Sin tacón no hay Italia

Texto y fotografías: Marta Peiró//

Tenía doce años cuando me di cuenta de que la mafia era algo más serio que una cadena de restaurantes italianos. “¿Qué va a pasar?, ¿va a venir la mafia a matarnos?”, dijo un chico de mi edad mientras nos bañábamos en la piscina de un campamento de verano en Perugia. La monitora italiana clavó su mirada en el chaval y con una voz cortante y seca le recriminó que eso era un tema peligroso, que la mafia existía y que no se hacían bromas sobre ella.

Estereotipos sobre el sur de Italia me han acompañado desde niña: pobreza, suciedad, delincuencia y peligro. Sin embargo, ahora tengo la oportunidad de viajar a Nápoles, la costa Amalfitana y Bari y espero poder borrarlos de mi cabeza.

Nápoles y la decadencia

Mi primera imagen de Nápoles fue bajo tierra. Y no porque viera los yacimientos arqueológicos del Foro de la muy visitada Napoli soterranea. Lo primero que encontré fue cemento, vayas de metal y olor a pintura: el parking “necesario” para la supervivencia de nuestro coche alquilado en Nápoles. “El seguro a todo riesgo nunca cubre el robo, son demasiado comunes en esta zona”, nos adelantó la señorita de Sicily by car.

Paseo

Estaba dispuesta a desmontar todos los prejuicios que había asimilado del sur de Italia y su principal ciudad pero Nápoles no lo puso nada fácil en el primer asalto. Salida a la Piazza Garibaldi: grúas, fachadas destrozadas, calles que avecinan guetos y coches mal aparcados y maltratados. Mujeres que leen manos, hombres que piden dinero, inmigrantes y turistas. Efectivamente, Nápoles está sucia, descuidada y parece que hasta olvidada.

Andar por Nápoles es como jugar al buscaminas. Por cada calle que desactivas aparecen otras tantas que, desordenadas, se enredan para dar sentido al mapa. Conforme uno se adentra en callejones con pinta más magrebí que occidental, las calles se van desactivando y así se acaba por llegar al centro histórico.

Gente

Ropa tendida

Por el empedrado de las estrechas calles de Sapaccanapoli conviven basílicas renacentistas, patios, placitas que en España tendrían su correspondiente terraza, puestos de souvenirs y comida local busca carteras, motos e, incluso, coches que nadie se explica cómo llegaron hasta allí. Al levantar la mirada, conviven sábanas, camisas y tangas que, tendidos, unen las fachadas. Fachadas agrietadas de las que sobresalen balcones, farolas, antenas de televisión, cables, vírgenes y santos. Un espectáculo para aquel que esté cansado del esplendor de las grandes avenidas y, sobre todo, para aquel que añore el olor a detergente.

Balcones

Nápoles y la miseria como espectáculo.

Algo que todavía cobra más sentido en el Quarteri Spagnoli. Al googlearlo la primera búsqueda que sale es “Quarteri Spagnoli pericolosi”, lo que contrasta con las cuatro de cinco estrellas de recomendación turística que le da Tripadvisor. Esta zona es un paso más en la degradación de la ciudad. Más basura, más grietas y más menores: el turismorbo. Los turistas la paseamos por el placer de ver la miseria desde una posición privilegiada. Sentir la pobreza pero sin llegar a compadecerse demasiado porque todavía es Italia, todavía es Europa. La versión light de un safari por el barrio de Tepito en Ciudad de México.

En Nápoles se ve Italia desde el prisma de la decadencia. La Galleria Umberto I recuerda a la Vittorio Emmanuelle II de Milán pero con un H&M en vez de un Pradra. La Plaza de Dante es la versión acomplejada de la Piazza Navona de Roma. Y la Piazza del Plebiscito es otra demostración del arte a lo grande italiano, aquel en el que la plaza del Vaticano se lleva el primer premio.

Pero esta decadencia atrae, tiene la fuerza de conmover al turista. Su desorden ciega hasta el punto de olvidar que en Nápoles hay mar. El puerto se encuentra a escasos metros del centro histórico pero no hay nada en la ciudad que lo avecine. Igual que las temperaturas, el mar suaviza la confusión de Nápoles. “Quién sabe qué sentimiento me habría producido Nápoles, si todas las mañanas me hubiese despertado en uno de esos edificios costeros y no en el barrio”, reflexiona Elena, una de las protagonistas de los best sellers de la saga “La amiga estupenda”. Su autora, Elena Ferrante, recoge en sus libros la dualidad de Nápoles. Su capacidad para encantar y repugnar. El lugar del que todos anhelan irse pero del que nadie puede deshacerse, ni si quiera la autora.

