Un oasis americano en la ciudad de Zaragoza. Viaje al otro lado del Atlántico

Texto: Elisa Navarro//

Imagínense una vida cómoda, con pequeños contratiempos no más allá de las paredes del hogar. Trayectos de ida y vuelta de casa al trabajo. Una vida sencilla, sin grandes ambiciones, sin grandes distracciones. La familia, la nación, la política española, el barrio, el café del mediodía. Pequeños mundos, uno en cada hogar, acotados por pequeñas fronteras, las vallas del jardín. 

Así era la vida de muchos españoles durante la postguerra. Así era la vida en el barrio de Carmina allá por el año 1960. “Mi barrio estaba formado por parcelas con un pequeño jardín”. Hogares obreros en el barrio zaragozano de La Jota ocupados por gente humilde que, a veces incluso, llegaban a compartir casa entre dos o más familias para pagar el alquiler.

Una vida que transcurría principalmente en la calle, con niños correteando y jugando. Tardes de primavera y verano en las que las madres también salían a charlar. “En mi barrio no pasaba nunca de nada. Y, si pasaba, no te enterabas. Veías a hombres que iban al trabajo. A mujeres coser punto. Además, mi madre era muy discreta. No le gustaba hablar de nadie por lo que todo comenzaba y terminaba en casa”, recuerda Carmina.

Imagínense ahora lo que supone llenar con “todo” esa nada. Convertir la rutina en un asombro constante. Como si, de repente, un terremoto hubiera sacudido la ciudad haciendo temblar al mismo tiempo todos sus cimientos. Un golpe de color. Una oleada de modernidad. Una brisa de aire fresco. Así. Así podemos imaginar que fue la “irrupción” de la base americana en la ciudad de Zaragoza en 1959.

Capítulo 1. El barrio. Carmina

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CARMINA 8 AÑOS
Carmina con 8 años

Zaragoza era el lugar estratégico donde los americanos decidieron instalar su base aérea militar a fin de tener más controlado a un enemigo común: la Unión Soviética. El pacto firmado con Franco les permitió instalar a parte de su ejército y España comenzó a salir por fin del aislamiento internacional en el que estaba inmerso. Labase, llena evidentemente de americanos, esparció por distintos puntos de la ciudad a estadounidenses que, por periodos concretos de tiempo, venían para quedarse. Pero no vinieron solos. No, qué va. Vinieron con sus coches, con sus costumbres, con sus pelos rubios, con su moda, con sus juguetes, con su música.

A finales de los 60, Carmina tenía entonces unos ocho años y los americanos simbolizaron, sin mucha metáfora, un verdadero despertar. “De repente el barrio se llenó de coches. Nosotros no veíamos coches más que cuando alguien se ponía enfermo y pedía un taxi. Nadie tenía uno propio”.

Enseguida se enamoraron de las casitas del barrio humilde de La Jota de Zaragoza. Quizá por aquel trozo de jardín que les recordaba un poco al hogar que habían dejado al otro lado del Atlántico. Fue entonces cuando comenzaron a alquilarlas. “En mi barrio se provocó una verdadera revolución”. Y de la normalidad, la estabilidad y la quietud, de repente, cada rincón empezó a tener vida propia. “Empezamos a ver cosas tan diferentes… Recuerdo por ejemplo los árboles de Navidad. Aquí no los conocíamos porque ni había televisión ni sabíamos que en América existían”. Qué gran sorpresa la de aquellos niños, cuando vieron por primera vez, a través de las ventanas de la calle, un artilugio lleno de luces brillando en el interior de los hogares americanos. Y de casa en casa, perdiendo el aliento, corrían para contemplar, a pie de calle, más árboles encendidos.

Un amigo americano

Hacerse amigo de un americano iba mucho más allá de la mera amistad. Significaba llenar las horas con actividades siempre fascinantes fueran las que fuesen. Suponía saciar la imaginación, la mente y, no menos importante, el estómago.

