Brett Anderson: De los pozos negros a las cumbres del Pirineo
Siempre se ha considerado a la biografía —y mucho más a la autobiografía— como un género menor dentro de la narrativa. Desconozco el porqué, pues en mi opinión personal es uno de los subgéneros más atractivos que existen y sin duda más estimulantes, en tanto que el lector se asegura de que lo que lee es cierto y veraz. ¿Acaso hay algo más cautivador y magnético que leer la realidad de boca de su protagonista? Ahora muchos estarán pensando que en numerosas ocasiones se disuelve, digamos, esa maleable verdad en una suerte de ficción novelada que poco tiene que ver con los hechos que realmente ocurrieron; bien, volvamos entonces al mandamiento número 1 de cualquier escritor: “nunca dejes que la realidad arruine una buena historia”.
Álex Garber // @soy_alexgarber
Se trata en mi caso del subgénero que más he devorado, en especial la biografía musical, es decir, la escrita por estrellas del rock. Llamadme frívolo o amarillista, pero me divierten y me atrapan más que nada, pues a menudo dibujan retratos maravillosos de un lugar y una época que habría matado por conocer. Como el protagonista de Midnight in Paris, padezco la irremediable enfermedad de la nostalgia y, lo que es aún peor, de la nostalgia de lo no vivido. Otros me llaman romántico. En cualquier caso, estas memorias me transportan a esos destellos iniciáticos en las infancias de mis ídolos, al momento en que prendió la chispa de su creatividad, al instante en que conocieron a sus partenaires, al día en que escribieron su mejor canción, a la semana en que su banda se fue a pique o al año en que se hundieron en el pozo más profundo.
De entre todas ellas, hay una que se instaló en lo más profundo de mi alma para alojarse allí hasta el final de mis días. Es la que escribió Brett Anderson, líder y cantante de Suede, banda británica no especialmente masiva —al menos no tanto como Oasis o Blur—, pero de un culto sacrosanto entre sus fans. Cuando se editó el primero de los dos volúmenes en marzo de 2018, toda la prensa generalista habló del libro como de un meteorito caído del cielo en forma de autoconfesión mordaz sobre todo lo que conllevó la fama y el éxito en la década de los 90. Pero aquellos medios que se dignaron en leerlo a conciencia, comenzaron a hablar de un auténtico hito literario, acaso el más cimero de los últimos tiempos dentro de este género. Auparon a Anderson a mucho más que un cantante de rock y vieron, tras su bella máscara de enfant terrible del brit pop, a un escritor con todas las de la ley. Algunos dijeron, de hecho, que quizá debería seguir por la senda literaria a la par que la musical, pues las páginas de su libro dejaban entrever a un novelista en ciernes con una prosa magistral y absolutamente laudable.

Mañanas negras como el carbón se tituló esa primera parte, en la que narra su desdichada infancia en una barriada al sur de Londres, entre la pobreza, el desamor y la muerte de su madre. El nivel narrativo de este primer tomo es, como digo, de una categoría lírica incontestable, así como de un vuelo estético anómalo en un autor de canciones que jamás había escrito una novela. En Tardes de persianas bajadas, el segundo volumen, Brett ya abraza todos los tópicos y narra de manera más exhaustiva ese éxito, esa sordidez y ese desfase propios de su estatus como estrella de rock joven y hermosa. Pero también la caída a ese pozo tan negro y peligroso del que muchos no logar salir, y del cual Anderson consigue escapar hasta alcanzar una luz que creía irrecuperable. La narración de esa salida —de esa resurrección— es sublime, magnética, absorbente e hipnótica.

Suede celebran este año el 30 aniversario de su álbum más exitoso, ese “Coming up” que les aupó en 1996 hasta la cima de las listas de éxitos de medio mundo. Ese mismo año pisaron por primera y única vez tierras aragonesas, ofreciendo un concierto horrible —según las crónicas de los que allí estuvieron— en la sala Multiusos de Zaragoza. Se cuenta que el concierto duró escasamente 50 minutos y que la banda estaba con ganas de terminar desde el comienzo del show. Algunos afirman que la razón fue que varios de sus miembros son hinchas del Arsenal y que un año antes el Real Zaragoza les había arrebatado la Recopa de Europa en el último segundo del partido. Quién sabe… Lo único importante ahora es que, por fin, Brett, Mat, Simon, Richard y Neil regresan a nuestra región para actuar el próximo viernes en el festival Pirineos Sur. La salud de la banda está mejor que nunca, sus dos últimos álbumes se destacan entre lo mejor de su discografía y Brett rebosa una energía y una vitalidad que —literalmente— le hacen subirse por las paredes. Esperamos que el querubín más bello de la historia de la música pop inglesa se deje cautivar por la magnificencia de los valles y montañas pirenaicas que rodean al pantano de Lanuza, y nos regale uno de esos conciertos que se clavan para siempre en las entrañas del público.


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