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Píxeles y fantasía

Ana Obiol Fernández // @anaobi4

Llevo más de 10 minutos corriendo sin parar por las avenidas principales de Los Ángeles. Veo un coche de lujo, me acerco, abro la puerta y saco al conductor sin piedad. Arranco y atropello a todas las personas que se interponen en mi camino. Si veo que se levantan las vuelvo a atropellar. Cuando mueren sueltan unos billetes que recojo. Ya tengo el dinero necesario para entrar a la armería y comprarme un AK-47. Tengo unas ansias terribles de probarla. Nada más salir del establecimiento empiezo a disparar a quemarropa a todo el mundo.

— Ana, no voy a repetírtelo más veces, ven a la mesa. 

Oigo los cubiertos chocando con los platos, largo un gran suspiro porque lo único que quiero hacer es seguir jugando. Estoy tan sumergida en los píxeles de una pantalla que ni siquiera me acuerdo de que los humanos tenemos que comer para sobrevivir. Como rápido y recibo una bronca por no ir a buscar el postre, ya vuelvo a estar sentada delante del escritorio de mi hermano.

Aarón y yo nos llevamos 10 años. Él nació en 1993, yo en 2003. Cuando él tenía 10 años le regalaron la Nintendo 64, una videoconsola que en aquel entonces no todo el mundo podía tener. Mi hermano tardó poco en introducirme en este mundo. Han pasado más de 15 años y lo recuerdo como si fuera ayer. Me costaba muchísimo coger el mando de la Nintendo porque tenía tres partes salientes y yo solo era una niña con unas manitas chiquititas. A lo largo de la historia las chicas han crecido siempre con muñecas; yo era la oveja negra del rebaño. Rechacé una Nancy que me regaló mi abuelo, tampoco me gustaba vestir con faldas. Solo quería cosas de “chicos”, como jugar con la Nintendo y los Playmobils. 

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Somos una familia de Mequinenza, un pueblo donde la actividad minera fue la fuente económica de muchos hogares hasta 2014. Mi padre y mi madre trabajaban juntos en la panadería familiar, no íbamos sobrados de dinero. Sin embargo, en 2004 mejoramos: mi padre empezó su carrera de minero. Tener un ordenador en casa no era lo más común en aquel entonces, pero mi padre pudo darnos ese capricho. Algunos pensarán que en mi casa empezaba a digitalizarse toda la documentación y que por eso necesitábamos ese aparato, pero la verdad es que lo que más se ejecutaba en ese ordenador eran los videojuegos que le compraban a mi hermano.

Aarón era un apasionado de las maquinitas, todavía las sigue guardando como si fueran reliquias. Además, siempre he pensado que está obsesionado con el fútbol. Siguió la misma trayectoria que mi padre y mi abuelo; partido de fútbol cada fin de semana y máxima expectación en casa los días de Liga BBVA y Champions League. Yo también tomé ese camino, pero prefería patear un balón en la videoconsola. Aarón tenía cada año aquella nueva edición del PES, el videojuego por excelencia de fútbol junto al FIFA. Podíamos estar horas y horas jugando juntos, el uno contra el otro. En mi casa somos culés, así que yo siempre intentaba quedarme con el Barça. Por mucho que ese juego simulara la realidad, los resultados nunca se distanciaban de lo que realmente ocurría; Aarón 8, Ana 0. 

Un día mi hermano llegó con un juego nuevo para el ordenador, ya daba por hecho que yo también tenía que probarlo. Hablo del GTA San Andreas, uno de los pioneros de la categoría +18. Era un título que se lanzó en 2004, colapsó el mercado y sigue siendo uno de los más vendidos de la historia. Lo normal en este juego es matar, atropellar y pasar droga. Un niño que ni siquiera alcanzaba los 15 años de edad dejaba que una niña de 5 jugara a un juego de esta índole. 

Me encantaba. Es, sin duda alguna, el juego al que más horas le he dedicado en mi vida.  Nadie imaginaba que esa niña tan mona y dulce en el colegio estuviera inmersa en un mundo donde lo principal era matar. Lo hacía sin compasión. Nunca me impactó nada. ¿Había que dispararle en la cabeza a un policía desde la azotea? Lo hacía y con mejor precisión que nadie. Eso sí, nunca entré en los prostíbulos y tampoco accedía a citas con el personaje principal porque mis padres cuando veíamos la tele y había alguna escena erótica me tapaban los ojos. Mi cabeza había captado que eso no era bueno. Tardé poco en tener más horas jugadas que mi hermano, quien ya empezó a ver desde muy temprano que ese ordenador iba a tener nombre y apellidos. 

Al volver del colegio solo quería sentarme delante del escritorio, pero no para estudiar, sino para jugar a lo que fuera. Nunca he considerado que los videojuegos me robaran tiempo, de hecho, pienso lo contrario. Fueron una vía de escape para una niña que vivía en una casa que sufrió la crisis económica del 2008. Durante la segunda década de los 2000 muchas minas de carbón en España cerraron. Una de ellas era en la que trabajaba mi padre. Los videojuegos me ayudaban a evadir conversaciones en mi casa que eran reales pero que una niña de apenas 10 años no quería escuchar. 

Todo lo que sé de inglés es gracias a los videojuegos. También conocí amistades virtuales con las que me reía horas y horas sin parar. Incluso me hice fan de las cámaras gracias a ello. Cuando llegaba el verano la mayoría de mis amigos se iban de campamento; yo pasaba. Prefería ir a la piscina con mi madre y al llegar a casa merendar mi bocadillo de Nocilla y ponerme a jugar al ordenador. 

Y así pasaba mis tardes, entre píxeles y fantasías. En el ordenador todo podía resolverse con el teclado y clics. Existen muy pocas preocupaciones en la inocencia de una niña; a mí solo me interesaba lo que sucedía al otro lado de la pantalla. Mejor que se preocupara otro por lo que pasaba en el mundo real y si hacía algo mal que me echaran la bronca y me castigaran. Yo vivía en un mundo en el que no había reglas ni consecuencias, solo el siguiente nivel. Uno no se da cuenta de lo que tiene hasta que lo pierde. Ya no soy tan friki, o eso piensa la gente por no verme delante de la pantalla las mismas horas que antes, porque si fuera por mí, volvería a ser pequeña mil y una veces.

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