Aquellos maravillosos ochenta

Adrián San Román//

Los blockbusters pierden fuelle. Endurecen sus historias para intentar convencerte que lo que ves tiene un gran calado social y psicológico. Fotografía oscura, villanos con soliloquios citando frases de filosofía de 2º de Bachillerato… Ya no engañan a nadie. Y en medio de esa tendencia que se desintegra por momentos, algunos visionarios recicladores echan mano del baúl de los recuerdos, para probar hasta qué punto lo que funcionó hace casi 40 años puede funcionar en nuestros días.

Corría el año 1977, cuando cinco amigos se reunieron en una vieja sala de proyecciones que habían cerrado para uso privado. Por aquel entonces no eran gente especialmente conocida, pero la historia del cine les acabaría colocando en el estatus de leyendas. Ellos eran Steven Spielberg, Brian de Palma, Martin Scorsese, Francis Ford Coppola y George Lucas. ¿El motivo de su reunión? Lucas había acabado su última película, una historia de vaqueros y samuráis del espacio que viajaban en naves con forma de hamburguesa. Su título original había sido Galaxy Wars, pero el propio Lucas había decidido cambiarle el nombre por algo un poco más pegadizo, algo así como Star Wars.

Lucas, el hermano pequeño del grupo,  había vivido toda su vida a la sombra de sus compañeros, que siendo apenas unos chavales ya habían firmado títulos como Carrie (Brian de Plama, 1976), Tiburón (Steven Spielberg, 1975), Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976) o El Padrino (Francis Ford Coppola, 1972). Había vivido a la sombra, dado que su única aportación hasta el momento había sido una setentera American Grafitty (1973) que distaba mucho de la repercusión de las películas de sus compañeros. Lucas se había ganado el estatus de segundón, casi de mascota de aquel distinguido grupo y aquella proyección era su billete de salida hacia el estrellato que le pondría a la misma altura que sus colegas de profesión. 121 minutos después, ellos se levantaron de sus butacas haciendo gestos de burla y aspavientos. “Es la peor película que he visto nunca”, diría Brian de Palma al pobre George delante de todos sus amigos. La película no entusiasmó demasiado al grupo, que la tildó de absurda y horrorosa, a excepción de uno de los presentes. Después del vilipendio de críticas, Steven Spielberg, con quien Lucas siempre había trazado una amistad más fuerte que con el resto del grupo, se le acercó para darle su opinión. “Va a ser un éxito, va a recaudar millones”, le dijo el actual Rey Midas de Hollywood.

***

Hoy, cuarenta años después, sabemos que Spielberg dio en el clavo. Star Wars se convirtió en la saga más rentable de la historia del cine, redefinió el concepto de merchandising e incluso sirvió de impulso para crear una nueva religión en el corazón de Norteamérica. Y no deja de resultar curioso que de aquel distinguido grupo de cineastas, solo Spielberg fuese capaz de vaticinar la que se venía encima. Durante los años siguientes, el cine comercial se redefinió utilizando las premisas de Star Wars como molde garantizador de éxito. Dando luz verde a historias trepidantes, cómicas y divertidas. Con valores de fondo como la amistad o la curiosidad. La ciencia ficción, el cine de aventuras, el de terror o el de fantasía mutaron hasta hacerse hueco en la parrilla de las películas más taquilleras de la década. Y por supuesto, aquel agitado periodo dejó a Spielberg como el indiscutible maestro del séptimo arte, con títulos como Los Goonies, Indiana Jones o E.T. El Extraterrestre. ¿Qué fue lo que Spielberg vio en aquella película? ¿Cuáles fueron los indicadores de que aquella iba a ser la película que lo cambiaría todo? Spielberg encontró en Star Wars unos principios universales, una serie de patrones que funcionarían atemporalmente con los espectadores de todo el mundo. Hasta tal punto que su herencia persiste hasta nuestros días en forma de homenaje. Bienvenidos de nuevo a aquellos maravillosos ochenta.

