No hay un plan B

Patricia Alcusón//

Cada vez que se acercan unas elecciones es inevitable escuchar una y otra vez la misma cantinela. Pensiones, impuestos, educación y sanidad son los cuatro pilares principales sobre los que se sostiene el discurso político; cuatro aristas evidentemente importantes pero que no tienen ningún sentido si estamos destruyendo nuestro propio ecosistema.

En los últimos años hemos escuchado, visto y vivido en nuestra propia piel los efectos del calentamiento global. Los episodios climatológicos extremos se suceden y la última década ha sido la más cálida desde que se tienen registros. La temperatura media de la superficie de la Tierra se ha elevado ya entre 0,8 y 1,2 °C y, de mantenerse la actual progresión, en 2050 se superarán con creces los dos grados de aumento establecidos como límite en París.

España sigue llegando tarde en un momento en el que el resto de países de nuestro entorno tienen leyes en relación al cambio climático. Alemania, por ejemplo, famosa por su tendencia ecologista, ha decidido invertir más de lo que tenía pensado en un primer momento. Hace unas semanas, Merkel anunció que destinaría 500 millones de euros más para la reducción de la contaminación del aire en el país y que el Gobierno duplicará su aporte anual al Fondo Verde para el Clima, una inversión de 1.500 millones de euros. Esta lucha contra el cambio climático también ha influido en la intención de voto de los alemanes, que ahora da a Los Verdes el primer puesto en la izquierda.

Mientras tanto, España está comenzando a despertar del letargo en el que estaba sumida y poco a poco va siguiendo las directrices de otros países europeos para convertir las ciudades en lugares más habitables. Barcelona y Madrid han apostado por el transporte sostenible y la peatonalización de los cascos viejos está empezando a ser una realidad, a pesar de tener sus detractores. Medidas necesarias teniendo en cuenta el panorama que tenemos ante nosotros: anualmente, en el mundo, se estima que alrededor de 500.000 muertes por cáncer de pulmón y 1,6 millones de muertes por EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva crónica) pueden atribuirse a la contaminación del aire.

 Los datos son incuestionables pero su repetición, informe tras informe, apenas tiene impacto sobre los gobiernos, atrapados en una maraña de intereses sectoriales que impiden acometer políticas de largo alcance. Hoy en día estamos lejos de cumplir los compromisos de reducción de gases de efecto invernadero. La transición energética avanza a un ritmo insuficiente y resulta muy difícil cambiar unos hábitos de consumo que nos llevan a arrojar a los mares más de ocho millones de toneladas de plástico al año. Los políticos deben saber que el incumplimiento de los objetivos ambientales se paga con vidas y que a la larga resultará más costoso que cumplirlos. El Acuerdo de París, por ejemplo, requiere una inversión de casi 20 billones de euros, pero los efectos de no cumplirlo elevarán el coste hasta casi 48 billones.

Por suerte, cada vez son más los jóvenes que se movilizan para exigir a los gobiernos que tomen medidas reales, eficaces e inmediatas para frenar esta situación que se ha tornado insostenible. De la misma forma que hemos conseguido que la violencia machista acapare unos minutos de telediario y que el asesinato de una mujer no sea únicamente una cifra, poco a poco los jóvenes de países de todo el mundo están consiguiendo que el cambio climático se convierta en un tema de debate en el Congreso, hecho que hay que agradecer al movimiento Fridays for future, impulsado por la joven sueca Greta Thunberg, que con tan solo 16 años ha conseguido que jóvenes de distintos países protesten cada viernes frente al Parlamento para que los políticos se hagan eco de sus propuestas.

El problema es que es un movimiento que ha de aspirar a llegar a todas las capas de la sociedad y que, por desgracia, todavía no ha calado en las generaciones más adultas. Por un lado, es curioso cómo vivimos pensando en nuestro futuro, en los 35 años que debemos cotizar para tener derecho a una jubilación o los que nos quedan para terminar de pagar la hipoteca y, sin embargo, no somos conscientes de que nos estamos cavando nuestra propia tumba. Por otro lado, estamos ensimismados en llevar una vida saludable, donde filosofías como el veganismo o el realfooding han terminado convirtiéndose en modas de Instagram. Bien es cierto que, que algo se convierta en trending topic ayuda a promocionar hábitos o formas de pensar muchas veces beneficiosas para la comunidad. Algo parecido pasó hace un par de años con el feminismo y “gracias” a la viralización que se hizo en ese momento de esta corriente – a pesar de que fuera muy criticada-, ha llegado a muchos más sectores de la sociedad y más hombres y mujeres se sienten cómodos con el término.

Pero este no es el tema. Nuestro problema reside en que nos cuesta levantar la vista de nuestro ombligo y creemos que el fin del mundo es cosa de la ficción y que, antes de que el planeta se convierta en un lugar inhabitable tanto para nosotros como para los hijos de nuestros hijos, el ser humano habrá sido capaz de inventar lo necesario para revertirlo.

Es por eso que cada vez más los jóvenes exigen al gobierno que la protección del medio ambiente se convierta en un pilar. Pero para eso debemos tomar conciencia el resto de ciudadanos y adoptar medidas urgentes para intentar frenar en lo posible el cambio climático que puede suponer una nueva debacle para el planeta y la humanidad.

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