Marte: nuestro futuro hogar

Adrián López Cembellín//

Todavía no ha amanecido pero los ojos de Ben están abiertos como platos. De hecho, no ha conseguido dormir en toda la noche. Quizás no fuera buena idea colarse la tarde anterior en el cine familiar para ver aquella película. Pero había contemplado ese cartel demasiadas veces y le mataba la curiosidad. Un cartel con letras amarillas en las que se podía leer “Los invasores de Marte” y la fecha del estreno: 9 de abril de 1953. Ben es un niño muy valiente para tener sólo ocho años y un amante de las películas de terror que lleva devorando desde hace meses con permiso de su padre. Pero nunca había visto cosa igual. Ni vampiros, ni fantasmas, ni hombres lobo. Los marcianos, unas criaturas de color verdoso con ojos saltones que invaden planetas; esos sí que eran malos.

Estos días permanecen en la memoria de Benjamin Cobben, 63 años después, ya jubilado y orgulloso de sus hijos y de su nieto Harold, uno de los ingenieros aeroespaciales que participa en la construcción de los cohetes Falcon 9, con los que pronto llegaremos a Marte.

El cuarto planeta del sistema solar sedujo a la Humanidad hace ya mucho tiempo. Antes de que diera comienzo la Era Espacial, investigadores y científicos de todos los rincones del mundo miraban a Marte como un planeta hermano, con condiciones similares a las de la Tierra y que, con muchas posibilidades, podría albergar una civilización avanzada. Las sondas y los vehículos de exploración que a día de hoy recorren su superficie nos han permitido determinar que efectivamente Marte pudo ser similar a la Tierra, pero hace cientos de miles de años. El enfriamiento de su núcleo interno condujo a la pérdida de prácticamente la totalidad su atmósfera, desprotegiéndolo de las llamaradas solares y las radiaciones cósmicas. El resultado visible de este largo proceso es un planeta desértico, devastado y frío.

Fotografía del mar de dunas tomadas al pie del Monte Sharp. @marscuriosity/Instagram

En la segunda década del siglo XXI nuestros conocimientos sobre el planeta rojo son profusos. Sabemos que se compone principalmente de silicatos y sulfatos y que, con casi toda seguridad, podría albergar agua líquida subterránea (o, mejor dicho, submarciana). También sabemos que su punto más elevado, Olympus Mons, alcanza los 21.249 metros y que la temperatura media anual no supera los 60 grados bajo cero. Pero sobre todo sabemos que nuestro destino podría pasar inevitablemente por Marte.

Más de medio siglo de misiones

El desconocido planeta rojo atrajo pronto la curiosidad de la comunidad científica casi del mismo modo que lo hizo con Ben. En 1964, once años después del episodio del cine, la misión Mariner 4 de la NASA lograba fotografiar el aspecto de la superficie Marte. Era la primera vez en la historia que la Humanidad podía ver los cráteres y grietas que cubren el planeta, aunque fuera en las páginas de periódicos y revistas. A sus 19 años, Benjamin ya había leído suficiente sobre la carrera espacial como para saber que algún día el título de la película que tanto le había aterrado en su niñez podría pasar a ser “Los invasores de la Tierra”, siendo los humanos los protagonistas de la invasión al cuarto planeta.

Inevitablemente, las primeras imágenes de Marte sedujeron a la Humanidad al completo y despertaron el interés de las agencias espaciales por llegar a su superficie y descubrir qué escondía tras su manto rojo. Desde entonces, más de 40 misiones espaciales se han dirigido al cuarto planeta pero ninguna como la que prepara Space X, la primera compañía que osa a competir desde el ámbito privado con la NASA; La primera compañía que nos llevará a Marte.

Inspección de la sonda Curiosity en noviembre de 2013. @marscuriosity/Instagram

Elon Musk, director de la compañía, marca 2024 como la fecha para que las primeras naves de Space X “amarticen” en el planeta rojo. Este joven empresario sudafricano, lector empedernido de novelas de ciencia ficción, pasó su niñez, al igual que Ben, soñando con naves espaciales y civilizaciones extraterrestres. Pero lo que fueron sueños hoy son planes reales y Musk ha hecho tambalearse el tablero de la carrera espacial al asegurar que en menos de diez años llegaremos a Marte, generando una fractura en la comunidad científica entre quienes ven en Musk a un ingenuo soñador y quienes ven al futuro referente de la industria aeroespacial.

