Mujeres a contracorriente: Las cicatrices de Irlanda Martínez

Elisa Navarro//

Parece que Irlanda hubiera vivido tres vidas en una y solo tiene 31 años. Han sido años de mucho trabajo, pero pocos placeres, de muchos días y pocas vacaciones; de muchos sueños, pocos cumplidos. Desde el mismo momento en el que abandonó la escuela, el volver a retomar un día sus estudios siempre la acompañó. Un sueño que parecía inverosímil por tantas veces reprimido. Primero por su trabajo y luego por su marido que, siguiendo el guion de hombre que la comunidad le exigía, le negó formarse por el qué dirán. 7 años de matrimonio le han sido suficientes para convencerla y sembrarle en la cabeza ideas de igualdad. Hoy, han pasado 17 años desde que aquella niña de 10 colgó su uniforme, vencida por el agotamiento y esclava de un trabajo que la sobrepasaba. Solo ahora, 17 años más tarde, Irlanda vuelve a las aulas –esta vez de secundaria–, sin uniforme pero quizá con aquella ilusión inicial que siempre la complementó y que hoy logra impulsarla pese a estar rodeada de chavalas.
La infancia. El comienzo

Resulta difícil imaginarse la pobreza cuando provienes de países en los que lo tienes todo al nacer. Irlanda es capaz de describirla con la facilidad de una persona que la ha vivido. Aunque hoy la mira desde lejos, como parte de un pasado que solo recuerda para coger impulso. Su vida es un claro ejemplo de cómo es posible remontar cualquier trauma a base de trabajo y voluntad.

Irlanda comienza sus memorias describiendo la humildad de su casita de infancia como si quisiera marcar el punto de partida de su vida, sus orígenes y el embrión donde todo comenzó para ella. “Era una casa construida y cerrada por medio de ajonjolí” (planta de sésamo), recuerda. “Éramos una familia muy pobre y pasábamos bastantes dificultades. Mi papá trabajaba solo en la agricultura”. Una agricultura de subsistencia que solo alcanzaba para comer los años de buena cosecha. Por eso, desde muy temprana edad, había que ayudar a sostener una economía familiar que parecía pender constantemente de un hilo.

No le cuesta mucho esfuerzo imaginarse a esa niña que, con tan solo 10 años, tuvo que empezar a trabajar para no pasar hambre. La niña que, por cuenta propia y sin dejar de trabajar, se matriculó en la escuela a esa misma edad. No le es difícil imaginarse a esa niña que, con tan solo 10 años, debía ir a lavar, coger agua, cuidar maíz… cositas no muy complicadas que solo una joven de 10 años puede hacer sin mucha dificultad.

Con la velocidad de una persona que le ha tocado crecer antes de tiempo, tuvo que encargarse de sus tres hermanas menores convirtiéndose así en mamá de manera prematura –ella es la quinta de ocho hermanos–. Recuerda que a sus 16, fue a registrarse para conseguir su documentación y la de sus hermanas porque sus padres no lo habían hecho hasta entonces. Después de eso, a sus 17 años, y siendo ya oficialmente Irlanda Martínez emigró a la gran ciudad, Chinandega, en busca de nuevas oportunidades laborales.

Y en cuanto a la escuela… Ya hacía tres años que la había abandonado porque le resultaba complicado aunar estudios y trabajo y aguantar el ritmo –el “tipo”–; no dormirse en el aula y seguir siendo, como a ella tanto le gustaba, la número uno de su clase.

Entonces me imagino a una chavala joven con cara de adulta, tirando de una gran soga más pesada que todas sus fuerzas. Una soga, de la que se agarraban y dejaban arrastrar sus tres hermanas pequeñas y también su padre –quien todavía hoy vive con ella–. En el otro extremo, siempre sola, Irlanda. La única que hacía fuerza. Un lastre y una carga que todavía la acompañan. Aunque se puede decir que hoy todo ha cambiado para ella –hasta su suerte–. “Solo una de mis hermanas se quedó estudiando y yo tuve que ayudarla para que saliera hasta quinto año. Hoy es la única preparada de nosotras”. Una educación que, sin embargo, en aquella época le fue impensable para ella misma.

