Alberto Salcedo Ramos y los macondos de un país demasiado real

Kiko J. Sánchez//

Una vez escuché a Alberto Salcedo Ramos (Barranquilla, 1963) revelar su secreto. El secreto de una buena crónica. Decía que él escribe como quien cuenta un cuento. Tan sencillo, tan difícil. Hasta que el texto no es igual a la historia que un amigo cuenta a otro en la barra de un bar, la crónica no está viva. Y sus crónicas son así: reptan, vuelan, se trepan del papel a nuestros oídos como si fueran animales vivos. Como sus protagonistas y sus circunstancias: tan reales como increíbles.

Pepitas de Calabaza edita en España Viaje al Macondo real, una colección de perfiles y crónicas que se fueron publicando a lo largo de casi tres décadas en las revistas más prestigiosas de Latinoamérica y que ahora van conquistando continentes empujadas por el nuevo boom.

El libro mezcla sus grandes pasiones -la música, el boxeo y el fútbol- con las secuelas de un conflicto que sigue acumulando décadas y víctimas. Sus crónicas van de la anécdota a lo universal. Se detienen en el hecho destacable o estrambótico para desde allí iluminar lo que se oculta. Salcedo Ramos tiene un radar afinado para encontrar esas vidas que, a través de lo insólito, permiten reflexionar sobre los grandes temas de la existencia. Sus Bufones y perdedores tienen el coraje y el afán de superación pero están condenados por la tierra; Los imprescindibles nacen desde abajo, irrumpen en la fama desde la calle y en su caída consolidan su leyenda.

portada (REDUCIR)Son Wikdi, el niño indígena que lucha contra todo obstáculo para ir a la escuela y lograr ser uno de ellos, de los “civilizados”; Chivolito, el hombre que espera la muerte de sus vecinos para amenizar sus entierros con su humor y recibir unas monedas; Lupe Pintor, el boxeador que aprendió a pelear por su nombre femenino y combate en su conciencia con la muerte por K.O. de Jhonny Owen; Guillermo Velásquez, el Chato, el árbitro que expulsó a Pelé, y su particular visión de la justicia; Emiliano Zuleta, el Viejo Miles, y su historia de cómo compuso La gota fría; o Dario Silva, la estrella del fútbol que perdió una pierna y al fin cumplió su sueño, retirarse a un rancho a cultivar su huerto. Pero, en definitiva, ellos y las otras criaturas que pueblan estos territorios reales, son la desigualdad, la muerte, la injusticia y la justicia, la ambición y la humildad, el amor, el pasado y el presente…

Y de fondo, tras todos ellos, se advierten los ecos de la hojarasca que un día llegó para que en Colombia nunca nada fuera igual que antes. En Entre el esplendor y la sombra, la última parte del libro, Salcedo Ramos visita el lado más oscuro de su país. Aquel donde “los límites geográficos no son trazados por la cartografía sino por la barbarie” y “hemos ido perdiendo la facultad de sorprendernos frente a la violencia. Lo trágico nos conmueve solo cuando es exótico o monumental”. Lo monumental son las matanzas de El pueblo que sobrevivió a una masacre amenizada con gaitas, o las voces de las víctimas de Un país de mutilados; lo trágico la Cita a ciegas con la muerte, un recorrido por Bogotá junto a la arbitrariedad del asesinato; lo exótico, esos Enemigos de sangre, hermanos unidos por las armas pero separados por el bando en el que las empuñan.

En esos rincones de la tragedia colombiana, la vida ha continuado sin sus habitantes. Como en Hiroshima o Chernobil la maleza ha conquistado los espacios, y la barbarie los ha dejado aislados y olvidados. Pero los desplazados han de regresar huyendo del desdén institucional y la desconfianza de sus compatriotas, con idénticas dificultades que los verdugos que entregaron las armas. Porque en la otra Colombia, en la de las grandes ciudades, “sabemos, porque lo hemos advertido en los noticieros, que emigraron de su lugar de origen debido a la violencia, pero ignoramos la letra menuda de la catástrofe”. Como un círculo, la tragedia en esos pueblos comienza con su propio valor estratégico o la riqueza de sus tierras, y termina en las organizaciones armadas, previo paso por la pobreza o la fatalidad, que a fin de cuentas les pone en el mapa: “Los habitantes de estos sitios pobres y apartados solo son visibles cuando padecen una tragedia. Mueren, luego existen”.

