideas al resto del mundo, de forma atractiva e innovadora para el consumidor. Tecnología, cosméticos, videojuegos…La música no iba a ser una excepción. Esta fuerte apuesta le ha llevado a conquistar, comercial y culturalmente, la totalidad de Asia oriental y el sureste asiático. Con la aparición de videos virales como el Gangnam Style de PSY y boybands tan potentes como BTS, el KPop también ha irrumpido en los mercados occidentales, permitiéndole mantener su pujanza económica. Este hecho se conoce como la Hallyu Wave, una muestra del softpower coreano. Es decir, de la influencia que puede ejercer el gobierno surcoreano en el comportamiento de su ciudadanía mediante la producción cultural.

El KPop, en una economía emergente como la de Corea del Sur, es una industria musical planificada al milímetro. Es un negocio que implica mucha producción y que involucra a mucha gente. En 2017, la industria musical surcoreana reportó beneficios de más de 18.000 millones de dólares. Viendo el éxito que genera esta industria, el gobierno coreano y las tres compañías más importantes de la producción musical, comúnmente apodadas “Big 3” (YG Entrertainment, SM Entertainment y JPY Entertainment) mantienen una discreta relación amorosa. Es evidente que el KPop funciona como una herramienta indirecta del estado, convirtiendo a los cantantes (popularmente llamados idols) de la industria musical en embajadores de Corea del Sur de cara a los consumidores internacionales. De puertas hacia dentro, Daisy Kim explica en su tesis, titulada La reapropiación de deseos en las sociedades neoliberales a través del Kpop (2012), que el gobierno ejerce influencia a través del contenido sexualmente implícito y las letras de las canciones de los artistas de KPop “como una forma de regular la recepción y el estándar de los roles de género”. En su trabajo, Vera Intriago sigue esta línea y afirma que: Lo que se vende en el KPop es un modelo de belleza diseñado por las compañías y los medios de comunicación como objeto de consumo, basado en el atractivo añadido de actitudes femeninas y masculinas, ocasional y estratégicamente utilizadas”.

 

Ni arrugas, ni vello, ni pareja

Mujeres con piel de porcelana, figuras esbeltas pero bajitas, pelo brillante y suave al tacto, ojos rasgados y grandes, una nariz perfectamente recta con un puente de rasgos caucásicos, labios rechonchos y caras delicadas que no envejecen con el paso del tiempo; la Hallyu Wave no solo trae nuevos ritmos, sino una imagen planificada al milímetro. También existe la contraparte masculina del perfecto idol: rostros sin vello ni arrugas, cuerpos esbeltos con abdominales tonificados, y con una personalidad (y sonrisa) que irradie calidez y pasión. La influencia de estos cánones estéticos es tan fuerte en Corea del Sur que 1 de cada 5 mujeres han pasado por el quirófano, posicionándose como el país en el que más intervenciones estéticas se realizan del mundo. Ojos, nariz y mandíbula son las operaciones más demandadas, todo con tal de parecerse físicamente a sus idols favoritos, lo que genera un círculo vicioso de botox y bisturís que reporta al mercado surcoreano unos beneficios anuales estimados en 5.000 millones de dólares.

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La presión que ejerce la industria estética en Corea del Sur se cobró la vida de la idol Heo Yoon en 2007. Más conocida por su nombre artístico, U;Nee debutó en la industria musical surcoreana en 2003 y en 2005 regresó a los escenarios con un look más provocativo en la canción Call Call Call. Para conseguir esta imagen, U;Nee tuvo que someterse a varias operaciones estéticas debido a las recomendaciones de su agencia. Es común que, cuando un idol debuta, la propia compañía pague las operaciones estéticas necesarias para “mejorar” la imagen del artista. Finalmente, U;Nee se suicidó a los 25 años debido a la combinación de la presión mediática, la depresión y otros problemas familiares.

Muchas de las estrellas del KPop han sido reclutadas desde adolescentes, por lo que no suelen ser lo suficientemente maduras emocionalmente para manejar la disciplina que conlleva la industria del entretenimiento. Aquellos aprendices, más conocidos como trainees, que quieren dedicarse a la música de forma profesional usualmente entrenan de 2 a 5 años en academias privadas para presentarse a las audiciones de las grandes compañías. Si consiguen entrar, tendrán que seguir preparándose para asegurarse un puesto entre los mejores. Mediante un survival o reality show, solo los mejores trainees conseguirán debutar bajo el nombre de la compañía y pasar a denominarse rookies; pero debutar tampoco les asegurará el éxito en la industria.