También por aquel entonces, Irlanda se enfrentó a los acontecimientos más traumáticos de su vida. “De once años sufrí abusos sexuales de una persona de la comunidad. Mi mamá no era cuidada con nosotros y siempre nos daba a la gente. Yo siempre caminaba trabajando y expuesta a los abusos”. Lo dice tan de sopetón y con tanta inmutabilidad que tengo que asegurarme de que realmente ha dicho lo que he creído entender. “A raíz de eso nunca confié en nadie y mucho menos en los hombres. Después, continué como siempre: trabajando. Siempre de doméstica, limpiando casas. A mis 12 años, mi mamá me prestó a una señora de Managua para trabajarle a una muchacha. También su marido abusó de mí. Ella se iba con otro hombre y me dejaba al cuidado del niño. Su marido se quedaba siempre conmigo”. Y ya van dos.

El tercer caso lo sufrió a los 16, a manos de un hombre violento que incluso llegó a pegarle y del que, sin embargo, asegura que se enamoró. Era mayor que ella y “le gustaba pegar. Era violento, terrible”. Aunque Irlanda era joven, respondía. “Si él me daba una, yo se la devolvía. “Yo no soy tu hija”, le decía. Y siempre me contestaba que, si había pegado a su exmujer, cómo no me iba a pegar a mí que ni hijos le tenía. Pero nunca me dejé”.

17 años de vida. Solo entonces te preguntas cómo pueden dar tanto de sí.

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Son las dos del mediodía y hace un calor espantoso, es posible que rocemos los 40 grados dentro de una comunidad, Rincón García, donde es difícil refugiarse en ningún palo. Estamos atravesando la punta más caliente y seca del año en la zona más árida y ardiente del país, “El corredor seco”, a los que algunos llaman “La boca del Infierno”. Agradezco poder comprarme una Coca-Cola bien heladita en la tienda de Irlanda. Después, nos disponemos a buscar un sitio idóneo para conversar tranquilas. Buscamos una sombra que no encontramos por lo que, al final, nos refugiamos del sol en una casita de madera al lado de la suya donde, entre tablilla y tablilla, se filtra la luz del sol. “Aquí estaremos más frescas”, me dice mientras acarrea dos sillas de plástico. Aunque resulta imposible dejar de sudar. Y más tranquilas, pienso al tiempo en que nos alejamos de un grupito de cinco o seis hombres que juegan a las máquinas tragaperras en la puerta de su casa.

Dentro, como escoltando el lugar, su padre se encuentra sentado al lado de la puerta mirando hacia el patio. Un hombre encorvado, con la mirada perdida que parece refugiarse dentro de su propio cuerpo. No emite ningún sonido, no dice ni una palabra. “Él es mi padre”, me indica cuando ya llevamos buen rato platicando. “Siempre ha sido así, como lo ves, callado”. Parece estar ya acostumbrada a su (no) presencia y habla sin pudor, incluso cuando relata los episodios más crudos de su vida.

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La mayoría de edad. Del campo a la ciudad

Que en la ciudad iba a tener mucho trabajo se convirtió en una realidad. De hecho, fue en Chinandega donde se juntó con el padre de su hija mayor, Tamara, que hoy va a cumplir 14 años. “Mi meta cuando la tuve era que no pasara ni sufriera lo que yo sufrí”. Quizá por eso abandonó a su papá. “Con él siempre tenía muchos problemas y, a pesar de lo que me pasó, yo siempre pensé que no nací para exponerme o sufrir ningún tipo de violencia. Por eso lo dejé y me fui para Guatemala a trabajar para mi bebé”. En Guatemala, vivió dos años, tiempo en el que conoció al papá de sus gemelos con el que, sin embargo, tampoco acabó formando una familia.

De vuelta a su comunidad, Irlanda sumó a su soga el peso de sus tres hijos que, desde entonces, pasaron a ser un anexo de su propia vida, el motivo principal por el que seguir trabajando y luchando por sobrevivir. “Me levantaba a las tres de la mañana para ir a la siembra de plátanos. Entonces tenía 19 años. El trabajo en el campo lo miré normal porque al vivir siempre en el monte me acostumbré a trabajar la tierra. Además, creo que las mujeres podemos hacer los trabajos que siempre se han considerado para los hombres”. Una labor mal remunerada con la que tan solo ganaba 50 córdobas al día (no llega a un euro y medio). No llega a euro y medio por más de 8 horas de trabajo. Euro y medio. Después, debía ir a planchar a casa de una muchacha de la comunidad para terminar de ganarse la comida para sustentar a una familia cada vez más numerosa. También acarreaba agua cuando la llamaban o iba a regarle a una señora el jardín. Todo lo que salía. “Yo desde que soy Irlanda, me he ganado lo que como, lo que tengo. Siempre tuve que trabajar para mantenerme, para sobrevivir”.

