La magia está en el Norte

Carlota Martínez//

Saco la ropa de invierno, esa que ni siquiera me pongo durante los días más fríos en mi ciudad. Preparo las botas y los calcetines gordos, saco ese gorro con la bufanda a juego navideña que solo uso el día de Navidad, y me preparo para volver a un lugar que cobra vida en estas fechas: Karlsruhe, Alemania.

No es la ciudad más conocida, muchos alemanes ni siquiera la visitan a lo largo de sus vidas. Sin embargo, sí es una de las más especiales del país. A muchos les sonará por haberla visto en las listas de destinos Erasmus, y es que lidera los puestos en materia de investigación y tecnología de Alemania y Europa. Otros, por el contrario, la habrán visto en numerosas ocasiones por la televisión, ya que es la sede de los tribunales superiores del país.

Pero eso no es lo que la hace especial. Karlsruhe reúne una gran historia que mucho tiene que ver con su cartografía. Su fundador, Carlos Guillermo de Baden-Durlach, soñaba con construir su residencia en el centro de la ciudad, de forma que las calles de esta irradiaran a su alrededor. Por esto, es conocida como Fächerstadt o “ciudad abanico”, ya que, desde cualquier calle céntrica de la ciudad, se puede ver de fondo su imperioso castillo.

La parte trasera está rodeada por el bosque Hardtwald, el pulmón de la ciudad. Sus calles invitan a maravillosos paseos en cualquier época del año, aunque especialmente en verano, se llenan de jóvenes bebiendo cerveza y disfrutando del buen tiempo. En invierno el bosque se tiñe de blanco y por sus calles corre fuerte el aire que congela a todos aquellos que van y vienen con sus bicicletas, uno de los medios de transporte preferidos del país.

El bosque Hardtwald rodea la parte trasera de Karlsruhe
El bosque Hardtwald rodea la parte trasera de Karlsruhe.

Sin embargo, y a pesar del mal tiempo en estas fechas, los alemanes son expertos en convertir uno de los meses más fríos del año, en un mes lleno de colores, aromas, música y, sobre todo, del mayor espíritu navideño. Sí. Parece mentira que sean los más “serios” de Europa, los que se encarguen de devolvernos la ilusión durante estos días.

Para vivirlo, tan solo hay que viajar a cualquier ciudad alemana y disfrutar de sus Weihnachtsmärkte o mercadillos de Navidad. Casi todos cuentan con los mismos elementos básicos, pero, tras haber visitado muchos, he de decir que el de Karlsruhe es uno de los más especiales.

Situado en la Fiedrichsplatz, una plaza que une dos de las calles radiales con vistas al castillo, cuenta con cientos de casetas que venden toda clase de productos. Nada más poner un pie sobre él, nos adentramos en un mundo paralelo. Las calles grises y frías quedan atrás y se convierten en pequeños caminos con cientos de colores donde el frío, a pesar de ser el mismo, parece haber desaparecido.

Quizás el culpable de ello sea el popular Glühwein, un vino caliente que se cocina con vino tinto, clavo de olor, cáscaras naranja, zumo de limón, anís y azúcar. Existe en diferentes versiones, por ejemplo, con vino blanco o con licores, y cada uno de ellos recibe nombres tan peculiares como “heisse Liebe”, que significa “amor caliente” y contiene vodka con té de frambuesa y vainilla o “roter Teufel”, que quiere decir “demonio rojo” y contiene un licor especial de la Selva Negra. Es más, incluso existe la versión sin alcohol para los más pequeños.

Y, aunque beber sí sea un propósito para ir al mercadillo, no podemos dejar de lado las miles de casetas que existen dedicadas a la gastronomía. Y, ya que estamos en Alemania, cómo no probar su tradicional Bratwurst, que viene servida en un panecillo al que podemos añadir diferentes salsas. Procuren probarla con Senf, pocos alemanes conciben comerla sin ella: la mostaza.

Una de las miles de casetas dedicadas a la gastronomía en Karlsruhe
Una de las miles de casetas dedicadas a la gastronomía en Karlsruhe.

Si, por el contrario, prefieren comer otra cosa, no se preocupen, ya que podrán disfrutar de las ricas Flammkuchen, muy típicas en la región y con diferentes ingredientes. Si prefieren ir a lo seguro, podrán complacerse con unos churros con chocolate. Eso sí, si se deciden por esta última opción, prepárense para pagar hasta 2€ por churro que, además, no está tan bueno como en España.

Pero si por algo se llaman mercadillos es por la gran variedad de puestos que hay para comprar. Jabones, bisutería, utensilios de cocina, ropa, souvenirs todo lo que se puedan imaginar. De todos ellos, los más especiales son los que venden adornos de Navidad. En ellos podrán encontrar desde pequeños carruseles que se mueven con el calor de las velas, hasta muñecos de madera que contienen incienso dentro y lo sueltan por la boca simulando que fuman. 

Las opciones son tan diversas que el mercadillo reúne a familias con niños, grupos de amigos, gente joven, estudiantes e incluso compañeros de trabajo, con los que es tradición acudir a ellos. Todos parecen divertirse. Están felices. No sé si son los efectos del Glühwein o es que, de verdad, la magia de la Navidad está allí. La mayoría pensarán que es lo primero, pero créanme, una vez que lo visiten y miren a su alrededor, entenderán por qué lo digo.

Son las siete de la tarde y, de pronto, una voz grave anuncia su llegada al mercadillo. Se dirige a todos los visitantes y asegura que, si no nos portamos bien, no tendremos regalos de Navidad. Sí. Es Papá Noel, que con sus renos y montado en el trineo, sobrevuela el mercadillo mientras saluda a todos los que estamos abajo. Durante unos minutos, vuelvo a creer en la magia.

Tras la visita del Weihnachtsmann, el “hombre de la Navidad”, es hora de que los más pequeños regresen a casa para dormir e ir al cole al día siguiente. El resto podrá disfrutar del mercadillo hasta las nueve de la noche entre semana y las diez en fin de semana. Y, a pesar de su temprano cierre, es el inicio de una noche de fiesta para muchos jóvenes.

Los Weihnachtsmärkte son una ocasión perfecta para reunirse, pasar un rato con los más queridos y disfrutar de un Glühwein calentito que nos protege del frío del Norte. También es una ocasión perfecta para realizar las compras navideñas y, ¿por qué no? También para probar las diferentes comidas del mundo. Los mercadillos son, en definitiva, una ocasión perfecta para volver a vivir la Navidad, ya que, recuerden: la magia está allí, en el Norte.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *