Necroturismo: descanso eterno al contado

Alicia Sánchez Beguería//

Que una tribu maorí se ofenda por el posado de una modelo de Playboy en la cima del Monte Taranki —donde solían enterrar a sus muertos—, debe de significar algo. ¿Acaso a nosotros nos gustaría llegar al cementerio y encontrarnos al típico turista en pantalón corto, sandalias y cámara en mano fotografiando la tumba de un ser querido? Es muy probable que la imagen de Jaylene Cook no se vuelva a repetir pero, más por desgracia que por suerte, la curiosa estampa del turista en los camposantos cada vez es más habitual.

Los datos hablan por sí solos: el necroturismo o turismo de cementerios, que así es como se llama esta peculiar moda, ha experimentado un gran crecimiento desde el 2012 en España. Quizás se deba a la búsqueda de alternativas culturales más asequibles o bien sea fruto de nuestro afán por parecernos al resto de Europa. Puede que incluso sea la necesidad de sentir emociones fuertes: cambiar parques de atracciones por camposantos.

Lo cierto es que antes de que lo importásemos, cientos de personas ya se agolpaban ante la tumba de Karl Marx en el Cementerio de Highgate en Londres o llenaban de besos la lápida de Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir en el Cementerio de Montparnasse en París. Y me pregunto, ¿no sería mejor venerar su obra que sus restos? Quizás no sea incompatible. Pero supongo que la mitomanía está bastante más extendida de lo que muchos piensan.

Monumento funerario Cementerio de Père-Lachaise
Monumento funerario Cementerio de Père-Lachaise

Hemos transformado los cementerios en una especie de Paseo de la Fama con tintes macabros. La moneda que ofrecían los griegos a Caronte como peaje para que los muertos atravesaran la laguna Estigia ahora la regalamos a camposantos como el de San Isidro en Madrid, ayuntamientos, empresas como Granada Através en el cementerio de San José de Granada o grupos culturales como Gozarte en Zaragoza que nos ofrecen noches en el cementerio. Nos dan mapas de colores brillantes, llenos de números y de nombres de personalidades, para que eso de buscar al filósofo de turno resulte algo así como interpretar un mapa del tesoro. Da igual que pases toda la mañana mirando el mismo papel e ignores capillas, esculturas y otros monumentos. Lo importante es que consigas encontrar la tumba —o a veces solo el cenotafio— de la celebridad en cuestión, que muchas veces no será más que una lápida de mampostería frente a los mausoleos y templetes de inspiración clasicista que seguro se encuentran a su alrededor.

El problema es que todo aquello que no tiene cabida en una exposición a menudo no es considerado arte. Nadie nos ha enseñado a apreciar la belleza de una cruz de mármol, de un ángel implorando al cielo o de las coloridas vidrieras que adornan muchos panteones. Tampoco hemos sabido valorar el complejo trazado de las necrópolis antiguas, ni hemos caído en la cuenta de que las sociedades prehistóricas ya rendían culto al fin de la vida con monumentos megalíticos y pinturas que adornaban las paredes de sus cuevas. En vez de aplaudir eso, nos conformamos con unos apellidos e incluso con un simple epitafio perdido entre un mar de sepulturas.

Calle principal Cementerio de Père-Lachaise
Calle principal Cementerio de Père-Lachaise

Yo también caí en el morbo de recorrer más de un cementerio buscando un par de nombres tallados en un trozo de piedra y, de hecho, no pude más que emocionarme cuando atisbé el apellido del mismo Baudelaire que había escrito mis primeros libros de poesía. Su tumba era bastante normal, no destacaba entre las demás, pero sí estaba más concurrida que las de su alrededor. Sobre ella descansaban decenas de flores frescas y otros tantos billetes de metro que la gente había dejado como muestra del fúnebre peregrinaje. La estampa era sobrecogedora, pero no fue esa la escena que me hizo reflexionar. Fue otra, que se encontraba algo más lejos; era la de una familia: madre, padre y una niña pequeña, tendría unos cinco años y supongo que no entendía aún nada de lo que sucedía, pero acompañaba en el suelo a sus padres y, movida por un gesto inconsciente, los abrazaba e intentaba así aplacar la caída de sus lágrimas. Fue en ese momento cuando comprendí que la magia de aquel lugar no consistía en buscar nombres y tacharlos en un mapa, sino encontrar recuerdos en cada uno de ellos.

Tumba de Charles Baudelaire
Tumba de Charles Baudelaire

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