VECINICO
Vecino americano del barrio y amigo de Carmina

Y a pesar de todas las prohibiciones que desde casa se pudieran imponer, para aquellos niños, los americanos pasaron a convertirse en el epicentro de sus vidas y cualquier movimiento, cualquier paso, los conducía hacia ellos de manera inevitable. Tan diferentes y tan próximos que resultaban imposibles de obviar. “Tenía prohibido entrar a ninguna casa. Ni de americanos ni de españoles. Por supuesto, me lo saltaba”. Tener un amigo americano molaba, molaba un montón. Conseguirlo era como ser poseedor de una mina llena de diamantes, como tener un baúl de tesoros del que sacar día tras día pequeños trocitos de modernidad. Suponía, por ejemplo, masticar por primera vez chicle blando. “Aquí nos compraban un chicle duro que era imposible de comer y, de repente, llegan los americanos con cajas enteras de chicles blanditos y, bueno, bueno… nos parecía una delicia”.

Pequeños banquetes. Eso era tener un amigo americano. El disfrutar de pequeños banquetes llenos de variedad y abundancia en pleno ecuador de la tarde. “Cenaban a las seis, la hora en la que nosotros estábamos en la calle a nuestro aire. Entonces, te invitaban a cenar. Todo a lo grande. No era como en mi casa o en la de cualquiera que se sacaba un paquetico de chorizo que habías comprado para dos días. Ellos, todo a lo grande”.

Y como cortesanos invitados en un palacio ajeno, como personajes de un sueño que irrumpen en una casa extranjera en la que ni siquiera se hablaba el mismo idioma, los niños felices se chupaban los dedos comiendo helado sin parar. Un helado que parecía inagotable y no era ni siquiera domingo.

Pero si los pequeños transgredían normas y órdenes mordiendo cada noche la manzana americana, los adultos no se quedaban atrás. Subirse al carro americano pasó también a formar parte de su objetivo vital. “El sueño del barrio se convirtió en encontrar trabajo en la base americana”.

La base aérea, un oasis americano incrustado en Zaragoza
CARMINA Y SU MUÑECA
Carmina y su muñeca

La base aérea era un pequeño microcosmos americano dentro de la ciudad. Con su supermercado, su cine, su zona de oficinas, todas las coca colas que quisieras incluso sin ser Navidad, su escuela… Los niños americanos iban cada mañana al colegio en autobús y, sobre las cinco de la tarde, regresaban al barrio con sus papás donde, los españoles ya los esperaban con impaciencia.

Un día, Carmina fue de visita a la base y, una vez allí, al supermercado. “Compraban y llenaban carros”.

La fortuna también de pasear entre aviones en una época en la que era extraño ver coches por las calles y subirse incluso a uno de ellos. Un avión de guerra que nunca llegó sin embargo a despegar del suelo.

“Recuerdo que una vez llegaron unos nuevos vecinos americanos de los que también me hice amiga. La niña era la típica americana rubia y guapa y que además….olía a champú”.

El mundo de los olores era otro universo pendiente de descubrir. Y a falta de televisión, bueno era el ingenio. Los niños jugaban a adivinar, parándose enfrente de cada casa, si los propietarios eran americanos o españoles. Una sutil diferencia que, sin embargo, nunca les haría fallar: el olor. “Mientras que aquí se utilizaba lejía y jabón de tajo, ellos tenían ya un jabón que, con los años, acabaría llegando a nuestro país”.

Vivencias. Pequeñas vivencias capaces de alterar para siempre el universo de una niña de ocho años.

Con chanclas y a lo loco

Y cuando en España el miedo a enseñar los tobillos era una realidad, cuando las faldas y los leotardos estaban a la orden del día y el lucir demasiado cualquier trozo de carne era todo un escándalo, llegaron las americanas con sus bermudas. “Monísimas. Las veías con el pantalón corto y moviendo las chancletas. A mí me tenía aquello encandilada. Claclacla”.

Por aquellos años, el sueño de cualquier niño zaragozano era poder ser, aunque fuera por unos segundos, un americano. Por eso jugar a serlo era algo natural. ¿Que tu pelo moreno delataba tu identidad? Daba igual, llevabas tus chancletas y hablabas en perfecto inglés. ““Guachuifichu”. Y cogida del brazo con una amiga, me creía que la gente pensaba que éramos americanas”. Qué alegría la de Carmina cuando al fin le regalaron su par de chancletas para hacerlas chocar contra el asfalto.

Era la década de los años 60 y en Estados Unidos reinaban los Levis, los tutús, los pantalones cortos. Una moda atrevida y provocadora que se coló en Zaragoza antes de lo previsto.

Reciprocidad
AMERICANA, CARMINA Y ESPAÑOLA
Tarde de amigas. A la izquierda una niña americana con una toquilla española, en el centro, Carmina y a la derecha una amiga del barrio.

