La selva del machismo maltés

Cristina Morte//

El machismo es amplio y frondoso como una selva. Lo puedes encontrar en cualquier lado del mundo. Nostras lo encontramos en Malta.

Malta es una selva. Quizás –más bien, una pseudoselva–. Una selva como muchas de las existentes en el mundo.  No es de las peores, pero te lleva al límite. Sorprende porque su machismo es reiterativo. Agobiante, cansina, predecible e irrespetuosa. Está repleta de animales que actúan siguiendo la ley del más fuerte –o al menos del que cree serlo–. Siempre en grupo porque ya se sabe que la soledad acobarda. Siempre de noche porque ya se sabe que la oscuridad envalentona. Pero ¿solo de noche? Ilusas de nosotras. Eso creíamos. La selva nunca duerme.

Ya nos advirtieron como siempre se advierte a las chicas en esto del machismo. Resulta estúpido enseñar a las víctimas a defenderse y no al agresor a no agredir. Pero eso es otro tema.  “Salid siempre todas juntas” o “Intentad hacer grupos de amigos chicos que así no os molestarán”. Solo teníamos que tener un hombre al lado porque así el respeto que se profesan entre ellos sería extensible a nosotras también. Parecía que estábamos a punto de embarcarnos en una exploración selvática para la que no llevábamos el equipaje adecuado. Éramos cinco. Aunque representábamos a muchas más. Cinco chicas jóvenes sin ningún varón que nos protegiera. ¡Qué osadas!

Hace mucho tiempo que ellos se creen los reyes de la selva. Aquí y en cualquier otro lado. Nos miran. Se miran. Nos vuelven a mirar y optan por aplaudirnos, silbarnos y gritarnos piropos ininteligibles. Somos la presa fácil. Ellos depredadores y nosotras carne fresca. Solo eso. No ven más allá porque no son capaces. Que el hombre proviene del mono es una realidad, pero pobre Darwin. Si viera en lo que hemos evolucionado… Creen que nos halagan, ¿cómo no iban a hacerlo? si están alabando nuestro físico. Si solo es un piropo. Si solo quieren alegrarnos el día. Nosotras –exageradas- les insultamos. Porque nos hacen rabiar, incomodarnos, asquearnos y avergonzarnos. Porque no saben que el costumbrismo rancio y casposo de los piropos callejeros nos da asco. Ellos siguen con su táctica esperando que algún día les funcione. Ignorantes.

Creen que mejoran nuestra autoestima. Piensan en nosotras, ¡que atentos! No os engañéis, solo quieren alimentar su ego.  Y ¿qué mejor forma de hacerlo que piropear a las chicas subidos en un coche? Ninguna. Silban, lanzan besos y emiten chasquidos para que los miremos. Solo carne. Solo cuerpo. Solo objetos. Insultamos y ellos lo hacen más fuerte. Que desconsideradas, les hemos ofendido. Si solo nos estaban halagando. Su divertimiento parece acabar en el momento en el que erguimos nuestro dedo corazón. Aceleran y se pierden en la carretera. ¿Batalla ganada? Ya nos gustaría.

Parece que nunca se puede escapar de la selva, a no ser que vayas con un hombre. Sea donde sea. No importa. Cualquier sitio es bueno para hacerte sentir como un trozo de carne: la playa, el transporte público, las calles peatonales, las callejuelas, los lugares de interés turístico o los restaurantes.  En Malta hay una zona –aún peor que las demás- en la que el acoso porque SÍ es acosose vuelve continuo, agotador y deleznable. En Paceville cada día se produce una cacería. Dos “gentlemen’s club” y unas cuantas prostitutas nos dan la bienvenida a “la mejor fiesta de Europa”. Notamos miradas: ellos con deseo, nosotras con asco. Me confunden con una puta por la que pagarían 60 euros. “¿Qué poco no?”, me cachondeo.

Paceville (Malta)
Zona de Paceville en Malta

Van en manada, pero nosotras también. Pasan por nuestro lado y nos revuelven el pelo. Creyéndose con el derecho de tocarnos. Ponen su mano en nuestra cintura para poder pasar por un espacio inmenso. Creyéndose con el derecho de tocarnos. Se colocan detrás nuestro para no perderse detalle de nuestro baile que, por supuesto, es para seducirles. Nos agarran del brazo para bailar. Creyéndose con el derecho de tocarnos. Decimos que no, pero en realidad es un sí. Se interponen en nuestro camino e invaden nuestro espacio vital. Pero, no nos engañemos, los insultos y los empujones son un farol. Queremos ligar con ellos, si no ¿qué hacemos aquí?, ¿por qué bailamos de esa manera?, ¿por qué llevamos escote y falda corta? Sí, chicos, habéis acertado, todos nuestros actos se resumen en una palabra: vosotros. Nosotras, nuestras hermanas, amigas, primas, compañeras o madres. La chica que regresa sola un día a casa con temor. La que es violada y puesta en duda porque rehace su vida. La guarra, la mojigata, la empollona o la friki. En Malta o en la otra punta de Europa. Todas actuamos para vosotros.

Luchar contra las bestias cansa, pero ellas tan empáticas y consideradas nos darán a las mujeres la oportunidad de seguir perfeccionando nuestra técnica de defensa. El problema lo tenemos nosotras. ¡Qué exageradas somos! Menudo carácter, si parece que tenemos la regla todos los días. Si solo nos piropean. Si solo nos alegran los días. Si solo nos halagan. Si solo dan el primer paso porque nosotras no nos atrevemos. Si solo nos dicen palabras bonitas. La selva maltesa nunca duerme. Y el machismo tampoco.

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