De muros, Trump y algún poeta

Luis Guillermo Hernández //

 

 

Era 11 de mayo de 1846, en una de las tantas páginas del Brooklyn Eagle, el diario matutino que dirigía un poeta: Sí: ¡México debe de ser cabalmente castigado! Hemos llegado a un punto en nuestro trato con ese país en que cada precepto de derecho y política nos impone que hagamos expeditas y eficaces demostraciones de fuerza”.

Eran días turbulentos.

El territorio de Texas, la vasta y rica tierra bañada por el Río Bravo, meses atrás había declarado su independencia y se convertía en el centro de una disputa diplomática que el gobierno de Estados Unidos, en voz de su beligerante presidente, el millonario terrateniente James Polk, se empeñaba en hacer escalar ante la debilidad militar y política del gobierno mexicano.

Soplaba desde el norte el viento de la guerra y el diario editado por el poeta lo avivaba sin esfuerzo: “Las noticias de ayer proporcionaron el último argumento que se requería para probar la necesidad de una Declaración de Guerra inmediata de nuestro gobierno a su vecino del sur. Estamos justificados ante el mundo, pues hemos tratado a México con mayor lenidad que la que hasta ahora nos había merecido un enemigo; pues México, aunque despreciable en muchos aspectos, es un enemigo que merece una vigorosa lección”, decía el Eagle.

Palabras feroces movidas por la iracundia, arraigadas a la historia como hojas de hierba. Palabras nacidas de un poeta.

Quizá les suene el nombre: Walt Whitman.

Palabras, las del poeta, que hacían eco sonoro de un discurso más hostil que, desde un año atrás, había comenzado a lanzar el presidente Polk, cuando encandilaba al Congreso de su nación con las dulces palabras del agandalle  agandalle: del verbo “lo tomo porque quiero y porque soy más fuerte”: “Considero el problema de la anexión, como concerniente exclusivamente a los Estados Unidos y a Texas […] ¿hay alguien que no prefiera el libre comercio con ella Texas a los altos impuestos sobre nuestros productos y manufacturas al entrar en sus puertos o al cruzar sus fronteras? ¿Hay alguien que no prefiera una comunicación sin restricciones con sus ciudadanos a las obstrucciones fronterizas que tienen que ocurrir si Texas permanece fuera de la Unión?”.

Recordaba esas palabras apenas mientras escuchaba a Donald Trump, el nuevo presidente de los Estados Unidos, hablar de agravios, muros y delincuentes, de migrantes, pérdidas y asesinos, de la condición de basura humana a la cual, diciendo sin decir, reducía con sus ladridos a millones de trabajadores migrantes, mexicanos en particular y latinoamericanos en general.

Un muro. Que separe del peligro a esa tierra de la esperanza, a la que han ido a trabajar ilegalmente por lo menos cinco millones de migrantes indocumentados en la última década. Un muro. Que aísle definitivamente esa tierra robada, donde han muerto algo así como seis mil seres humanos en la última década, en su intento por mejorar sus vidas.

Un muro. Más grande y más alto que el que ya existe, que impida a más latinos violadores, asaltantes, asesinos, drogadictos, sumarse a los más de tres millones de campesinos de la tierra rica y pródiga de Estados Unidos. Un muro pagado por México, “el responsable de todo”.

Trump

Y las recordaba, aquellas palabras del siglo XIX, porque en el discurso de Trump he notado aromas precisos de las palabras de Polk. Hay que revisarlas. Se parecen tanto… Ese juego de perversidad política, en el que el victimario bravucón se hace pasar por víctima indefensa y lanza sus golpazos a la cara, con un solo objetivo: aplastar.

Para Trump, México es el ganador único de un Tratado de Libre Comercio que en realidad ha devastado al campo mexicano, ha desplomado la industria nacional y ha dinamitado todas las conquistas sociales alcanzadas desde la Revolución Mexicana.

Para Trump, la balanza comercial favorece al país cuyos salarios están diez veces por debajo de los de Estados Unidos y de los de casi todos sus socios comerciales. Para Trump, y sobre todo para sus objetivos verdaderos, México es el laboratorio en el cual ensayar los mecanismos de presión y fuerza para reconfigurar la economía global para el beneficio único de la potencia.

Hay espacio para eso. Con un gobierno débil y un presidente corrupto y pusilánime, perdido, la encrucijada histórica no parece muy distinta de la que México vivía antes de perder la mitad de su territorio.

Por eso recordaba aquellas palabras. Las del presidente Polk y las del poeta Whitman. La historia se repite, a veces como comedia y siempre como vodevil: “Cuanto más reflexionamos acerca de la anexión de una parte de México, o inclusive de la mayor parte de esa república, más se disipan las dudas y los obstáculos y más plausible parece ese objetivo a primera vista difícil. El alcance de nuestro gobierno (como los más sublimes principios de la naturaleza) es tal que fácilmente puede adaptarse, y extenderse, hasta casi cualquier grado y a intereses y circunstancias de lo más diversos”.

¡Ah, querido poeta! Menuda vecindad nos ha tocado. Tres mil kilómetros de desiertos y llanuras bordeados por dos mares inmensos y una voracidad sin límite.

Menuda vecindad la que nos toca, que permite a los poetas escribir estas injurias sin temores puritanos: “¡Avancen nuestras armas con un espíritu que enseñará al mundo que si bien no buscamos pendencias, los Estados Unidos sabemos aplastar y desplegarnos!”

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