Una cosa está clara. Dos partes no son amigas si una no quiere. Y es que el asombro era mutuo. Mientras los españoles perdían el aliento tras ver un árbol de Navidad, un coche, una nevera llena de comida o tras escuchar el sonido de una chancleta golpeando contra el suelo, también los americanos disfrutaban de lo lindo. Muchos de ellos vieron el primer ascensor de sus vidas en España. Que se lo digan ahora a los Estados Unidos…. 

“Nuestro intercambio era muy curioso. Recuerdo que mi madre cuando quería obsequiar a sus amigas regalaba para sus hijas trajes de sevillanas con volantes y para los niños, compraba el típico toro que se encuentra fácilmente en las tiendas de souvenirs”. Una sencilla manera de hacerlos muy felices.

Inolvidables también aquellas tardes de domingo en las que americanos y españoles, todos juntos en familia, iban a merendar a la orilla del río.

EXCURSIÓN AL RIO
Excursión al río. Familias españolas y americanas se daban cita a la orilla del río para pasar el día.
Si nada de esto hubiera sucedido

Los americanos consiguieron abrir nuevos agujeros por los que contemplar el mundo. Una ventana que descubría una realidad transgresora. Una visión renovada, exótica y nada recatada de lo que significaba vivir. Nuevos retos, nuevas amistades, nuevas mezclas. Afroamericanos casados con blancas. Hijos mulatos. “Hasta entonces no conocía más negros que los de las misiones del Domund”, exclama Carmina. De repente, el mundo era mucho más vasto que las calles del barrio. Sus fronteras mentales se ampliaron más allá de Zaragoza, más allá de España. Y todo sin moverse de sus casas, porque aunque nunca viajaron a América, América había volado hasta ellos. Literal.

Una ruptura de rutinas para muchos aragoneses. Entre ellos la de María, la madre de Carmina.

Capítulo 2. La casa. María

Leer con esta música: “Younever can tell” de Chuck Berry

Cuando el ir y venir de estadounidenses en el barrio comenzó a ser habitual pronto se supo que las americanas no podían vivir sin su señora de la limpieza. Y así, de manera inesperada, las españolas se convirtieron en amas de casas fuera de sus propios hogares. De repente y sin saberlo, otra gran revolución había comenzado: la de la mujer trabajadora.

HERMANOS
Los tres hermanos

“Todas estaban encantadas con su americana. Mi madre oía los comentarios de las mujeres y empezó a decir: “Ay, chica, y ¿si me buscase una casa americana? Fíjate fulanita ya está trabajando…”

Un obstáculo, sin embargo, impedía a María actuar con libertad: su marido, para quien resultaba ofensivo que su mujer trabajara fuera del hogar y, más todavía, en casa de americanos, aliados con el bando franquista y radicalmente opuestos a sus ideales. No obstante, el deseo de María traspasaba todas las fronteras y se gestaba con una potencia imposible de frenar. De nuevo, el efecto imán, la sensación de ser arrastrado por una fuerza circular que conducía siempre a un mismo centro.

Un día, una amiga que tenía una tienda de ultramarinos-la típica tienda de barrio en la que venden un poco de todo-, le comentó que una americana majísima necesitaba una persona para planchar en su casa y que serían poco más de dos horas a la semana.

-“¿Sabéis lo que os digo? –espetó María a sus hijas- Que lo voy a hacer. Total, cuando vuestro padre vuelve a casa yo ya estoy de regreso y qué sabe él si he estado dentro o fuera”.

Enseguida, María y su señora americana forjaron una amistad muy intensa que poco entendía de diferencias, de nacionalidades ni de idiomas. “De repente, para mi madre, solo existía su americana”.

LUIS
Luis, padre de Carmina

Un punto y aparte en su historia. El inicio de una vida paralela que se abría paso en su día a día para comenzar a sentir, quizá por primera vez, la brisilla de la libertad, ausentarse de casa durante unas horas, cobrar un sueldo y transitar otro universo sin moverse de su barrio. El precio de esta vida era sin embargo su silencio. Un silencio transgresor con el que Luís, su esposo, ignoraba su vaivén matinal. Y mientras él creía que nada había cambiado, como si de un barco de vapor se tratase, la plancha estaba encendida en casa de los Smith*y María, al frente del barco, planchaba y planchaba mientras reía con el bebé de la casa. Colocaba la cunita a su lado y le cantaba canciones sin parar. También la americana entraba y salía relatándole historias del día anterior. Como la primera vez que fue al tubo, por ejemplo, la zona de tapas de Zaragoza.

