En el momento adecuado

Texto: Juan Sánchez Alconada//

Marcharse en el momento adecuado. Ni más ni menos. Marcharse de una situación, de una relación, de un lugar. Y acertar. Y no solo acertar yéndote. Acertar el momento en el que irse. Resulta complicado. Porque a veces hay que esperar más de lo que nos gustaría. Porque a veces hay que irse antes de lo esperado. Porque muchas veces se espera para nada. No se obtiene recompensa. Y sólo tras la espera descubrimos que el momento adecuado para marcharse fue tiempo atrás. Porque otras muchas veces nos aferramos a los momentos, las relaciones o los lugares en los que nos sentimos a gusto. Nos aferramos tanto que sólo nos damos cuenta de que nos hemos aferrado demasiado cuando ya es tarde para remediarlo.

Nos resulta complicado decir adiós. Quizá porque no es fácil acertar con la despedida. No sabemos si la formulación correcta es un ‘hasta luego’, un ‘hasta mañana’ o un ‘hasta nunca’. Ante la incertidumbre, solemos recurrir al optimismo. Aparte un ‘hasta nunca’ puede sonar grosero. Por dos motivos: o bien no queremos volver a ver a esa persona, o bien estamos presuponiendo su muerte. Lo dicho, no es agradable ni sencillo pasar por una despedida. Y, en general, no parecemos estar hechos para afrontarlas. En mi caso, siempre trataba de marcharme -parafraseando a Silvio Rodríguez- con la palabra precisa, la sonrisa perfecta. En busca de un broche final que coronará la situación. En cambio, últimamente, no rezo por acertar con las palabras, sino con el momento de despedida.

Saber cuándo marcharse es una virtud que, creo yo, te aporta la experiencia. Toda la experiencia que puede tener un chaval de 22 años. No verse en la necesidad de quedarse hasta las tantas por miedo a no presenciar un acontecimiento que aparecerá en anécdotas de tus amigos durante años. No sentirse mal por desaparecer de una situación, de una relación o de un lugar donde no te sientes cómodo. No echarse en cara a uno mismo el marcharse de allí, aunque el resto siguiera disfrutando y tú no lo estuvieras haciendo.

En otras ocasiones, sin embargo, acertar el momento no es virtud, sino fortuna. Hace ahora dos meses que regresé de mi Erasmus en Colonia. Una experiencia enriquecedora a varios niveles. Estoy convencido de que casi cualquiera que lo haya vivido coincidirá conmigo. No obstante, no pretendo ser el típico pesado al cual el Erasmus le ha cambiado la vida y ahora basa su existencia en insistir al resto de universitarios que se embarquen en esa aventura para que vivan lo que él vivió. Tampoco quiero que se me enfade este tipo de persona. Hay que quererlos cómo son, y sólo quieren mantener encendida en otros la llama que en ellos se apagó con el regreso a la casa de sus padres. Estos individuos presentan, en mi opinión, un defecto en su discurso: sólo parecen acordarse de los buenos momentos. Que los hay. Y muchos. Y, por suerte, son una amplia mayoría en comparación con los malos. Pero no hay que omitir estos últimos. Porque son, incluso, más importantes que los buenos. 

En un Erasmus hay tiempo para todo. Al principio da tiempo a llorar, a echar de menos, a comprender y apreciar qué y a quién dejabas atrás por unos meses. Luego da tiempo a reconstruirte, a echarle huevos, a sobreponerte a la situación y a la soledad inicial. Da tiempo a convivir con personas que no hablan tu idioma, que no tienen tus gustos y que ni siquiera tienen por qué ser de tu agrado. Da tiempo a aprender dónde comprar unas simples sábanas en una ciudad y un país nuevo para ti -porque ni eso tiene la habitación-, cuáles son las mejores ofertas y los mejores productos en un supermercado o cómo decir ‘con tarjeta, por favor’ para no parecer mudo, desagradable o un mimo. Mirad si da tiempo a cosas que todo ello sucede en un par de días.

Aún así, esos momentos -malos, en un principio- te ayudan a ser más independiente y te permiten valorar mucho más todo lo bueno que viene después. Porque durante cinco meses tienes la oportunidad de empezar de cero. Y en cinco meses hay tiempo para todo, pero, a la par, ese tiempo se pasa volando. Y no te queda más remedio que aprovechar. Aprovechar para conocer y practicar un lenguaje desconocido, aprovechar para descubrir gente nueva y maravillosa, aprovechar para estar todo el día en la calle menos cuando llueve o hace -8º -porque estamos en Alemania- y aprovechar para viajar y recorrer media Europa. 

Y justo cuando vas a llegar al final del trayecto, y empiezas a plantearte si de verdad en cinco meses da tiempo para todo o deberías haberte quedado un año entero, te paras a pensar. Y piensas que esa habitación fría y desolada -aunque te haya costado admitirlo- se ha convertido en tu casa, piensas en las personas que has conocido y has tenido el placer de disfrutar día tras día, piensas en las noches de fiesta, piensas en las noches durmiendo en un bus, piensas en aquel viaje por Bélgica o por Budapest, piensas en el cotidiano trayecto en tranvía… pero también piensas en tus padres, en tus abuelos, en tu novia, en tus amigos del barrio, en tu pincho de tortilla, en tu café a 1’50€… Y entonces te das cuenta. Te das cuenta de que, a pesar de lo que has disfrutado, has aprendido y has crecido, es el momento adecuado para marcharse.

 

 

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