Amalfi y el preciosismo

Vedi Napoli e poi muori dijo el poeta alemán Goethe en su viaje por la costa Amalfitana. Pero aquí nadie muere, por lo menos, no en las carreteras. Teniendo en cuenta las infracciones que cometen los italianos al volante, sorprende que no haya más accidentes por las angostas, concurridas y arbitrarias carreteras que unen los pueblos de la Península Sorrentina, desde Punta Campanella hasta Vietri sul Mare.

Costa amalfitana

La anarquía de la calzada es lo único que perturba la calma de estos pueblos. Y ni si quiera eso consigue que aparte la mirada de las calas imposibles que asoman por la ventanilla. Solo hace falta que el coche sea descapotable y que suene “Tu Vuò Fa’ L’Americano” para sentir la dolce vita del neorrealismo italiano.

Pasar de la decadencia de Nápoles a los escaparates de Positano, desconcierta. Por primera vez el ambiente recuerda más a Mónaco que a Túnez, pero no es la exclusividad de sus tiendas lo que hace auténtica a esta zona. Es bella por naturaleza. Una belleza permanente en el tiempo, objetiva como la de Platón, aquella que se reconoce de manera innata. Como una escultura griega, el paisaje está concebido para ser lo más cautivador posible. El azul del mar, el verde de la montaña y el blanco de pueblos que decidieron crecer en vertical.

Iglesia

En la Parrocchia Di San Gennaro de Praiano, otro de los pueblos de la zona, éramos los únicos turistas en una plaza que compartíamos con unos niños que jugaban al balón. Solo la iglesia podía servir de portería, golpear la pelota hacia cualquier otro ángulo suponía tirarla al vacío. Me preguntaba cómo afrontaría un niño que se ha criado jugando al balón en esta plaza mudarse a los patios interiores de la ciudad. Desde la vista de la esquina de esa plaza, parecía que por allí el tiempo no había pasado: la parroquia con sus santos intactos, las casas que resisten a reformarse y los niños marcándose gol. Aquí nadie muere porque nada cambia. Igual que Nápoles, Praiano también está anclado en el pasado. Pero esa sensación que en Nápoles perturba, en la Costa Amalfitana tranquiliza.

Cielo

Calle

Bari, la realidad

La tercera vez que escuché fuegos artificiales por las calles de Bari pensé que aquello no podía ser casualidad. “Da igual la hora o el lugar, en cualquier parte puedes escucharlos y hasta verlos”, explicó Irene, una de tantas estudiantes Erasmus de la capital de la Puglia. La explicación oficial es que lanzan un petardo cada vez que un reo barese sale de la cárcel. La versión oficiosa es que estos fuegos artificiales son un señuelo entre mafiosos parar avisar de la llegada de un nuevo cargamento de droga. “Dependiendo de donde suenen, se identifican las coordenadas en las que se encuentra el alijo”. Golpe de realidad: la Mafia no viene de Nueva York, viene del sur de Italia. Tendré que refrescar la trilogía de “El Padrino”.

Arco

Todos los 6 de diciembre los bareses celebran San Nicolas, ese santo que solemos asociar con Santa Claus, pero que lejos de descansar en el Polo norte, reside en Bari. Sus reliquias avivan la potente fe que de por sí ya existe en el sur de Italia. Los mismos fuegos artificiales que utilizan para fines de dudosa legalidad, los hacen sonar en esta fecha entre procesiones y romerías. Fuegos como los que hace tres años mataron a 9 personas en la explosión de la fábrica de Modugno a las afueras de Bari.

Todos los días gritos de hombres montan el mercado de la Via Nizza a las seis de la mañana. Berridos en barese, el dialecto de la zona, que estimulan todavía más la sensación de estar en otro país. Pese a ser una calle alejada del puerto, está repleta de puestos de pescado, fruta, legumbres y ropa con ese estilo “me lo quitan de las manos”. Y así debe ser porque el mercado solo descansa el domingo, el día del señor, el día de estar con la familia. Ahora sí, vuelvo a estar en Italia.