Anécdotas que la americana relataba como podía con la consiguiente dificultad de explicarlo mediante gestos. Aquello parecía el “juego de adivinar la película”. En aquella ocasión, parece que para poder hacerse entender “fue a la cocina y comenzó a señalar el tubo de la fregadera. Luego se llevaba las manos a la boca haciendo entender que era algo que se comía y que mmm estaba buenísimo”. Cuando María conseguía entenderla reían sin tregua. Si no, reían también. Era tan intensa su amistad que, de los dos días semanales pactados al inicio, la americana le propuso ir más a menudo. “No sé qué plancha le guardaría porque tampoco creo que los americanos lavaran tanto. Pero bueno…”.

Y a falta de televisión, estas historias eran en casa de María la telenovela del hogar. Después de comer, cuando su marido volvía a marcharse de nuevo al trabajo, quedaba mucha tarde para hablar y contar, con todo lujo de detalles, aquellas y otras historias. Una conversación entre mujeres -la madre de María, que vivía con ellos en el hogar, la hija mayor, once años más grande que Carmina y Carmina que, aunque era todavía pequeña adoraba sentarse a escuchar-. Su hermano, el mediano, completamente inmerso en la adolescencia, era el único al que no le interesaban estas tertulias. Historias que se contaban cuando el padre estaba ausente y que nadie recordaba a su regreso. María estaba contenta con su trabajo, su nueva amiga y su transitar. La abuela y las hijas lo pasaban en grande con sus historietas y no veían nada malo en esta licencia materna.

Luis era un hombre cariñoso, confiado, educado a la antigua usanza. Cada primero de mes le entregaba, como tantos padres de familia, la paga a su esposa, que era quien sabía cómo administrarlo y atender a los gastos que el hogar necesitaba. Por eso, jamás se percató de si había más dinero en casa. Las cuentas, como la economía del hogar, las llevaba María.

Un coche cargado de regalos

Pasarían pocos minutos de la una cuando un día entre semana cualquiera, estaban acabando de comer en casa de Carmina. Ella ya se había levantado incluso de la mesa. Sus padres, en cambio, junto con la abuela, apuraban los últimos momentos antes de que Luis tuviera que marcharse de nuevo al trabajo. Aquel, sin embargo, no iba a ser un día cualquiera. De pronto, el sonido de un claxon los despertó de su rutina. Era la amiga de María que venía con su marido, un hombre serio al que nunca antes habían visto. “¡Mira, mira!” Y en la parte trasera de aquellos coches estupendos, un montón de juguetes para Carmina: una cuna de bebés con sus sábanas y sus mantitas, barbies equipadas con armarios llenos de vestidos en una época en la que todavía no habían llegado a España; una caja para pintar cuadros con pinturas incluidas…Regalos que llegaban a la base para ser donados entre los niños españoles por Navidad. El marido de la americana, jefe de algún departamento, había podido escoger de entre todo lo que había lo más bonito para la más pequeña de la casa.

La situación algo tragicómica. María, nerviosa, entre la alegría y la vergüenza. Carmina, excitada con los regalos, pero temerosa ante la reacción de su padre. Y el salón convertido de pronto en un almacén de novedades. Luis, atónito, sin comprender nada. La americana entusiasmada intentando comunicarse entre gestos y carcajadas con él, sin sospechar que todavía no sabía de su existencia y, por último, el marido de ella, un hombre estirado y serio que, evidentemente, tampoco hablaba español. Una escena pintiparada a las descritas por Ramón J. Sender en La tesis de Nancy.

Lo que más temía Carmina era que su padre rechazara todos aquellos regalos. LCARMINA JUVENTUDuis, que trabajaba por y para su familia y que le llenaba de orgullo poder obsequiar a sus hijos, algún domingo o día señalado, con pequeños regalos. Regalos humildes que suponían sin embargo un gran desembolso teniendo en cuenta su sueldo. Por eso, los presentes que ocupaban ahora cada milímetro de su salón eran para él una ofensa. Externos a su esfuerzo, a su trabajo y a su persona. Un obsequio que, además, no podría devolver en el futuro. Afortunadamente para Carmina, Luis no expresó sus pensamientos ante los invitados y esperó a que se marcharan para hablar con su mujer.

