Líos

Blanca Ramos Cordón//

La he liado. Ese es el mensaje que recibieron mis amigas. Mensaje que supuso una alerta para todas ellas y una reunión de urgencia en el Montaditos. Hacía una tarde de calor. O al menos, así sentía yo la tarde: acalorada.
  • ¿Qué ha pasado? – pregunta una de mis amigas 
  • Me he liado con otro – respondo nerviosa
  • ¿Y cuál es el problema? – pregunta perpleja
  • Siento que le he puesto los cuernos

Llevo quedando un año con un chaval. Es un rollo de lo que yo llamo “idas y venidas”. Más venidas que idas, en verdad. Nunca hemos afrontado con claridad qué somos. Me ha dicho que preferiría que “ninguno de los dos nos liásemos con nadie más”. En efecto. Eso me ha pedido.

El creador de esta situación tan cómoda -o como lo llaman mis amigas: este ser- ha decidido no decirme si se ve en un futuro en una relación conmigo o no. Dice que prefiere “fluir, pero que no me lie con nadie más”. Solemos quedar una vez a la semana y hacemos todo tipo de planes, hasta ir a cenar. Por supuesto, él jamás cambia sus planes para cuadrar el encuentro. Es un alma muy caritativa, como intuirás. 

Ahora me encuentro en la situación perfecta. En la que todos querríamos estar. Ese tipo de relación en la que alguien parece tu pareja -a veces y cuando le interesa-, pero no lo es… Esa situación en la que cuando alguien te pregunta qué sois, te ríes -por no llorar- y respondes con una media sonrisa “somos follamigos”.  

El término “fluir” es muy ambiguo y su uso es más inteligente de lo que parece. Puede dejarte claro lo que la otra persona busca y a la vez no. Es libre de interpretación. Con esta libertad siempre hay alguien que gana y alguien que pierde.

El miedo al compromiso inunda muchas de nuestras mentes y frases que antes podían significar un claro “no quiero nada serio contigo”, ahora dejan un vacío legal para la interpretación de cada uno. Resulta que ahora un “quiero ir viendo qué pasa entre nosotros” puede significar un simple “me gustas, pero tengo miedo a comprometerme, por ahora”. Algo que deja un claro ápice de esperanza e incertidumbre por no entender por qué la otra persona es incapaz de comprometerse contigo.

¿Debería quedarme y esperar, o debería irme? ¿Realmente está confundido o me está vendiendo la moto? El no entender qué pasa me carcome por dentro. O no. Hay una infinitud de personas -muy agudas- que aprovechan estos vacíos legales para hacer lo que les plazca. Pero ¿y quienes no saben aprovecharlos? Al final, somos los ilusos de turno los que perdemos.

Preguntar qué sucede o salir corriendo. Solo encuentro esas dos opciones. Entonces, ¿qué hago? ¿Aceptamos la idea de no liarnos con nadie más o pregunto? Estas mil y una preguntas son las que me hago rizando el rizo. Y todo empeora al no atreverme a preguntar en qué situación se encuentra el vínculo por si la otra persona “se agobia”. ¡Cómo si fuese difícil responder a tan simple pregunta! 

Muchos me recalcaran mi falta de responsabilidad afectiva por haber hecho algo “que no debía”, pero mayor falta de responsabilidad tiene él por no dejarme claro qué somos. ¿Desde cuándo las personas damos algo sin saber qué hay que dar? Como dice mi abuela, “terreno sin título, no tiene dueño”. 

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