Lecciones de teatro: el latido de tus palabras

Gloria Serrano//

Música, teatro, danza, cine, exposiciones. El Centro Cultural Conde Duque se dedica a mostrar eso que llamamos cultura y que, a menudo, consideramos poco útil, mero entretenimiento, la información de relleno en las páginas de los diarios, la que nunca aparece en primera plana salvo que un escritor gane el Cervantes, el Nobel o haya muerto. Como ocio, la etiquetan algunos. Sin embargo, es mucho, mucho más que un ornamento y, quizás, la balsa para salvarnos de la tormenta —de este desasosiego— que Steve Tesich, Ralph Keyes y David Roberts han definido como posverdad.

“Con calma, tranquila”; “Levanta la columna, cambia, cambia de posición, prueba otra”; “Más fuerte, pero no grites el texto”; “A ver, todavía no sientes tristeza. No es enojo lo que sientes, es tristeza”; “No ensayes para la gente, hazlo para ti”; “Venga, vamos a equivocarnos”; “Hazlo para ti”.

Esto es un ensayo. Un ensayo de estudiantes —de aprendices de actuación— abierto al público que se desarrolla en el Centro Cultural Conde Duque de Madrid. Son fragmentos de dos puestas: Platonov, de Antón Chéjov, y Yerma, de Federico García Lorca. La dirección y la dramaturgia son de Juan Carlos Corazza, un hombre que al hablar se expresa en modo maestro, en modo padre, en modo amigo, en modo acompañante. Instintivamente en modo de cincelar.

[En la sala llena se escucha música de violín y coros bajos a capela].

“La vida se ha vuelto gris, aburrida y perezosa”, dice uno de los personajes de la obra escrita a finales del siglo XIX que retrata con agudeza el momento —la depresión, el miedo, la crisis— que vivimos en el novísimo siglo XXI.

Esto es un ensayo. Un ensayo con veintidós actores en escena, once hombres y once mujeres. Chicos y chicas que se dejan esculpir, que exponen su vulnerabilidad mientras interpretan, que repiten: una, dos, tres, cuatro veces la misma línea de maneras diversas. Que intercalan sus voces, que las mezclan en concentración total para intervenir en el instante preciso y continuar con el parlamento de su compañero. Que vibran y hacen vibrar.

“¿Alguna vez has guardado entre las manos a un pajarito vivo? Pues es lo mismo”, le dice una amiga a Yerma para explicar qué se siente al estar embarazada, al llevar un hijo en el vientre.

Esto es un ensayo. Un ensayo que termina con minutos de conversación entre los actores y los asistentes. Alguien comenta que se trató de un ejercicio de humildad. Alguien, que hubo momentos en los que se le salieron las lágrimas. Alguien, que la vida consiste en buscar, buscar, buscar hasta encontrar. Que solo buscando se encuentra y ellos lo hicieron: encontrar, encontrarse con su personaje. Alguien, que solo equivocándose se aprende. Alguien, que les desea un 2018 que transite del amor al odio y viceversa porque, precisamente, eso es el teatro.

[Aplaudimos hasta gastarnos los aplausos].

Juan Carlos Corazza concluye citando a Shakespeare, afirmando que “en estos tiempos de aislamiento, el teatro es una invitación para reunirnos. Y cuando la gente se reúne, cuando se junta, el mundo se transforma en un lugar mejor”. Así lo creo.

Conde Duque Madrid

En cierta ocasión escuché que el teatro es el único arte vivo que nos queda. También así lo creo. El teatro son lenguajes que suceden en simultáneo. Es manifestación, acto en presente, sístole y diástole, una danza colectiva capaz de seducir al que la observa. Son silencios acompañados, la humanidad con todo su brillo, con su juego paradójico de luces y sombras, de sinsentidos. Es la potencia que jamás podrá igualar ni superar la tecnología a la que ahora atribuimos capacidades humanas, que nos tiene al borde del éxtasis y de la automatización de las relaciones en todos los ámbitos —económico, político, social, laboral—. El nuevo becerro de oro para adorar ante el agotamiento de nuestras ilusiones en el capitalismo.

Si bien hablamos de una producción, el teatro es otra cosa distinta de un IPhone o del voyerismo que provocan un reality show o un video reduccionista de la vida que se hace viral en Facebook. El teatro es “tan infinitamente fascinante y accidental como la vida”, pensaba Arthur Miller.

Y esta vez, fue mi reencuentro con la cultura cuando conmueve —cuando altera, trastoca completamente las estructuras internas— y con las razones por las que estudié gestión cultural en un intento de comprender cómo debe comunicar una periodista la emoción que le provoca estar sentada en la butaca diez de la quinta fila para presenciar una obra que se titula El latido de tus palabras.

Como ellos, todavía sigo ensayando. Sigo insistiendo.

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