Recuerda momentos en los que a pesar de las horas de trabajo no les alcanzaba para comer. Recuerda aguantar hambre. “Llegó el día en que mis hijos lloraban y yo lloré con ellos porque no tenía para darles de comer”. Fue entonces cuando Irlanda comenzó aceptando la ayuda incondicional del que ahora es su marido, que le daba dinero con el que comprar comida sin pedir “nada” – sexo– a cambio. “También me ayudó a reparar mi casita en la que antes de la reparación siempre nos mojábamos. La gente me ha juzgado mucho pero es fácil juzgar desde fuera y no tanto cuando lo estás viviendo”.

Trabajo comunitario

Irlanda nunca pasó inadvertida en Rincón García, donde su comunidad sabía de su capacidad y desparpajo para desempeñar cualquier cargo público. Por eso, cuando tenía 19 años, fue elegida coordinadora del Comité Comarcal, un grupo de 16 personas que velaba por la resolución de las problemáticas de la comunidad. “Mucha gente me criticó por ejercer ese puesto porque decían que era muy joven y que al ser mujer no iba a poder. También por la forma en la que vivía. Parece que a la gente siempre le importó eso de que aguantara hambre, pero nunca nadie me dijo ‘toma’ o me preguntó si necesitaba algo. Y hasta el día de hoy a la gente no le gusta que siendo mujer tenga un cargo o poder. Y con el poder me refiero a que mi palabra tenga más influencia que la de un hombre en la comunidad”.

Y del Comité Comarcal pasó a formar parte del Comité de Agua Potable de su comunidad para ser elegida, poco tiempo después, tesorera del mismo. “Estando yo en la junta directiva y cuando vinieron a excavar para hacer el pozo, el entonces presidente se llevó un dinero comunitario y yo lo descubrí públicamente. Le hicimos devolver el dinero y fue así como la comunidad me eligió presidenta”. Sin embargo, detrás de este cargo de presidencia quedaban detrás los antiguos dirigentes, humillados, dolidos. Dirigentes a los que les había salido mal la jugada, rabiosos. Dejados públicamente en evidencia por una mujer. Por una mujer. Empecinados, no tardaron en sacarla del poder dos meses después. Una batalla campal llena de reproches y malas palabras a la que Irlanda prefirió, después de haber gastado mucha energía, mantenerse al margen. “Se armó una guerra prácticamente. Pero la verdad que he trabajado mucho para esta comunidad sin esperar nada a cambio y no espero que un día me paguen. Si algún día tengo que volver a trabajar para esta comunidad lo haré porque me siento preparada para hacerlo”.

La pulpería

la pulperiaLas pulperías nicaragüenses son las antiguas tiendas de ultramarinos españolas que vendían desde una manzana hasta un botón. En las ciudades nicaragüenses hay muchas pulperías, demasiadas. Sin embargo, en comunidades rurales, una pulpería es un servicio privilegiado que evita viajes de varias horas de autobús para comprar una bolsita de sal. La pulpería de Irlanda se sitúa a pie del camino – muy polvoriento en verano y encharcado en invierno– y es un anexo de su propia casa. Desde una de las ventanas, su marido despacha a la clientela. A pocos centímetros, dos máquinas tragaperras echan humo todo el día y frente a ellas, los ojos de los hombres que las pilotan reflejan los colores de un juego que no siempre les devuelve el dinero codiciado.

Un negocio, el de Irlanda, que supone un riesgo y mucha inversión inicial y que no todas las familias se pueden permitir. “Hace exactamente siete años mi pareja se dejó con su esposa y nos vinimos a vivir aquí. Volvimos a empezar de nuevo y pusimos este negocio”. Sin embargo, una vez en marcha, genera una brecha salarial dentro de una comunidad donde son la agricultura –todavía manual y sin industrializar– y la venta de algún animal las principales fuentes de ingresos.

