La tapa del wáter
He comprado una tapa del wáter muy muy vistosa. Rojo brillante según el catálogo de Amazon. Aunque no sé si llegaré a verla y depositar mis posaderas en semejante tapa alegre y colorida. Se me está poniendo difícil. La compré, la pagué y supuestamente llegaría en dos días a casa. Pero no llega. Así que llevo días superatenta, a la espera, por si viene el repartidor.
De pronto, esta mañana suena el timbre. Bajo corriendo las escaleras pero, nada, no era mi preciosa tapa del wáter sino un encargo (un triciclo superstar) para mi vecina Mari Bego. Frustrada, me subo a casa y pienso que vendrán más tarde. Vuelvo a oír el timbre. Nueva confusión: más compras de Mari Bego. ¡No le deben de caber ya más cosas nuevas en el adosado! Tienen la casa como un bazar pop, incluida una piscina portátil con jacuzzi de burbujas en el jardín. Y mi tapa del wáter sin llegar. Me muero de envidia.
La repartidora de la zona dice que ella no sabe nada de mi tapa. Es una mujer seca, de piel áspera. Creo que es rumana. Y, aunque no es muy mayor, lo parece. Qué tarea tan pesada con el calor que viene haciendo, la de ir de casa en casa con las compritas con las que calma su ansiedad consumista cada pequeña burguesa de baja estofa.
En fin, lo que yo quiero no es filosofar ni siquiera meterme con mi vecina. Lo que quiero es mi tapa del wáter rojo fosforito para imitar a Ágata Ruiz de la Prada.
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