Para aseverar lo que podría ser una aventurada previsión, Space X ha creado el Falcon 9, un revolucionario modelo de cohete con el que Ben jamás habría podido soñar. Habría que juntar todos sus juguetes para igualar un objeto tan enorme y pesado. Pero además de su gran tamaño hay una característica que hace único a este modelo de cohete y es que es reutilizable. Esta característica reduce en más de cien veces los niveles de combustible necesarios para el lanzamiento y, por tanto, pone solución a los problemas derivados de los elevados consumos de combustible y materiales necesarios en una misión de este calado. Esos cohetes, según los planes de Musk, nos llevarán a Marte y en pocos años estableceremos la primera “colonia de humanos” en el planeta. “La invasión de la Tierra” está tomando forma, podría estar pensando Ben.

Una evidencia del interés de Musk por la ciencia ficción está en el tipo de nombres que elige para sus misiones y vehículos, más parecidos a los títulos de las novelas de Isaac Asimov que al de las misiones de la NASA. Draco, Falcon Heavy, Red Dragon… son sólo algunos de los nombres que dan pie a soñar, como lo hizo Ben, con mundos fantásticos más allá de las estrellas. En concreto el éxito de la misión Red Dragon, prevista para 2018, podría determinar la viabilidad del proyecto de Musk, ya que servirá para testar las posibilidades de su sistema de aterrizaje en el planeta rojo, una arriesgada maniobra nunca antes probada, sólo imaginada en guiones cinematográficos.

Pero Space X no está sóla en el tablero de juego “marciano”. Su principal competidor, la NASA, es más conservadora en sus planes hacia la conquista marciana y retrasa la fecha de llegada de los primeros astronautas hasta 2030. En pocos años la agencia aeroespacial norteamericana ha tenido que asumir la pérdida de parte de su hegemonía en la carrera espacial pero de ninguna manera renunciará a Marte. De hecho, si la carrera aeroespacial dio comienzo como resultado de la rivalidad entre Estados Unidos y Rusia durante la Guerra Fría, la competencia entre Space X y la NASA por la colonización de Marte marca hoy el porvenir de la investigación aeroespacial. Hasta la década de los treinta, la NASA centrará sus esfuerzos en la obtención de nuevos datos procedentes de las sondas Curiosity y Opportunity que a día de hoy siguen enviando datos a tiempo real desde la superficie de Marte.

Autorretrato de la sonda Curiosity. @marscuriosity/Instagram

Ahora bien, Space X y NASA no son los únicos pretendientes. De hecho, buena parte de la inversión mundial en materia aeroespacial está enfocando al cuarto planeta. La agencia china CNSA o la rusa Roscosmos se suman al tablero, seducidos por el sueño de la colonización marciana, un sueño del que nadie quiere despertar en último lugar. De esta forma, en pocos años la superficie marciana podría vivir un auténtico overbooking humano, viendo colapsado su espacio aéreo por naves, cohetes y satélites chinos, estadounidenses, indios, rusos, japoneses y quién sabe qué más procedencias, lo que demuestra que quienes tildaban a Musk de idealista y soñador cuando afirmaba que en apenas unas décadas existiría “una civilización autosuficiente en Marte” podrían estar equivocados.

Paradójicamente, la industria cinematográfica de los años cincuenta no estaba sino retratando el papel que la Humanidad jugaría décadas después como auténticos invasores galácticos. Quién habría imaginado que los monstruos de piel verde y antenas en realidad tendrían la piel rosada y orejas, ¿Verdad, Ben?

Peligros y riesgos durante el viaje

Para llegar a Marte, los astronautas tendrán que hacer frente a una larga serie de peligros y amenazas; Y el viaje es sólo uno de ellos. 54 millones de kilómetros separan al planeta rojo de la Tierra, unas 140 veces la distancia de nuestro planeta respecto a la Luna, unas 140 veces más lejano que el mayor hito alcanzado por la Humanidad en el espacio.