El otro día, viajaba con mi hermana pequeña en el coche y se me ocurrió ponerle algo de música. Es bien sabido que las nuevas generaciones difícilmente tienen acceso a composiciones que se salgan del círculo comercial y sobre todo a tan tempranas edades. De modo que sin pensármelo dos veces pinché mi lista de “Clasicazos”, esa lista que tenemos los inadaptados que renegamos de la música comercial moderna y que encontramos un triste consuelo en la música hispter alternativa actual. Estaba sonando el fantástico tema Hooked on a Feeling de Blue Swede, cuando mi hermana pegó un brinco entusiasmada para decirme que le encantaba esta canción. Este hecho me extrañó sobremanera, dado que desconocía absolutamente que mi hermana hubiese escuchado alguna vez en su vida a la banda sueca. Pero allí estaba ella, cabeceando al ritmo de la canción como si se la supiese de memoria. “Esta canción salía en Allie McBeal”, dijo mi padre desde el asiento del conductor. Y casi inmediatamente, mi hermana dijo: “Es la banda sonora de Guardianes de la Galaxia”.

Guardianes de la Galaxia. Esa aventura gamberra marveliana abiertamente ochentera que ha traído de vuelta desde la tumba todo un repertorio de clásicos demostrando, al igual que lo hizo Spielberg, el potencial de las cosas sin seriedad aparente. Esta saga firmada por James Gunn, que ya cuenta con una segunda entrega, solo es la cabeza de lanza de un fenómeno mucho más extenso. Los ochenta están de moda y uno se pregunta en mitad de esta tendencia quién tiró la primera piedra. Los inicios de esta nueva corriente cinematográfica están un poco dispersos, pero podemos encontrar uno de los primeros alicientes en el mundo del cortometraje. Y concretamente en una persona, un desconocido sueco que prácticamente solito sacó adelante el proyecto de su vida. Su nombre: David Sandberg. Producida con crowdfunding, y mediante la productora Laser Unicorns, Sandberg estrenaba en el festival de Cannes de 2016 su ópera prima: Kung Fury. La historia de un policía de Los Ángeles, que tenía la misión de viajar atrás en el tiempo para derrotar al mayor maestro del kung-fu de la historia: Adolf Hitler, también conocido como Kung-Führer. Eso sin mencionar a las máquinas de arcade asesinas y los laserraptors —velociraptors con rayos láser en los ojos para los profanos—. En resumidas cuentas, una locura. Una locura que obtuvo más de un millón de participantes en su campaña de crowdfunding, que llegó al festival de Cannes y que obtuvo la colaboración del mismísimo David Hasselhoff, que prestó su voz para el tema principal de la película.

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El fenómeno es digno de análisis. Y las primeras preguntas llegan sacudiendo los cimientos de nuestro criterio cinematográfico. ¿Estamos hablando de cine de culto o simplemente de una broma pesada? ¿Puede la comedia socarrona y absurda trascender de su propia condición? O, la pregunta que resumiría todas: ¿Podemos realmente tomarnos en serio una película como Kung Fury? Después de un periodo de análisis de más de un año, y tras valorar las diferentes ramificaciones que el fenómeno ha tenido a lo largo del mundo, la respuesta parece clara: sí, y mucho. Hasta tal punto que este estilo cinematográfico puede ser la clave para relanzar a la empresa del blockbuster. Ahora nos centramos en otro caso particular, el caso que nos dará pruebas fehacientes de que la estética y la narrativa ochentera no son una simple broma sino una auténtica máquina de hacer dinero y de cosechar éxito entre la crítica mundial. Estamos hablando de la fábrica de las ideas, donde se viste de licra y el mundo está continuamente en peligro. Estamos hablando de Marvel.