“Eso ha afectado mucho a la gente que no puede creer que alguien que estaba tan abajo hoy esté arriba. Pero son personas pobres de sentimiento porque yo nunca voy a pensar que soy más que nadie. El problema de la gente es que no tiene espíritu de superarse ni de salir adelante. Mi idea no es mirar hacia atrás y quedarme en lo que pasó; mi propósito es sobresalir y seguir avanzando hacia adelante. A pesar de todo lo que me pasó nunca dejé que nada me marchitara. Hoy doy gracias a Dios por mi pulpería, por tener agua, luz…” Una casa-pulpería fácilmente reconocible en la comunidad por su constante vaivén. “Somos emprendedores. Estamos emprendiendo nuestra pulpería. Funciona muy bien, gracias a Dios. No vivimos en una mansión, pero no nos hace falta el pan de cada día”.

irlanda con su hija pequeña

Huellas del pasado

La última hija de Irlanda tiene tres años, única hija de sangre de su pareja actual. “A veces mi hija mayor me reprocha que con la pequeña hago cosas que con ellos nunca hice. Es entonces cuando le explico que el nivel económico que yo viví cuando los tuve no es el mismo que el que estoy viviendo hoy, y que si hubiera tenido las mismas posibilidades hubiera hecho lo mismo por ellos. “Yo a tu edad no me ponía un par de zapatos ni usaba un calzón si no me lo regalaban”, le digo yo. “Yo no iba a la escuela con mochila si no me la regalaban. Yo hoy te compro todas tus cosas”. Creo que nunca me va a entender porque no estuvo en lo que yo sufrí”.

– ¿Cree que sus tres hijos eran conscientes de su sufrimiento?, le pregunto.

– Yo digo que sí, que afecta a los niños. Afecta mucho… –repite mientras es evidente que han llegado a su memoria un par de buenos ejemplos que sostienen sus palabras–. Creo que el carácter temperamental de mi hija mayor es fruto de su infancia. Cuando ella era pequeña yo siempre trataba de defenderme de todo. También ella le dice y le contradice a quien le tenga que contradecir. Así nació en ella una coraza, la necesidad de tener que defenderse de todo el que se le arrimara por temor a que esa persona tuviera malas intenciones, sobre todo si era hombre.

Mis gemelos también han sufrido. Son callados, no platican y nunca me han llamado ‘mamá’. A veces les preguntó por qué no me dicen ‘mamá’ y me contestan que les da pena –vergüenza–”. Irlanda vive con una de sus hermanas pequeñas, hoy soltera y con un niño que, a diferencia de sus gemelos, sí la llama “mamá”. “Él dice tener dos mamás, mamá grande y mamá chiquita porque mi hermana es la delgadita”.

“A mi hija le digo que tiene que cuidar de no quedarse embarazada –Nicaragua es el primer país latinoamericano con más embarazos adolescentes, según los últimos datos de ONU Mujeres– porque no solo se vería afectada ella, yo también. A mi hermana le aconsejaba que no se juntara con cualquier hombre y menos si no tenía trabajo y no hizo caso, y después me tocó a mí todo y me sigue tocando”. Y, aunque asegura tener su pasado superado, todavía recuerda con mucho sufrimiento sus dos primeros partos en la más absoluta soledad: “Tras mi primer parto ingresé en el hospital durante más de dos meses y nadie llegó a visitarme, solo una vecina. Cuando tuve a mis gemelos, lo mismo. Me tocó ir sola, sin dinero y sin nada. Prácticamente en el abandono, pero creo que todo eso me hizo fuerte”.

Una fuerza que sirvió para superar, sin ningún tipo de ayuda, los tres casos de violencia que sufrió cuando todavía no había cumplido los 18 años. “Me ha costado mucho tiempo superarlo pero la verdad que no fue culpa mía, no tengo por qué sentirme culpable. Yo era una adolescente que no sabía ni comprendía lo que pasaba. Esas personas eran unas personas de edad. Uno se siente mal porque esas cosas no deberían pasarle a nadie pero con el tiempo se sanaron”. Historias que la construyen. Huellas de un pasado repleto de baches bajo la mirada atenta de tres niños que enseguida nacieron para acompañarla en sus desventuras. “Sin quererlo puede que transmitiera todo este sufrimiento a mis hijos. No me daba cuenta pero mi tristeza creó un nudo en ellos, en mi familia”.