Foto de Daniela Zavala

Fotografía: Daniela Zavala//

En sus textos, el cronista asume la primera persona, su mirada y su voz, en la medida exacta en la que, pese a ser omnipresente, no pide a gritos ser vista. Observa pero no interfiere. Guía la historia y la conversación, pero no hace de sí la historia. Los diálogos y el humor van construyendo la trama. Salcedo Ramos se adentra en la selva, se sube al ring, viaja en lancha o comparte techo y comida con sus personajes buscando la anécdota, el chisme o el lamento, y, junto a sus reflexiones, va perfilando la historia de un país en guerra permanente con la muerte. Porque sus crónicas son eso: voz e historia.

Decía que una vez escuché a Salcedo Ramos. Fue en uno de esos congresos de periodismo en los que se habla del negocio con el oficio como coartada. Apareció con su sonrisa permanente, vestido con el cuidado y la dedicación propia de las gentes del Caribe. Participaba en una de esas mesas de crónica latinoamericana junto a Jaime Abelló, otro miembro de la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano que fundó García Márquez. Eran como dos extraterrestres en una fiesta de dinosaurios. Y, como siempre sucede con el periodismo de allá, sus palabras fueron las que sembraban esperanzas y cosecharon aplausos. Tras divisar mundos mejores posibles, los dinosaurios se giraron para seguir ojeando su calculadora de visitas y likes. El resto de días permaneció entre el público, como un elemento extraño en ese mar de hojas de cálculo tan ajeno a su receta: buenas historias y bien escritas.

Los habitantes de Aracataca, el Macondo real en el que Gabriel García Márquez es Gabito y sus creaciones tienen anécdotas, nombre y apellidos, conocen su universo literario sin haber leído jamás Cien años de soledad o El coronel no tiene quien le escriba. No hace falta, hay algo en su realidad que tampoco es de este mundo, como los cuentos del Gabo. En ese pueblo, convertido en parque temático de su obra, y en el que se confunden lo real y lo ficticio, los aratoqueños llevan a los turistas a lugares que no existen para contar recuerdos de personas que no vivieron más allá de la literatura. Salcedo Ramos, como esos guías improvisados, nos lleva de visita por su país pero a la inversa: para contarnos historias que suceden a diario en ese rincón del mundo pero podrían ser escenas de la esquina más perdida y luminosa de la imaginación. Y lo hace como quien cuenta un cuento: tan sencillo, tan difícil.

-¿Para qué? Si nadie lee… -gritó un dinosaurio.

Ficha Técnica:

Título: Viaje al Macondo real y otras crónicas

Autor: Alberto Salcedo Ramos

Editorial: Pepitas de calabaza

Nº de páginas: 328

 

*Fotografía de portada: José Marenco//

Autor:

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Me encantaría que en mi DNI pusiera que nací en Utopía. Pero caí en el continente equivocado y además ese país aún no existe. Quizá por eso me interesan las pequeñas victorias de los que siempre pierden y las historias más curiosas que suceden en el planeta. Aquí trataré de contarlas, para que otros las conozcan y por el hecho egoísta de descubrirlas. A veces también dibujo personajes deformes y tristes que pretenden ser graciosos.

Twitter Blanca Uson

 

3 comentarios sobre “Alberto Salcedo Ramos y los macondos de un país demasiado real

    • el 20 julio, 2016 a las 2:45 pm
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      Muchísimas gracias, Marialexandra. ¡Corregido! Nos disculpamos con los aratoqueños y esperamos que, por lo demás, el artículo te haya gustado. Un abrazo!

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      • el 1 septiembre, 2016 a las 6:07 pm
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        ¡claro, me encantó! Disfruté cada línea. Abrazo de vuelta para uds 😉

        Respuesta

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