En 2008, Marvel lanzaba a las salas de cine la película que revolucionaría el género de superhéroes. Estamos hablando de Iron Man, dirigida por Jon Favreau y protagonizada por Robert Downey Jr. Este filme daría el escopetazo de salida a toda una saga compuesta a día de hoy por más de veinte títulos, que se estrenarían en apenas diez años. Sin embargo, la excesiva cadencia del estudio acabaría colapsando tanto a nivel narrativo, repitiendo la misma historia una y otra vez, como a nivel de crítica. Mientras tanto, las tramas se volvían más oscuras, más serias, en un burdo intento de igualar corrientes fílmicas sobre la figura del superhéroe, próximas a los estilos narrativos de Snyder o Nolan, abanderados de la casa DC Comics. En medio de ese batiburrillo, surgió la figura de James Gunn. Al que podríamos definir con múltiples adjetivos, pero de entre los cuales nos quedaremos con el de friki. James Gunn era un friki al que le encargaron la misión de llevar a cabo una nueva película de Marvel, con personajes secundarios sobre los que nadie había oído hablar jamás, los por aquel entonces completamente desconocidos Guardianes de la Galaxia. Había algo de dinero y la próxima película del estudio no llegaría hasta medio año después. Y por supuesto, los fans acérrimos de la casa no podían permanecer tanto tiempo sin su habitual chute de testosterona. De modo que Gunn, ni corto ni perezoso, decidió arriesgar. Esto hasta el momento había sido terminantemente prohibido por la directiva de Marvel y, concretamente, por su director ejecutivo Kevin Feige, que no dudaba en eliminar metraje de las películas del estudio como quien corta mozzarella si no le gustaban y que en más de una ocasión había llegado a rozar los despidos improcedentes con los directores que se le habían revelado. Todavía no sabemos exactamente cómo, pero Gunn atravesó la censura impunemente y firmó la que posiblemente sea la primera película en la que el director SÍ tenía algo que decir dentro de la marca Marvel. Plagó su película de humor absurdo, referencias ochenteras y una banda sonora compilando los grandes temas de la década dorada. El resultado fue un éxito en taquilla y en crítica, salvando a Marvel del vilipendio habitual de los críticos. En este caso, una huida hacia las tramas ligeras y las historias que no se toman en serio a sí mismas fue el camino acertado para conectar con la esencia de los personajes y del público. Creando así la que podríamos considerar la primera película de autor dentro del universo Marvel, que sería completada y mejorada con su Volumen 2.

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El efecto del éxito de Gunn fue inmediato y el cine de superhéroes realizó un viraje brusco, buscando ese nuevo tono gamberro y humorístico que nos dejó películas acertadas —como Deadpool (Tim Miller, 2016)— y otras menos acertadas —como Escuadrón Suicida (David Ayer, 2016)—, que si bien ya no presentaban esa estética ochentera, sí que preservaban el tono que había caracterizado a Guardianes. El tono se potenció y se llevó al extremo en la nueva entrega de Thor, dirigida por el excéntrico y siempre genial Taika Waitiki, que pobló el tráiler de su película con temazos ochenteros, colores psicodélicos, títulos de neón epilépticos y de nuevo, el ya consagrado humor que incitaba a no tomarse en serio nada de lo que ocurriese en la película. Una forma de consagrar un nuevo estilo, que había redefinido a toda una empresa cinematográfica y que estaba en esos momentos garantizando el éxito de la misma.

De este modo, el tono y la estética ochentera se ganaron un hueco privilegiado en la supervivencia del blockbuster millenial por excelencia: el cine de superhéroes. Llegando a redefinir el género, zarandeando las bases con las que había sido concebido unos años atrás, también en parte, como estrategia corporativa para distanciarse en el estilo de su gran competidora, DC Comics, que siempre había optado por historias oscuras con gran carga psicológica. Ya fuese en el contenido o simplemente en la estética,  esta corriente cinematográfica trascendió del blockbuster para llegar a otros géneros. El primero de ellos, el serial, en unas condiciones muy similares a las que había llegado al cine de superhéroes.

Después de Sandberg y Gunn, el último autor, o más bien autores, que faltan para cerrar esta triada, serían los hermanos Matt y Ross Duffer, guionistas y directores del último éxito de la plataforma Netflix: Stranger Things. Una serie que se presenta como una copia deliberada de una selecta carta de películas ochenteras, la mayor parte de ellas dirigidas por Spielberg. No sin razón, apuntábamos al inicio de este artículo, que Spielberg había sido el primer pilar de esta corriente cinematográfica ochentera, antes incluso de que esta se definiese. De este modo, cualquier espectador curtido podrá identificar secuencias calcadas de clásicos ochenteros como E.T. El Extraterrestre, Los Goonies y Encuentros en la Tercera Fase. Pero también procedentes del cine de John Carpenter —Viernes 13, La Cosa— o del cine de Ridley Scott —Alien, El Octavo Pasajero—. Sin embargo, este fenómeno cultural tuvo sus antecedentes, que fueron menos afortunados que la serie de los hermanos Duffer. Super 8, dirigida por J.J. Abrams, presentaba una premisa muy similar que no acabó de cuajar. Lo que nos demuestra hasta qué punto el éxito de los revivals viene determinado por la moda y que los productos estrenados a destiempo difícilmente pueden triunfar en taquilla o iniciar grandes movimientos culturales.

