Unos días más en Malta

Diego Lobera y Marta Peiró//

Malta de día

Para llegar a Saint Peter’s Pool tenemos que alcanzar el sur de la isla. Cruzarla, del noroeste al sureste, suponen solo 39 kilómetros de autovía, por lo que el tiempo estimado no es excesivo. Cuando el camino que nos acerca a la costa no nos permite seguir avanzando –mejor con calzado cerrado– tratamos de continuar por un sendero poco cuidado y medio peligroso, con el verde del mar como guía. Tras unas cuantas bajadas con rocas sueltas y vegetación salvaje, se abre ante nosotros una gran piscina aguamarina. La roca sobre la que nos encontramos recoge, en forma de cuarto menguante, una entrada de agua que se calma y se templa, creando una balsa abierta al mar. La temperatura es la media de la isla, entre 20 y 25 grados, una leve brisa y un sol que aplana, como diría mi abuelo. En estas condiciones, solo nos llama la atención un pequeño gran detalle. Nadie se baña. Todos los presentes se encuentran en sus toallas, con sus respectivos acompañantes, observando la insalvable inmensidad mediterránea. Pero todos están secos, nadie se ha atrevido a probar la temperatura de esta piscina.

Nos habían prometido un salto desde lo alto del leve acantilado. Incluso nos habían contado la anécdota de un hombre que enseñó a saltar a su perro y que juntos se han hecho virales en Youtube porque existe un animal que hace cosas de humanos. Hasta nos habían dicho que seguramente nos lo encontráramos. Pero ahí no saltaba nadie. “Por algo será”, pensamos. Cuando nos acercamos al borde del acantilado, a ese ansiado salto, descubrimos en el interior de la piscina un conjunto inesperado de bañistas. Forman un manto de punto morado y reluciente que cubre el agua y no deja ver más allá. Son muchas medusas, con sus muchas umbrelas y sus todavía más tentáculos. Calculamos más de mil, una plaga. Ahora lo entendemos todo.

Caminamos siguiendo la costa en busca de un lugar tranquilo donde descansar de la excursión y donde poder al menos mojarnos los pies para descansar del calor. Encontramos una gran explanada rocosa en forma de cala, que se abre al mar de manera abrupta y poco regular. Va a ser difícil bañarse más allá y más cuando corroboramos que las medusas han llegado a ocupar toda esta costa. Sobre la roca que pisamos, el mar y el temporal han ido erosionando el suelo y creando miles de hoyos de diferentes tamaños, así como plataformas demasiado regulares para haber sido formadas por la fuerza de la naturaleza. La piedra tiene el color de la arena, como en toda la isla. En La Valeta o Mdina o, incluso, la isla de Gozo predominan dos colores: el verde translúcido del mar y el ocre claro de las fachadas y construcciones. Los edificios, tanto los familiares como los emblemáticos, destellan un color que recuerda a calles magrebíes. Cuesta reconocer si se debe a la composición de sus materiales o al efecto óptico creado por la luz del sol que no deja de golpear.

Nos acercamos a uno de esos grandes hoyos rellenos de agua para intentar refrescarnos y nos encontramos con un par de medusas que han llegado hasta allí, parece que con el mismo objetivo que nosotros: descansar de los demás, del resto del mundo. Verlas de cerca es alucinante. Son gelatinosas y transparentes. Complejas. Hacen daño y por eso no se pueden tocar pero dan ganas de estrujarlas. Poseerlas durante unos segundos para ver qué podría pasar. Son luminosas y parecen estar cargadas de una alta tensión que las hace irresistiblemente peligrosas. Sacamos fotos para guardarlas en nuestro recuerdo, todavía sin saber que más tarde el recuerdo nos lo llevaremos tatuado en la piel.

Malta 3
Fotografía: Diego Lobera y Marta Peiró
Malta 2
Fotografía: Diego Lobera y Marta Peiró

 

Estar en esa gran piscina al sureste de la isla es como estar en una pequeña cala de la Blue Lagoon, en una galera de madera entre Gozo y Comino o enfrente de la desaparecida Blue Window. Es querer nadar en un solo mar que te rodea y casi te abraza. Es tomar un único sol que te tranquiliza siempre a la misma distancia. Es pisar un suelo firme que te anima a seguir descubriendo. Es querer ser una medusa para conquistar la costa con el resto de amigos y poder pasar unos días más de vacaciones en Malta.  