El primer objetivo en la carrera espacial será construir una nave capaz de albergar un habitáculo lo suficientemente espacioso como para alojar a la tripulación cómodamente durante un largo viaje de más de 200 días. Esta nave deberá albergar todo el combustible y los suministros necesarios para el viaje; todo un reto de ingeniería que por el momento no se ha sabido resolver completamente.

Pero la amenaza más importante no estará dentro de la nave, sino fuera. De este modo, durante el viaje los astronautas estarán expuestos a elevados niveles de radiación cósmica que podrían conllevarles daños cerebrales irreversibles, y harían peligrar enormemente la misión.

Una de las soluciones que la NASA encuentra para proteger a los tripulantes pasa por crear una capa intermedia entre las paredes y el casco de la nave. Esta sección se llenaría de agua creando así una capa protectora que reduciría los niveles de radiación dentro de la nave y a la vez permitiría a los astronautas cultivar sus propios alimentos durante el trayecto. Como si se trataran de los protagonistas de The Martian, los astronautas podrán cultivar frutas y hortalizas en las paredes la nave. De llevarse a cabo, esta medida pondría solución a un doble problema. Por un lado, mantener a los astronautas ocupados en labores como las de cultivo les ayudaría a conservar un buen estado anímico y distraerse durante el viaje; y por otro, les protegería de las peligrosas radiaciones.

Los primeros trabajos en Marte

Superado el viaje, tendrá lugar el “amartizaje”. Por primera vez en la historia, una huella humana se dibujará en la superficie rojiza del cuarto planeta, un planeta desierto, hostil, pero sobre todo, un planeta casi sin atmósfera.

Y para este momento, la NASA ya tiene planes. Lo primero será construir un refugio temporal que acogerá a los astronautas y permitirá comprobar su capacidad de adecuación en el cuarto planeta. Una vez se establezca esta primera generación de humanos en Marte se procederá a la edificación de los asentamientos permanentes. Este refugio deberá construirse antes de la llegada de los primeros astronautas, tarea para la cual existen unos candidatos perfectos: los robots.

De hecho, un grupo de investigadores de la Universidad de Northeastern, en Massachusetts, lleva años trabajando en un prototipo de robot que podría ensamblar y atornillar el refugio temporal. Además, servirían de gran ayuda una vez llegasen los primeros humanos, ya que se podrían destinar a labores de reparación y mantenimiento de las bases. Es decir, que cuando lleguemos a Marte podrán podrán recibirnos unos simpáticos humanoides robotizados y darnos la bienvenida, una idea más cerca de un guión de George Lucas que de una misión espacial.

Fotografía del paisaje marciano tomada al pie del Monte Sharp. @marscuriosity/Instagram

Cuando se haya erigido este primer módulo, desembarcaría “la primera generación” de humanos que habite Marte. Este primer grupo de unas cien personas será trascendental para el resto de la misión, ya que su supervivencia y adecuación al nuevo planeta determinará la llegada de nuevas oleadas de personas. La construcción del primer refugio fijo permitirá el comienzo de las labores de exploración de en Marte, en busca de nuevos recursos y materiales que podrían determinar nuestros futuros pasos en el cuarto planeta.

Ha pasado mucho tiempo desde la primavera de 1953 en la que un joven Benjamin Cobben se colaba en el cine familiar para ver aquella película de marcianos. Su vida ha cambiado mucho. El mundo ha cambiado mucho. Las pasadas navidades su nieto Harold le sorprendió con un regalo que el resto de la familia no pudo comprender: un ordenador portátil. Desde aquel día, este hombre de 71 años pasa las horas en la página web de la NASA viendo a tiempo real los movimientos de la sonda Curiosity sobre la superficie marciana, recordando los días en los que Marte formaba parte del imaginario de la ciencia ficción, sonriendo al ver convertidos lo que un día fueron sus sueños, o más bien sus pesadillas, en realidad.

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