Muerte en la quinta posición

Texto: Blanca Usón. Ilustración: Andrea Gil//

“Ella Sutton era una artista consagrada en cuerpo y alma, pues cuando el cable se partió a diez metros de altura, guardó un silencio absoluto mientras caía en quinta posición al escenario, donde se estrelló estrepitosamente sin perder el ritmo”.

Después de una larga y nada satisfactoria búsqueda, la esperanza llamó a mi puerta. Un amigo de un tío de una amiga con la que aún mantengo el contacto había dado con el paradero del dichoso libro: Muerte en la quinta posición, una novela policiaca firmada por un tal Edgar Box -pseudónimo del célebre Gore Vidalque retrataba el oscuro submundo que reina entre las bambalinas de toda compañía de ballet que se precie. Amarilla, ajada y polvorienta, la misteriosa obra que sirvió de inspiración a Darren Aronofsky para llevar su criticado Cisne negro a la gran pantalla ya formaba parte de mi colección de mesilla de noche, esa que componen los textos que te mueres por leer pero que, llegado el final del día, son un potente somnífero de apenas unos párrafos.

Gore Vidal. Fuente: http://www.telegraph.co.uk/
Gore Vidal

Pasada la euforia inicial, y tras unas semanas dejando que el libro de Box se aclimatara a su nueva casa, me planté y me dispuse a leer con solemnidad mi antojo literario. Para mi sorpresa, en menos de tres días había devorado la novela y había sucumbido a una trama intrincada y apasionante que comenzaba con el asesinato de una brillante bailarina de la que no me había vuelto a acordar a lo largo de las 175 páginas que componen la obra. La finada en cuestión se llamaba Ella Sutton pero poco más sabía de ella, ¿o sí? Cogí el libro y volví a sentarme. Con la segunda lectura comencé a descubrir un camino de migas de pan que Gore Vidal había dejado oculto entre sus párrafos.

Detrás de esta novela, se ocultaba la historia de una joven desgraciada y luchadora que cegada por la pasión que sentía por el ballet y la fama se entregó al espectáculo hasta el punto de perder la vida por él. Una trágica existencia digna de un spin-off que bien podría asemejarse al que continúa bajo estas líneas, donde las ideas de Gore Vidal se diluyen con las de la lectora -en este caso-, dando lugar a una reconstrucción en la cual solo quien haya leído esta obra del más exigente género policiaco podrá dilucidar cuál fue la verdadera crónica de la vida y la muerte de Ella Sutton.

Y de la Sutton, ¿quién se acuerda?

Aunque durante una larga década Ella había asociado su pasado a una penosa infancia en Rusia donde respondía al popular apellido Demidovna y a un nombre que bien hubiese podido ser Anna –como el de la Pavlova–, todos los componentes del Gran Ballet de San Petersburgo sabían que mentía. Ni era rusa, ni había pasado hambre, ni jamás fue una de las estrellas del magnate del ballet Diaghilev, una época dorada en la que aseguraba haber corregido en un pas de deux al mismísimo Vaslav Nijisnky, a pesar de la falta de simultaneidad entre las fechas profesionales de ambos. La mitómana bailarina era en realidad de un pueblecito del estado de Pensilvania donde creció junto a sus padres sin mayores pretensiones que las de encontrar un buen esposo, una casa digna de su categoría social y, quizá, las de tener un par de niños rollizos que le felicitaran con dulzura el Día de la Madre.

Claro que, según crecía, las ilusiones infantiles que tanto agradaban a los progenitores empezaban a diluirse. Cada vez se daba más cuenta que no era como las demás. A Ella no le gustaba el rubito que volvía locas a todas pero tampoco ningún otro. Lo que más le gustaba después de ir a clases de ballet era pasar el tiempo con Amy, la vecina pecosa de enfrente, con quien adoraba hacer cualquier cosa que implicara estar juntas y sin testigos. ¿Qué hubiera pensado el resto si las hubiese visto robarse besos en la buhardilla de Amy y jurarse amor eterno mientras se tocaban con ternura adolescente? No habrían entendido nada, las habrían tachado de indecentes, de antiamericanas y lo que era peor, de homosexuales.Portada

Pero los secretos a los 16 no son fáciles de guardar. Amy le acabó contando a su prima Grace parte de sus encuentros con Ella, y esta, horrorizada ante la infamia, tuvo a bien dar parte a los padres de la afable pecosa, quienes negados a escuchar ni media explicación, se plantaron en casa de la bailarina y montaron un terrible escándalo en el que, además de hacer partícipes a todos los curiosos alertados por los alaridos, convencieron a los padres de Miller -aún le quedaban años para adoptar el apellido con el que moriría- de que la adolescente era una enferma que intentaba pervertir a las jóvenes con sus sucias ideas.

