Volar tan bajo

Gloria Serrano//

“Quizá la grandeza de un oficio consista, más que nada, en unir a los hombres (…). Solo existe un verdadero lujo y es el de las relaciones humanas”. Cuando leo esta cita de Antoine de Saint-Exupéry, siempre me detengo en la palabra “oficio” y pienso en el periodismo. Luego me hundo un rato en aquello de “Solo existe un verdadero lujo y es el de las relaciones humanas”. Esto hace que recuerde dos episodios —por demás significativos— en la vida del escritor. Sin proponérmelo, una primera reflexión empuja a la siguiente.

A menudo sucede. Uno dice ciertas frases —como Te quiero, Te amo— sin meditarlas demasiado. Hasta que lee historias como esta y todo cambia.

En 1930, el avión de Henri Guillaumet se accidentó en los Andes tras quedar atrapado en una tormenta de nieve. Guillaumet, un piloto veterano, sobrevivió al accidente y durante siete días caminó sin descanso, deseando con furia que lo encontraran, pero dando casi por sentado que moriría. Su único estímulo fue buscar el sitio idóneo para esperar la muerte, para que hallaran su cuerpo y su mujer pudiera luego cobrar la póliza de seguros que la libraría de la pobreza. Bastante maltrecho, la fortuna jugó a su favor y lo rescataron. Al reunirse con Antoine de Saint-Exupéry, su compañero en la aviación, le dijo: “Te lo juro, ninguna bestia sería capaz de hacer lo que yo he hecho”.

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No fue en ese momento, sino después, que Antoine sintió el peso de plomo de aquel adagio. Ocurrió cuando realizó un aterrizaje de emergencia en el desierto de Libia y para salvarse tuvo que atravesarlo —cuentan— “apenas con agua y comida”. Su saludo, al reencontrarse con Henri, no pudo ser otro: “Te lo juro, ninguna bestia sería capaz de hacer lo que yo he hecho”. Pero el lazo que los vinculaba estaba doblemente anudado. Durante el percance en los Andes, Guillaumet divisó la aeronave de su amigo sobrevolando los cielos, registrando la zona para localizarlo. Tal revelación dejó a Saint-Exupéry sumido en el asombro, preguntándose cómo lo había identificado con tal contundencia. La respuesta de su camarada fue —digamos— abrumadora: “Nadie más se habría atrevido a volar tan bajo”.

Dice Michel Serres, el filósofo, que “Hay actos en la vida que son instintivos, ciegos, pero que están irrigados por una luz interior que se ve después”.

A menudo sucede. Uno dice ciertas frases —como Te quiero, Te amo— sin meditarlas demasiado. Pero hay algunas personas, pocas, que las dicen porque han viajado muy adentro y entonces las comprenden, regresan con nosotros y hacen que el mundo se convierta en otra cosa. Son quienes se empeñan en hacer la vida a la medida. A la medida de “El Otro”. Y enseguida me digo que amar es precisamente eso, decir “te lo juro, ninguna bestia sería capaz de hacer lo que yo he hecho”. O todavía mejor: abandonarse a esa desnudez que nos vuelve —no sé de qué manera— fuertes y vulnerables, y no necesitar ya las palabras porque tenemos la certeza de que al caer,alguien estará ahí, o estaremos, como un azor, surcando día y noche el firmamento, atreviéndonos a lo que nadie más. A volar tan bajo.

 Autora:
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Gloria Serrano foto Gloria Serrano

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Periodista mexicana en Madrid, siempre buscando la grieta en el muro. Máster en Gestión de Políticas y Proyectos Culturales (Universidad de Zaragoza). “Saber mirar y saber decir” son los principales retos del periodismo que aspira a no quedarse en el olvido, que intenta contar algo más que una simple historia. Para mí, cultura se escribe en plural, es la fiesta de lo colectivo.

Twitter Blanca Uson


Un comentario sobre “Volar tan bajo

  • el 21 julio, 2016 a las 9:32 pm
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    Buen articulo, Gloria…Cuando lees algo y está cargado de subjetividades, me adentro hasta los tuétanos para descubrir qué hay detrás…

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