Aquellas navidades de 1970 Luis descubrió que su esposa tenía una amiga americana a la que iba a planchar semanalmente y en cuanto a ella… finalmente, pudo respirar en paz y dejarse ya de medias verdades y encubrimientos.Trabajó para ellos un total de dos años, hasta que, igual que ocurría con el resto de familias estadounidenses, llegaba el día en que debían volver a su país. Su marcha devolvió a la rutina casera a María y a Carmina que extrañaban enormemente su ausencia.

La historia de María es una de tantas. Un cambio de mentalidad, el de la mujer trabajadora, que supuso el reducir las distancias entre hombres y mujeres y un paso hacia delante en la lucha por la igualdad. “Antes de los americanos, solo recuerdo a las mujeres dentro de sus casas”.

Capítulo 3. La peluquería. Carmina

En plena transición a la democracia española, Carmina transitó también hacia la madurez dejando tras de sí su visión de niña. En la década de los años 60 y 70 muchos acontecimientos estaban sucedido en el mundo, demasiados, y los americanos eran el epicentro de la mayoría de ellos: el conflicto abierto entre la Unión Soviética y Norteamérica que amenazaba con acabar con el mundo entero y que alcanzó su momento álgido en 1962 con la Crisis de los misiles cubana. Un momento histórico que obligó a activar el estado de alerta en todas las bases americanas –la de Zaragoza incluida-. Además, la Guerra de Vietnam, en la que América fue finalmente derrotada en 1975. En ese mismo año, la muerte de Franco y el fin de la dictadura. Y en medio de todo este escenario, Zaragoza, donde los americanos seguían teniendo presencia. Conflictos y tensiones mundiales y nacionales que también se vieron materializados en la capital aragonesa. Poco a poco, el mundo idílico americano que Carmina había conocido de niña se iba desplomando ante sus ojos. Las revueltas y peleas entre yanquis y españoles fueron una realidad y los estadounidenses se convirtieron en portada de los periódicos de la ciudad. “Se dice también que, en la última etapa de presencia americana en la Zaragoza –finales de los años 70 hasta principios de los 90-, enviaron a militares sin altos cargos y sin mujeres, por lo que el descontrol y la degradación fueron en aumento”, afirma Carmina.

EN LA FERIA
En la feria. “Mi madre adoraba la feria”.En la primera foto: padre, madre y sobrino de Carmina, hermano y Carmina.

Ante las revueltas callejeras, los estadounidenses se replegaron en la base y ya no salían tanto como al inicio. Carmina no pasó su adolescencia con americanos, no los recuerda. A sus 17 años –finales de los años 70-, entró a trabajar en una peluquería. Se trataba de un salón de belleza situado en el Coso, pleno casco histórico de la ciudad, con mucho prestigio y mejor reputación. Por eso las americanas solían ir a menudo a arreglarse allí el cabello. A diferencia de la relación de amistad que estableció Carmina con los americanos durante su infancia, el escaso contacto de esta época se traducía meramente al laboral. Todo había cambiado de manera irreversible: “Así como de niña me parecían lo más de lo más, de mayor pasé a verles incluso sucios, dejados…Y en cuanto a ellas, no me hubiera muerto por ninguno de sus bolsos. Recuerdo también que a bebés con muy pocos meses les daban biberón con Coca-cola. Había muchas cosas por las que sentía ya incluso repulsión”. Una virtud sin embargo seguía diferenciándolas: su generosidad, que se traducía en propinas cuantiosas que, sin duda, alegraban la mañana.

En cuestión de 20 años, los simpáticos y despampanantes americanos de finales de los años 50 se transformaron, a ojos de la población zaragozana, en otros, problemáticos y juerguistas. Un cambio de visión marcado también por la muerte del caudillo que despertó en la ciudad un fuerte sentimiento anti-imperialista. A pesar de esta última etapa, los que conocieron los inicios de la base aérea no podrán olvidar jamás esa irrupción gloriosa, aquellos años dorados que consiguieron teñir a la ciudad de color, vanguardia y energía durante los últimos años de la dictadura franquista.

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Las últimas tropas americanas partieron de la ciudad el 30 de septiembre de 1992, aunque hoy, todavía queda alguno recluido en Zaragoza, que se reúne los viernes por la mañana en el café Levante. Quién sabe si algún día compartirá también con nosotros sus recuerdos.

*Carmina no recuerda con certeza el apellido de la familia americana

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