En menos de una semana, Ella Miller estaba en la calle, sin padres, sin casa y sin su Amy. Desconsolada y traicionada, la Miller, que era de armas tomar, decidió alejarse de su pueblo con el corazón roto e hizo autostop durante horas hasta que un caballero entrado en la cincuentena le ofreció llevarla hasta Nueva York, ciudad en la que vivía y regentaba un lujoso club nocturno donde los hombres hacían largas colas para soltar unos cuantos dólares a las bellezas que cada madrugada actuaban a ritmo de jazz para conocidos magnates de la ciudad. Durante el trayecto, Ella decidió que se uniría a esas bailarinas: era lo suficientemente guapa para encandilar a los viejos verdes que se arremolinaban junto al escenario y lo bastante lista para sacar partido a la situación. Solo tenía que esperar.

Corría el año 37 y ya había cumplido los 20. Era una de las estrellas del ‘Diamonds’ y cada noche conseguía una fortuna considerable gracias a las propinas de aquellos y aquellas que pagaban con billetes verdes las fantasías a las que la bailarina les llevaba con cada uno de sus movimientos de cadera. En una de esas veladas conoció a Jed Wilbur, un joven y ávido coreógrafo que trabajaba para la North American Ballet Company bajo las órdenes del gran genio ruso Alyosha Rudin. Wilbur comprobó que las habladurías eran ciertas y que la chica del espectáculo final era magnética. Era lo que necesitaban en la compañía, la pieza clave que les haría salir de la mediocridad. Fue el último espectáculo de Ella.

Después de un año de intensas clases técnicas, se alzó como estrella de una compañía que se disolvería para renacer como el Gran Ballet de San Petersburgo. Ahora, era amante de Rudin, quien le consentía los encuentros fortuitos con mujeres, y era la musa de Wilbur, quien además de su coreógrafo, era su mentor político. Con Jed, Ella entró en el Partido Comunista.

A la joven, sin embargo, no le interesaban mucho estas cuestiones, tampoco nada que no le ayudara a llegar a su meta profesional, y es que, en relación a su trabajo, era una verdadera artista: estaba dispuesta a cualquier cosa con tal de progresar y alzarse como la única protagonista del espectáculo. Claro que esta ambición pronto le llevó a perder el interés por Alyosha y como este se negaba a hacerla prosperar en la compañía tan pronto como ella deseaba, decidió abandonarle e irse con la persona más poderosa después del ruso: el director de orquesta, Miles Sutton.

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Ella llegó a su anhelo más querido: por fin era la prima ballerina de un moderno ballet llamado Eclipse que versionaba la clásica Giselle convirtiéndola en una continua orgía sobre el escenario. Pero, para su desgracia, ni era, ni sería la assoluta. Su fiel amigo Jed, aquel coreógrafo que la sacó de los clubes nocturnos y le enseñó los entresijos del buen ballet, odiaba en silencio a la que ya todos conocían como ‘la Sutton’ y no dejaría que sus sueños se cumplieran.

La bailarina no solo flirteaba con el amante de Jed, sino que impidió que este firmase un fantástico contrato con Broadway para producir un musical que le daría aún más fama cuando denunció su tendencia política ante la prensa. En los 50, pocas cosas había que vendiesen más ejemplares que una buena historia sobre las prácticas antiamericanas de un artista que, además, comulgaba con el comunismo. Ella había llevado a cabo una jugada maestra que le aseguraba que Wilbur seguiría siendo su coreógrafo en el Gran Ballet de San Petersburgo puesto que nadie le querría en su espectáculo una vez sabidas sus simpatías hacia el partido rojo, por lo que seguiría siendo la única estrella de Eclipse, el ballet que siempre creyó que se había coreografiado solo para ella. Pero su plan no funcionó.

El 27 de mayo de 1951, a sus 33 años, la Sutton esperó entre las bambalinas del Metropolitan a que la música le invitase a entrar en el escenario. Con el cabello teñido de negro y peinado rígidamente hacia atrás con una gruesa raya en medio y un bonito traje blanco con rosas rojas bordadas salió a escena colgada de un cable a más de diez metros de altura. Era la coda final y quería sentirse, una vez más, abrazada por el aplauso del público. No sabía que Jed Wilbur se había encargado de atrofiar el mecanismo que impedía que se estrellase contra el suelo y, entregada a la danza, notó cómo se quebraba la cuerda que la suspendía a una distancia mortal. Inhalando su última bocanada de aire, la Sutton se despidió de la danza cayendo lentamente en quinta posición al tiempo que la música ponía fin a su amado ballet y, con él, a su vida.

Autora:

Blanca Uson foto Blanca Uson nombre

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Cansada de bailar en el escenario de mi salón de Cáceres, viajé 700 kilómetros para intentar aprender a coreografiar palabras. Entusiasta de las historias olvidadas, busco recuperar los pasos de aquellos que no pueden evitar seguir el ritmo en cualquier lugar, ya sea al calor de los focos de la Ópera de París o ante el espejo de cualquier baño.

Twitter Blanca Uson


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