El público coreano, por su parte, alberga unas altas expectativas tanto en el comportamiento como en la apariencia física de los idols. Dejar de apoyarles por haber ganado peso o boicotearles por comenzar una relación sentimental son prácticas comunes entre los clubs de fans; tanto, que las cláusulas de los contratos musicales suelen prohibir las relaciones de pareja o incluso los cambios de imagen no acordados entre el artista y la compañía. Por eso desde elementos como la ropa, el estatus y hasta el rostro son tan importantes. La presión por adaptarse a los cánones, a lo que el público espera de ti y el trabajo que supone pagar la deuda con la compañía es tan brutal que muchos idols se ven forzados a dejar la industria para poder hacer cosas tan simples como formar una familia.

 

Ser mujer en la industria surcoreana: El escándalo del Burning Sun Club

Jang Ja-yeon tenía 29 años y toda una carrera por delante en la industria del entretenimiento cuando decidió quitarse la vida en marzo de 2009. Podía haber sido otro caso más del tabú que supone tratar el tema de la salud mental en Corea, pero cuando salió a la luz la nota que escribió antes de fallecer, se desató el caos mediático. Jang Ja-yeon dejó una lista de siete páginas en la que aparecían 31 nombres de altos cargos, ejecutivos y personas relevantes dentro de la industria del KPop a las que su representante, Kim Sung Hoon, le había obligado entretener, y en algunos casos, a mantener relaciones sexuales.

El caso se cerró con siete imputados, pero en 2018, alentado por el movimiento #MeToo, ciudadanos anónimos lanzaron una petición para que se reabriera. Hace dos semanas la petición alcanzó 600,000 firmas, por lo que el Ministerio de Justicia accedió a prolongar la investigación del caso dos meses más. Para sorpresa de todos, la reapertura del caso ha coincidido con la salida a la luz de uno de los escándalos más importantes de Corea del Sur: El “Burning Sun Gate; un presunto escándalo de prostitución y drogas que le ha costado la salida de la industria musical a cuatro artistas por su imputación en el caso: Seungri, de BIGBANG, Yong Jun-hyung de HIGHLIGHT, Choi Jong Hoon de FT.ISLAND y Jung Joon-young. Se les acusa de filmar en secreto y sin autorización encuentros sexuales e incluso violaciones hacia distintas mujeres, en su mayoría, idols debutantes o trainees; y compartirlos en grupos de chats privados.

Kang Kyung Yoon, periodista del canal surcoreano SBS, inicia la investigación que se remonta hasta 2015. Todo comienza en el club Burning Sun, situado en el glamuroso distrito de Seúl conocido como Gangnam, y donde Seungri trabajaba como promotor. Diversos videos que fueron filtrados a finales de febrero en las redes sociales y posteriormente en la prensa, muestran a personal de seguridad arrastrando a mujeres, algunas en notable estado ebrio, a salas VIP o fuera del establecimiento sin que nadie interviniese. Seungri también está siendo investigado por, presuntamente, arreglar servicios sexuales ilegales para inversores y otros altos cargos. De momento, todos los frentes de la investigación siguen abiertos y se espera que salpiquen a otras esferas, incluidas la política. Las últimas informaciones indican que la policía metropolitana de Seúl ha abierto expediente a 103 personas, la mayoría por consumo y distribución de drogas. Entre dichas drogas se encontraría el Ácido γ-hidroxibutírico (GHB), que produce la pérdida de la consciencia y es conocido por ser usado en casos de violación.

La dimensión del caso ha abierto varios debates en Corea, entre ellos se cuestiona la opacidad de una industria que, si bien mueve miles de millones de dólares al año, parece creerse intocable. Nada más lejos de la realidad. Por otro lado, la ciudadanía se está sensibilizando ante los abusos de las agencias contra los idols, pidiendo una mayor protección tanto en el ámbito de la salud mental como en la denuncia del acoso a las mujeres que trabajan en la industria.  Si bien es cierto que el horizonte parece alentador, es solo el primer paso. Nadie sabe qué relevancia tomará el caso ni si marcará un precedente para que las historias de Jang Ja-yeon, U;Nee y Kim Jong-hyun no vuelvan a repetirse.

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