Malta de noche

Poder pasar unos días más en Malta, y también unas cuantas noches. 19h: es hora de ir pensando en cenar. 20h: “¿la camisa de flores o la de satén?”. 21h: cubatas de dos en dos en el todo incluido del hotel.

Muy mal no puede acabar una noche en la que a las 22h los camareros del hotel –todos españoles– ya están de nuestro lado y nos ponen nuestra canción favorita –“La revolución sexual”– para que la cantemos haciendo competencia a los altavoces. Allí somos los únicos exaltados. A nuestro alrededor se mueve algún que otro grupo de españoles, que de vez en cuando se arranca con unas sevillanas, y familias: alemanas, belgas o quizás inglesas, que alternan el ron cola en vasos de plástico con la contemplación del show que les propiciamos. A las 23h ya se acaba la barra libre. Finiquitamos los micro cubatas que hemos ido amontonando y ponemos camino a Paceville.

Malta 4

Paceville es el barrio más conocido de St Julians, la ciudad de la fiesta en Malta. Una especie de Lloret de Mar maltés porque en él los españoles, por primera vez en la noche, brillan por su ausencia. Franceses, ingleses, italianos y demás europeos con ganas de desfase confluyen con libaneses y malteses, o lo que parecen ser malteses. En siete días nunca supimos cuál era la apariencia de un maltés: se camuflan entre rasgos filipinos, irakíes y senegaleses. Su físico les ayuda a esconderse pero, al final, su inglés les delata. Conjugado con esplendor pero pronunciado sin cuidado alguno hasta el punto de entender mejor los phrasal verbs de una columna de The Sun que al maltés sobón que intenta ligar en la discoteca.

Del hotel a la calle principal de Paceville apenas hay dos minutos pero por el camino hay que superar todo tipo de obstáculos. Empezamos por la valla de un parking que a modo de limbo, por las risas, todos cruzamos. Esquivamos un par de coches, algún que otro esguince en tacones y, los chicos, un par de prostitutas que ofrecen con insistencia sus servicios. Paceville es zona de fiesta y también de striptease, amantes subvencionadas y burlesque. Ya queda menos, solo habrá que poner cara de suecos delante de los RRPP, que intentan colarnos flyers, y de buenos delante de la policía que patrulla sin descanso. St Georges Road a nuestros pies: una calle demasiado estrecha para poder aglutinar tantos pubs, discotecas, cachimberías, terrazas, puestos de comida, menores de 25 y hasta un acuario.

Malta 5
Fotografía: Diego Lobera y Marta Peiró

00.30h: hay que entrar a algún sitio. Optamos por la opción fácil: reggaeton. En el Qube huyes de Lloret de Mar directo al casco de Zaragoza. Será por el “cri criminal, cri criminal” de sus altavoces o el precio de sus –diminutos– cubatas pero los españoles se amontonan aquí. Aún así, tenemos alma de exploradores. Hemos venido a conocer mundo, a conquistar nuevos territorios. Intentamos aguantar la respiración en Havana. Demasiado olor corporal. Un bar de ambiente, “¿por qué no?”. “Bah, está vacío”. 2h: acabamos en Native, el más concurrido de todos. De aquí en adelante comienzan las lagunas. Los camareros nos echan mezcla en vez de alcohol. Quizás sea lo mejor. 3h: “¿recenamos?”. Viene el momento más esperado de la noche, el Champs.

Dos minutos nos separan de ese templo no reconocido de la gastronomía maltesa. Pero el camino vuelve a complicarse. Se mantiene la combinación prostíbulo-pub y unos irlandeses que tocan Wonderwall de Oasis postergan la llegada a la meta. Empezamos y acabamos la noche igual, cantando, a pleno pulmón. Será que no necesitamos tanto el alcohol. 4h: los típicos pastizzi, la pizza de pollo y hasta un croissant han asentado nuestro estómago y nuestra cabeza.

Estar en esa calle del este de la isla es como bailar al atardecer detrás de la piscina del Cafe del Mar o llorar de risa en una terraza del centro de La Valetta. Es querer parar el tiempo y olvidarse durante unas horas de las preocupaciones. Es dejarse llevar por la música y cegar por los neones. Es huir a Malta después de cuatro años de universidad. Es querer ser un extranjero para conquistar los garitos de Paceville con el resto de amigos y poder pasar unas noches más de fiesta.  

Malta 6
Fotografía: Diego Lobera y Marta Peiró

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