Barcos

Peces

Esa forma de vida se mantiene hasta la estación central de Bari. Una estación de buses sin dársenas y con coches esquivándose, personas de toda raza, edad y apariencia y unas palmeras gigantes en el centro que desorientan aún más la estampa. Mientras un anciano trajeado y esquelético nos hacía fotos con su móvil, sin ningún tipo de pudor, montábamos en uno de estos buses, sorprendentemente puntuales, que llegan hasta las afueras. Un bus que en España no hubiera pasado ninguna revisión de seguridad y en el que, además, me habrían multado por entrar sin pagar el billete. Algo esperado acogiéndome a la excusa de que en Bari nadie lo hace. Treinta y cinco minutos de un destartalado trayecto –literal y metafóricamente hablando– nos llevaron hasta Torre a Mare, un pueblecito de pescadores en el que éramos las únicas turistas. En él, me sentí más bien en Grecia pero la pasta con frutti di mare de la lonja y la sonrisa de los camareros que nos vendieron el gelato me devolvieron a Italia.

Los bareses son comerciantes por naturaleza. En cualquier sitio montan un puesto, más o menos legal, para vender lo que sea. Los de pescado crudo son los más abundantes y concurridos. Sepias, erizos, ostras y mejillones con la única cocción del zumo de limón, es el vermú dominguero del puerto de Bari. En el Lungomare también se juntan todos los días un grupo de hombres mayores para jugar a las cartas. Me gusta pensar que sus mujeres son las mismas que se instalan en las puertas de las casas del Arco Basso para hacer orecchiettes a mano. La estampa mental: las baresas, cuchillo en mano, dan forma a la pasta más típica de la zona en su casa, mientras que ellos, más cascados de apariencia pero de parecida edad, se dan al divertimiento frente al mar. Estructuras de género que perviven en el sur de Italia y parece que en muchos otros lugares. Yo misma, como turista, las di por sentadas.

Mujeres

Edificios

El Arco Basso es una de las zonas de la Citta Vecchia, el centro histórico de Bari. Como en Nápoles, en él parece que los callejones se multipliquen sin orden ni fin. Se mantiene la ropa colgada que hace besarse a los balcones y los santos incrustados en fachadas pero, esta vez, todo es mucho más poético. El sol de las cuatro de la tarde ciega todavía más con el blanco de la piedra de las casas. La mayoría de éstas con las puertas abiertas, como retándote a subir a la azotea y allí encontrarte con el mar.

Croissants

Las fronteras de la Citta Vecchia las marca la Avenida Vittorio Emanuele. De nuevo, realidad y vuelta al siglo XXI. El ritmo se acelera y ahora es europeo: la universidad, la ópera, las multinacionales y hasta un 100 montaditos. A las 7:30 de la mañana las calles de Bari están más activas que a cualquier otra hora. Por primera vez los bareses tienen prisa, para ir a trabajar, a comprar e, incluso, para desayunar. El desayuno en la barra del bar nunca tuvo tanta clase. De píe, con café y cornetto. Elegancia italiana hasta para sostener un cruasán con una servilleta. No hay resto alguno de azúcar glas en los labios de los italianos. Quizás sea porque “no lo mojan, no lo mojan nunca”, explica Irene. El olor de su masa delata a las pasticcerias escondidas por toda la ciudad. A las dos de la madrugada los trasnochadores en vez de ir al kebab acaban la fiesta en la puerta de la Pasticceria Fanneli. La pastelería con más fama de Bari reparte cornettos a casi cualquier hora. Rellenos de nocciola di pistacchio, chantilly e frutti di bosco y ricotta e fragola: los bareses también recenan con clase.

Noria

Bari demuestra que el sur de Italia es compatible con la vida. El punto intermedio entre la caída de Nápoles y las alturas de Amalfi, y es ahí donde radica su éxito. Quizás sea un poco más sucia que sus vecinas del norte pero dudo que exista otra que cuente con espectáculos de fuegos artificiales a diario.

El sur de Italia no es la Italia peligrosa, tiene mucho más potencial que eso. Como en el film “El talento de Mr Ripley” el sur de Italia es capaz de pasearte por los paisajes más cautivadores para llevarte, incluso, hasta las tinieblas.

Nápoles, Amalfi y Bari, extremos necesarios para la subsistencia del sur. La suya y la de Italia en general, porque sin tacón no hay forma de que la bota se mantenga en píe.

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