Esto lleva al siguiente punto de análisis: la continuación en la actualidad de sagas iniciadas en los ochenta. Es de todos sabido que la tesitura actual del cine comercial propicia que los productores solo inviertan en historias con avales, lo que se traduce en la proliferación desmedida de secuelas, spin-offs, y reboots. Pero si bien esta tendencia se arrastra desde finales de los años 2000, nunca hasta ahora habíamos tenido tanta concurrencia de sagas iniciadas en los ochenta. Comenzando por las básicas, como Star Wars, Indiana Jones —ambas creaciones de George Lucas— o sagas menos prolíficas como Alien o Blade Runner. El cine de claras influencias ochenteras está de moda, no solo en su estilo narrativo, sino también por la potencia de las historias que durante aquella época se crearon y que siguen siendo una mina de oro para las grandes productoras. Podríamos hablar, de acuerdo a las tesis de los más catastrofistas, de una incipiente crisis de la ideas, pero un servidor prefiere achacarlo a una mera cuestión económica. Resulta tremendamente complicado llevar a cabo proyectos innovadores cuando el mundo entero pide más dosis de melancolía en vena y cuando vemos que, aunque estemos copados de spin-offs y reboots, estos siguen vendiéndose como churros. Y no solo en taquilla, sino que podemos observar una inadvertida tendencia enmascarada en los premios Oscar a nominar, que no premiar, a películas ambientadas durante las épocas de los 70 o los 80. ¿Cómo luchar contra eso?

Como cierre a este breve análisis, también podríamos hablar de un sentimiento profundo y contrastado de nostalgia. Los ochenta triunfan a nivel de crítica y taquilla y las premisas, que a priori podrían parecer absurdas o sin futuro, son demandadas por las masas. Existe un rechazo generalizado a la herencia actual, casi subconsciente, que nos hace valorar con mayor indulgencia aquellas historias que se presentan en un contexto pasado. “Todo tiempo pasado fue mejor”, dicen algunos y si bien prácticamente todos rechazamos esta pesimista premisa, los números no mienten.  Como Brian de Palma, ninguno daríamos un centavo por una historia de samuráis y vaqueros del espacio que viajan en una nave con forma de hamburguesa.  Y en la actualidad, tampoco hubiésemos apostado por la historia de un cazarrecompensas bailongo acompañado de un árbol parlante, un mapache, un exluchador de wrestling pintado de rojo y una tipa verde. Suena casi a sketch de los Simpson. Pero en ambos casos, estaríamos equivocados.

El cine funciona por ciclos. Posiblemente, lo que hizo que Spielberg recapacitase y valorase el potencial de Star Wars fue que reflexionó sobre la coyuntura del cine de los setenta. Ese cine oscuro, deconstructor, que apelaba a los miedos del individuo. Ese Padrino desalmado, esa vengativa Carrie, ese apático Travis Bickle o ese sanguinario escualo. En contraste con el cándido Luke Skywalker, ese pilluelo Indiana, ese achuchable E.T. o ese alocado Doc. Los ochenta supusieron una liberación en la historia y en las formas, un manifiesto de la cultura pop que estipulaba que una mayor seriedad no hace una mejor película. Que el hombre es soñador y demanda un cine apropiado para él. Quizás para comprender el éxito de Guardianes, de Kung Fury o de Stranger Things, deberíamos repasar nuestra historia cinematográfica y analizar qué estilo ha imperado durante los últimos quince años. Un enigmático y completamente chalado Joker, un frío y calculador Anton Chigurh o un bipolar y siniestro Gollum. Los villanos fueron los protagonistas de la década de los 2000 y ahora le damos la vuelta a la tortilla. Quizás nos hemos cansado de historias serias, quizás hemos agotado nuestra paciencia hablando del fin del mundo y de la crisis definitiva. Quizás estamos muy cansados de que nos digan que el mundo se va al garete. Quizás, cuando vamos al cine, simplemente queremos desconectar, pasar un buen rato y salir con una sonrisa de oreja a oreja. A veces el cine es así, absurdo, intrascendente, pero innegablemente exitoso.

Autor:

Irene Lozano nombre Irene Lozano fotolinea decorativa

22 años, hater profesional. Siempre me ha seducido el arte bisagra, aquel que juega en el terreno de lo comercial sin olvidar la perspectiva del autor. Aquel que te invita a entrar, a conocer, y en definitiva, a ser una persona más crítica y completa.

Twitter Irene Lozano


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