La rumorosa (Segunda Parte)

Fernando Domínguez Pozos//

En los años sesenta del siglo XX, José Alfredo Jiménez escribió el corrido del caballo blanco, en el que a través de sus estrofas relata el singular camino que recorrió desde la ciudad de Guadalajara, Jalisco (occidente de México) hasta el Puerto de Ensenada, en Baja California (noroeste de México). En la letra escrita por el icónico cantautor mexicano narra cómo al pasar por Mexicali el “caballo blanco” sentía que moría, pero aun así logró subir paso a paso por la Rumorosa y llegar hasta la ciudad de Tijuana, considerada la última frontera de México.

La Rumorosa, como una musa natural, ha sido objeto de relatos en distintas canciones como el corrido de José Alfredo (incluso llevado al cine “El caballo blanco”), así como de inspiraciones más contemporáneas y de géneros musicales diversos, desde el rock con bandas como Niños Héroes hasta géneros regionales del norte de México, como la música sierreña y “Los Honorables”, quienes junto a Carin León han sonado fuertemente con “La boda del huitlacoche”  . Y, es que los 20 kilómetros de esta singular carretera inspiran en sus visitantes emociones y sensaciones que despiertan su altitud, así como las monumentales piedras que delimitan la pista del tramo que divide la península bajacaliforniana con el resto del país. 

Estatua de un jinete a caballo homenaje a la corrida "Caballo Blanco" de José Alfredo Jiménez

La magnitud y dimensiones de las piedras que kilómetro a kilómetro reposan en La Rumorosa asemejan a las extremidades de gigantes que parecen estar en un sueño profundo y, que en el momento que decidan despertar, tomarán cada extremo de esta autopista para convertir -finalmente- a la península en una enigmática isla. Tal vez la capital mundial del OVNI, es en realidad un pequeño hogar para gigantes, elfos, faunos, hadas y demás criaturas fantásticas que han protegido y resguardado por siglos una zona abrazada por el Océano Pacífico, iluminada por atardeceres espectaculares y resguardada por montañas que entregan un ecosistema único.

Continuando con esta alegoría, podemos encontrar al comienzo del descenso de La Rumorosa, un letrero que parece haber sido colocado tímida pero estratégicamente, por alguna de estas criaturas fantásticas que habitan en la región y que dice: “Casa de Piedra”. Se trata de un hogar con una entrada enigmática, sin anfitrión, pero abierto de par en par con un camino peatonal y vehicular que lleva a los aventureros a una casa, sin cimientos, sin paredes, sin ventanas y mucho menos con mobiliario, pero a la que todos son atraídos por lo desconocido. Aquí te encuentras con grupos de amigos, familias enteras, parejas, locales y visitantes que ven en cada una de las monumentales piedras que ahí se alojan el reto de subir a ellas, como si fueran las escaleras que te llevan a esa casa, donde algún gigante reposa y observa la inmensidad de las montañas y valles. 

Cartel de la Casa de Piedra

Tal como cada uno de estos aventureros, este cronista y un grupo amigos decidimos ir en la búsqueda de ese anfitrión misterioso, sin el equipo necesario, sino más bien con la emoción a flor de piel, ingresamos pequeños y grandes en unas grutas donde los rayos del sol parecen resguardarse del gélido clima, subimos por piedras, por donde no se podía escalar y atravesamos huecos en los que racionalmente no deberíamos de pasar; sin embargo, esta invasión al hogar de un desconocido es repetida por cada grupo que va arribando al lugar. Desencantados por la ausencia del anfitrión, pero recompensados por la experiencia, el esfuerzo y la vista, la visita a la Casa de Piedra, es una experiencia de un mundo alterno, donde enanos, humanos y elfos atraviesan montañas con rumbo a lo desconocido. 

Esta región es resguardada por un animal que, por sus rasgos y belleza, bien podría ser considerado como mítico, el borrego cimarrón. Entre las inmensas rocas de las montañas y, generalmente en grupo, el cimarrón observa a quienes atraviesan La Rumorosa, son pocas las personas que han logrado verlos, algunas afirman que han podido tocarlos, pero la realidad es que este fantástico animal es parte de este mundo alterno, donde cimarrones y cóndores resguardan lo que asemeja un sitio sagrado. Precisamente un cóndor resguarda uno de los múltiples miradores que en silencio esperan a quienes descienden de sus caballos blancos, negros o de otros colores, tal como José Alfredo lo hiciera en otro siglo, con otro motivo, pero con las mismas emociones. 

Estatua de un cóndor al lado de un letrero de La Rumorosa incrustrado en una pieda

El mirador del Cóndor, se resalta por el monumento a esta emblemática ave, propia de las regiones de montañas altas. Con sus alas extendidas, en señal de pronto emprender el vuelo, el cóndor parece a la vez abrazar a visitantes, quienes pueden observar que detrás de esta emblemática ave, y justo frente a una solitaria piedra que se acompaña del nombre Rumorosa, tienen una de las vistas más espectaculares del valle. Mientras nuestra estadía pasaba por este lugar, un grupo de pequeños amigos, deciden que es el momento, lugar y tiempo perfecto de entrelazar sus brazos, de entregarse a la inmensidad de las montañas y tal vez dialogar con esas criaturas fantásticas que con ellos y ellas sí deciden presentarse. 

Niños sentados juntos observando las montañas

El camino aún no acaba, los miradores continúan, la inmensidad de las piedras no deja de ser asombrosa y el atardecer va llegando, por lo que el trayecto sólo tiene dos opciones, finalizar la bajada de La Rumorosa para encaminarse hacia el Valle de Mexicali y posteriormente al resto del país o, retornar hacia el camino que -nuevamente- atraviesa montañas y piedras, que te reincorpora al espacio donde gigantes soplan enormes molinos de viento de color blanco (aerogenadores), obteniendo parte de la energía que sólo en este lugar es viable sentir. 

Al caer el atardecer los jinetes modernos retoman sus caballos blancos, ascienden al unísono que el sol se oculta, los molinos parecen despedirlos, mientras que borregos cimarrones, cóndores, gigantes de piedra y criaturas que habitan en la inmensidad de La Rumorosa, aún caminan por rutas y caminos que otro viaje y otra aventura tal vez nos permita encontrar. 


No te pierdas otras piezas de nuestro colaborador Fernando Domínguez Pozos en la sección «El Otro México»

  

 

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