El átomo de Chernóbil no es físico, es memórico. Y Alexiévich lo ha descubierto

Alba Vera //

Pensaba que iba a leer sobre peces de tres ojos y he  acabado leyendo un libro sobre una guerra. Una guerra del ser humano contra el ser humano, contra los infortunios, contra la chapucería, contra el control de las masas, contra las mentiras, contra la ciencia desmesurada, contra la naturaleza, el mundo y la vida.

Voces de Chernóbil fue el título premiado con El Nobel de Literatura de 2015. Todos conocemos sobre Chernóbil, del lugar y de lo que ocurrió.  Pero no todos conocemos lo extraordinario de lo ordinario que allí acontece y seguirá aconteciendo por casi un tiempo infinito.

La autora de Voces de Chernóbil, Svetlana Alexiévich, es periodista. Una periodista comprometida que se queja de las banalidades de las que se ocupa el periodismo actual. Tal vez el periodismo, tan centrado en la inmediatez de la noticia, la importancia del personaje y lo inverosímil del hecho, crea héroes sin contexto que hacen maravillas. Se olvida de las circunstancias, de la historia y de las consecuencias; características que hacen singular el suceso y que dan sentido a la noticia que trata de dar cuenta de lo acontecido.

Los personajes de Voces de Chernóbil son muchos y variados: “Hablo con las mujeres porque son más interesantes para mí que los hombres. Para ellas la guerra siempre es un asesinato. Los hombres buscan una justificación directa de la guerra. Ellas tienen una visión más natural de las cosas”, explica su autora en una de las últimas conferencias que ha ofrecido en Barcelona, en su visita a nuestro país. Natural. Su texto es natural, humano, sencillo pero extraordinariamente detallado, inteligente y amplio. Y, sobre todo, es un libro necesario, que no impresiona pero sí emociona.

Es un texto conformado por cuarenta y cuatro testimonios de personas afectadas directa o indirectamente, incluida una entrevista que se hace la autora a ella misma, explicando la razón de su libro. Tras una pequeña nota histórica y un más breve epílogo, el título comienza y se cierra con voces de mujeres: una esposa de uno de los bomberos que apagaron el incendio del reactor y otra esposa de uno de los liquidadores que consiguieron enterrarlo. Hay tanto entrevistas individuales —monólogos—, como plurales —coros—. No existe una argumentación ni postura concreta. Tampoco se teoriza sobre la catástrofe. Toda la información se presenta de forma sencilla, directa y siempre desde la voz de la experiencia de gente que es o ha sido Chernóbil.

El mundo se ha partido en dos: estamos nosotros, la gente de Chernóbil, y están ustedes, el resto de los hombres. […] Todos se llaman a sí mismos habitantes de Chernóbil. “Somos de Chernóbil.” “Yo soy un hombre de Chernóbil.” Como si se tratara de un pueblo distinto. De una nación nueva.

Nikolái Prójorovich Zharkov, profesor de formación profesional

chernóbil

A lo largo de las páginas, se insiste en una fuerte crítica social y política. Se denuncian los fallos técnicos, la falta de recursos y profesionalidad cuando se plantó cara a la catástrofe. Se personalizó al átomo como a un enemigo que había que atacar a mano desnuda y se popularizó el “contra el átomo, la pala” —debido a que a los liquidadores les dieron poco más que una camisa, unas botas de goma y una pala para acabar con el fuego—. Se sabía cómo combatir en una “guerra física”, “cuerpo a cuerpo” pero no cómo luchar contra algo etéreo, intangible, que aniquila y deforma. Lo habíamos visto en Hiroshima y Nagasaki pero preferimos ignorarlo. Ahí al menos percibimos el gran hongo mortífero de la bomba, pero en Chernóbil…

Si el gobierno no supo estar a la altura; la población, nos dice Alexievich, tampoco lo supo ver. La ignorancia hace al ser humano ciego e infantil. La tan recurrida imagen de la bombilla para la paz que ilustraba los libros de las escuelas de la URSS, se enrareció. Sorprendidos, los habitantes empezaron a desconfiar de su brillo y a cuestionarse hasta qué punto era aliada esa tan energía que años atrás puso punto y final a una guerra mundial.

“Teníamos una visión infantil. Vivíamos según el manual. No solo nosotros, sino toda la humanidad, se hizo más sabia después de Chernóbil. Se hizo mayor. Adquirió otra edad.” 

Guenadi Grushevói, diputado del Parlamento de Bielorrusia, presidente de la Fundación Para los Niños de Chernóbil

Si el periodismo apunta a la verdad, ¿por qué se vendieron tantas mentiras? Titulares como Chernóbil: tierra de héroes o El reactor ha sido derrotado solo laureaban a muertos. Se hablaba de victoria instantánea, pero no se comentaba nada sobre las circunstancias, el futuro. Y para las pocas penas que pudiera haber, el periódico se llenaba de fotografías y entrevistas a personajes fantásticos que ejercían milagros como brujos, espiritistas o individuos con poderes ultrasensoriales capaces de reducir la radiación. Todo parecía tener una solución fácil y rápida.

El poder y el contrapoder fallaron al ciudadano y a la ciudadana. Pero  ellos y ellas fallaron a su vez a su suelo y sus animales. Existe también una llamada sensata a la insensatez del maltrato animal. A la cacería y matanza que se hizo en los más de 50 km que se mandó limpiar. Cortar, talar, revolver, quemar, envolver, rastrillar, matar y enterrar. La vida de miles de gusanos, escarabajos y molestos insectos daba vueltas en espiral alrededor de la tierra que arrancaban las máquinas excavadoras. El motivo era la desinfección; la limpieza se convirtió en una obsesión pero el polvo radiactivo cubría todo. No participaba la vista, ni el gusto ni el tacto. Tampoco se podía comer nada, ni tocar. La culpable seguía sin verse y nadie se había sentado a la mesa a intercambiar palabras con esa famosa radiación. Los caballos cayeron, las vacas sirvieron de alimento a los lobos en los que se transformaban los perros, que antes de la radiación habían sido dóciles y amables. Los gatos, en soledad, habitaban ariscos y se adueñaban de las casas. Y pájaros, todavía muchos pájaros —de esos que fascinan tanto a Svetlana—.

“Viajé a mi aldea pasado un año. Los perros se habían asilvestrado. Di con nuestro Rex. Lo llamo y no se acerca. ¿No me había reconocido? ¿O no me quiere reconocer? Estaría ofendido.”

Anatoli Shimanski, periodista

Actualmente se organizan diferentes tipos de viajes y tours a la zona donde el y la maravillada turista occidental se sienten protagonistas de una tierra abandonada. Únicos y atrevidos. Espectador y espectadora del preestreno del vaticinado apocalipsis tejido a mano por el ser humano. Y bordado en punto de cruz, el nombre de Chernóbil.

En Voces de Chernóbil Svelana Alexievich intenta ponernos delante del sinfín de circunstancias y experiencias que confluyeron en este infortunio. Todo por medio de testimonios. Nunca sabremos lo que ocurrió exactamente. Nunca podremos sentir, documentar, reproducir todo lo que se dijo, sufrió y sucedió. Pero sí podemos apuntar pequeñas notas de diálogos sobre pequeños fragmentos de vidas de ayer y de hoy. Mañana entenderemos.

“De la guerra había regresado la generación ‘perdida’. […] Pero con Chernóbil vive la generación ‘desconcertada’.”

Serguéi Vasílievich Sóbolev, vicepresidente de la asociación republicana Escudo para Chernóbil.

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