«No quiero ser madre y no, no soy egoísta»

Patricia Alcusón//

“¿No quieres tener hijos? Eso lo dices ahora… Ya me lo dirás dentro de unos años cuando seas mayor.” Muchas de nosotras hemos escuchado estas frases en múltiples ocasiones. ¿Por qué no entienden que ser madre no entra en una de mis prioridades y perspectivas de futuro? La maternidad no es moco de pavo e implica unas responsabilidades que muchas de nosotras no estamos dispuestas a asumir o simplemente no podemos, ya sea por motivos económicos o de salud.

Desde la generación de nuestros abuelos, a las mujeres se les convenció de un modelo de vida tradicional basado en la familia y en el amor eterno. Una vez cumplías los 20 años tu futuro estaba escrito: debías encontrar un marido y formar una familia. Por suerte, nuestras madres ya empezaron a elegir por sí mismas la vida que querían para ellas. Podían estudiar una carrera, trabajar y labrarse un futuro con independencia del hombre. Sin embargo, el esquema aceptado por la sociedad era bastante rígido: estudiar, encontrar un trabajo fijo, casarse, tener hijos y jubilarse.

La generación millennial ha visto mermada esta visión de futuro y, en consecuencia, no buscan la estabilidad que les profesaron sus progenitores. Bien es cierto que han crecido en un momento de inestabilidad económica que lo único que les ha transmitido es la incertidumbre. Si a esto añadimos las nuevas formas de relacionarse sentimentalmente que se han ido desarrollando a lo largo del siglo XXI y el conocimiento que se tiene sobre una amplitud de temas, muchos jóvenes han decidido que la vida de sus padres se quede en el siglo pasado. Ante un futuro incierto, muchos de ellos prefieren vivir el día a día y se dejan llevar por lo que les va ofreciendo la vida impulsados por el motor imparable de las redes sociales y la tecnología.

Una consecuencia inmediata ha sido la falta de voluntad a la hora de formar una familia. Ahora las mujeres también queremos vivir para nosotras mismas. Esto nos ha hecho caer en la casilla de las ‘egoístas’. Según decía Simone de Beauvoir, “la maternidad es una forma de servidumbre” y no le faltaba razón. Para la filósofa, la maternidad debía ser producto de la libre elección de la mujer, por eso estaba a favor de la anticoncepción y del aborto. De esta forma, una mujer que quiere ser madre debe velar por su propio bienestar en beneficio de sus hijos, ya que su opresión conlleva la de sus sucesores.

Cierto es que la maternidad acarrea una dependencia elegida por muchas mujeres. Ser una ‘buena madre’ implica unas cadenas que hay que aceptar: renunciar a una parte del tiempo que dedicabas a ti misma para dedicárselo a tu hijo, renunciar a aspiraciones laborales o personales a largo plazo y un largo etcétera. Es cierto que no tiene por qué ser algo negativo. Hay quien realmente antepone a todo esto su voluntad de ser madre. Eso sí, también implica ser realista y responsable.

He visto muchas veces cómo -más hombres que mujeres- se llevaban las manos a la cabeza tras escuchar mi decisión de no ejercer la maternidad. Con cierto toque ególatra y paternalista alguno me respondía: “Yo quiero tener hijos para continuar mi descendencia y dejar en el mundo algo de mí”. De acuerdo con la corriente filosófica antinatalista, traer nuevas vidas a un planeta que ya está superpoblado es un acto de profunda irresponsabilidad pues los recursos se encuentran cada vez más mermados y pone en peligro la supervivencia de la Tierra. Esta corriente afirma que, de acuerdo a los niveles de superpoblación y la escasez de productos de primera necesidad como el agua y la comida, no es ético traer al mundo hijos biológicos cuando se puede adoptar y acoger. Esto parece que molesta a una sociedad educada en los valores heteropatriarcales.

Por otro lado, se encuentra el grupo de mujeres a las que no les importaría tener hijos pero que por sus circunstancias no pueden. La realidad es que no tienen muchos puntos a su favor. En la actualidad, el 35% de los jóvenes menores de 25 años continúan en el paro. El tipo de contrato tampoco favorece una estabilidad económica. Además, las mujeres todavía tienen que hacer frente a las barreras que les pone el sistema. Las españolas cobran de media un 23% menos que sus compañeros varones y su presencia en los puestos de poder sigue siendo residual. Esto conduce a dos situaciones: muchas de ellas no pueden hacer frente a los enormes gastos que supone ser madre y otras tienen tal carga de trabajo que no pueden dedicarle tiempo al bebé. Un paso hacia delante supone la proposición de ley que se aprobó en junio del año pasado que establecía permisos iguales e intransferibles a las madres y los padres al nacer o adoptar un hijo.

De una forma o de otra, a las mujeres se nos ha querido convencer de la senda que debíamos tomar y se nos ha intentado hacer sentir culpables si nos desviábamos del camino. Gracias al feminismo y las nuevas opciones de vida en solitario o en pareja, ha llegado la hora de que escribamos nosotras nuestra historia, aunque ningún niño o niña vaya a heredar nuestro apellido.

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