Sueños

“Me gustaría ser abogada. El derecho me gusta por las oportunidades que da a la gente pobre. Aunque, en realidad, pobre es el que no tiene cabeza, no el que no tiene dinero. Quiero defender el derecho de aquel ser humano que tiene necesidad de alguien preparado para defenderlo sin que les cobre caro o se aproveche de ellos. Creo que si Dios me presta vida y mi sentimiento de ayudar a los demás no cambia, llegaré un día a conseguirlo”.

Ser abogada es solo el primer eslabón de un deseo mucho más ambicioso: llegar a ser diputada. Considera que Nicaragua es demasiado pobre para que los Diputados ganen altas sumas de dinero mientras tantas otras personas pasan necesidades. Un diputado recibe cerca de 2.700 € mensuales en un país cuyo sueldo mínimo no supera los 100 euros –los meses que se alcanza–. De esta manera, un diputado nicaragüense cobra casi 28 veces más que la mayoría de los trabajadores del país. 28 veces más. “Quizá pienso muy grande pero si llegara hasta ahí me gustaría crear una casa hogar bien para ancianos o bien para mujeres embarazadas que no son comprendidas por sus familias y a las que despachan de sus hogares”.

Las cosas claras

“Al principio, cuando nos cruzamos para acá, la gente le decía que por qué me dejaba salir tanto de la casa, si mi obligación era estar en la casa como mujer que era”. La casa vista como represión, como prisión. Como un lugar en la que la mujer, encerrada, debe ser la persona que se espera. Allí, donde en realidad no le dejan ser.

“Yo usaba corto, uso pues, entonces también le decían que cómo iba andando de corto porque no era de mujer de hogar y tampoco el estar andando de arriba para abajo. Entonces él se enojaba conmigo. Fue cuando le dije que no había nacido para que nadie me mandara ni tomara decisiones sobre mí. ‘No me junté con vos para tener una vida amargada porque si va a ser así mejor me regreso a donde vivía, porque ya trabajé y no me importa volver a hacerlo’. A raíz de esto ha cambiado. Hoy no le pido permiso para hacer nada”.

casa de irlanda

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“Muchos me dicen que no tengo rienda de nada, que nadie me puede amarrar pero yo no puedo permitir que alguien decida por mí. Soy una persona que me muevo, que siento, hablo, oigo, escucho. No nací para eso y no voy a ser de esas mujeres. Que un hombre tenga que decidir por mí es lo último. Y en mi hogar no pasa. Mi sueño es poder ayudar a otras mujeres. Creo que estamos en este mundo para aprender y darle la mano a quien lo necesite”.

Me despido de Irlanda después de casi dos horas de conversación. Y, aunque afuera todo sigue igual – el mismo grupo de hombres sigue jugando a las máquinas en la puerta de su casa–, su historia ha tejido un lazo muy fuerte entre nosotras. Me dice que algunos pasajes de su vida los ha contado hoy por primera vez. Le doy las gracias y me monto en el coche con la cabeza llena de retazos de una vida tan intensa como increíble, tan larga y condensada que cuesta ordenarla. Entonces, me la imagino de abogada, de diputada, defendiendo a niñas y mujeres que sufren y padecen lo que ella tan bien conoce; nuevas Irlandas a las que amparar del miedo, la tristeza y la soledad porque ¿quién mejor que ella para llegar a comprenderlas?

Autora:

Elisa Navarro Foto Paz Perez nombre

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Nunca tuve claro mi futuro, sigo sin tenerlo. Mochilera de espíritu, amante del sol y el chocolate y contraria a la rutina. Sueño con un periodismo comprometido que corrija anomalías y exprese con palabras cómo poder vivir en un lugar mejor. Lo que nos callamos o no proyectamos al exterior no existe y muere en nuestro interior.

Twitter Blanca Uson

Un comentario sobre “Mujeres a contracorriente: Las cicatrices de Irlanda Martínez

  • el 20 septiembre, 2018 a las 9:40 pm
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    Yo conozco personalmente a Irlanda y puedo asegurar que es una mujer maravillosa,educada ,luchadora,honesta y con muchísimos valores humanos, hecha a sí misma ,todo ello en un ambiente muy difícil y complicado lleno de pobreza y sobre todo de ignorancia.

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