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Delitos y cine. De nominaciones y estatuillas

Quedan solo unos pocos días para la celebración de la cita más importante del panorama cinematográfico mundial, la entrega de los premios Oscar. Aunque ninguna edición es igual a la anterior, esta gala promete estar especialmente marcada por el fuerte carácter político y reivindicativo no solo de las obras presentadas a concurso, sino también de la estética del evento y de la forma y fondo de los discursos que se pronunciarán. La presión desatada por el gobierno de Trump sobre la industria cinematográfica estadounidense junto a la inestabilidad y la crudeza de los conflictos en el panorama internacional actuarán como telón de fondo en este escenario que contará con la atenta mirada de los ojos de medio mundo.

// Jorge Marco, Pablo Gracia y Julio Beltrán

A este respecto, ya tuvimos hace unos días un pequeño aperitivo patrio de manos de Susan Sarandon, quien en la ceremonia de entrega de los Goya no perdió la oportunidad de denunciar la persecución a la que los cineastas de su país se ven sometidos por denunciar el genocidio de Gaza. Con este horizonte, las obras nominadas competirán entre si por alzarse con los premios más destacados del certamen.

Hoy, os traemos las reseñas de tres de los pesos pesados que aspiran al protagonismo de este evento. Tres películas muy distintas entre sí que comparten el podio de las nominaciones de esta edición y parten como favoritas en la competencia hacia los Oscar. Hablamos de Sinners, de Ryan Coogler, One Battle After Another, de Paul Thomas Anderson y Sentimental Value, de Joachim Trier. Esperamos que disfrutéis los análisis y os sirvan para decidir por qué caballo apostar en la carrera hacía las estatuillas.

Sinners (Ryan Coogler, 2025)

Sinners ha logrado hacer historia en los premios de la academia estadounidense antes incluso de que se celebren. Tras un paso por las taquillas que generó una rentabilidad pocas veces vista en una cinta de terror no franquiciada, Sinners ha logrado recabar dieciséis nominaciones a los Oscar. De esta forma, se posiciona como la película más nominada de la historia de estos galardones, superando a Titanic (1997), La La Land (2016) y All About Eve (1950) que quedan todas ellas postergadas a un segundo puesto con catorce nominaciones. Aun así, probablemente el mayor mérito de Sinners no sean los premios o las nominaciones, qué seguirán llegando, sino haber planteado con éxito una serie de debates complejos que calan en su espectador. Y todo ellos con una película de terror desbordada de humor, gore y buena música.

Ryan Coogler, que ya ganó renombre como director tras su trabajo en Creed, ha mostrado a lo largo de su corta carrera ciertas inquietudes recurrentes que han explotado completamente en esta película. Ya sea dirigiendo películas de entretenimiento como Creed o la saga de Black Panther o produciendo otras con más fondo como Judas and the Black Messiah, Coogler ha dejado ver claramente las inquietudes que quiere trabajar en sus obras. El racismo y la opresión contra la población negra y los mecanismos sociales e históricos mediante los cuales operan son la piedra angular que ha ido tallando en otras obras y utiliza ahora como pillar sobre el que levantar Sinners. Aunque no se incurrirá en spoilers fatales, algunos aspectos de la trama se revelarán a partir de ahora, ya que sin mencionarlos resulta imposible destacar qué aspectos hacen de esta película algo tan único y especial.

La trama se desarrolla en 1932, en EEUU. Han pasado más de sesenta años desde que se abolió legalmente la esclavitud, pero, pese a ello, en el delta del Mississippi las personas negras siguen sin ser libres. Es a esta región a la que regresan los hermanos gemelos Smoke y Stack tras años ejerciendo como gangsters en Chicago. Han reunido una pequeña fortuna y planean abrir un club de blues para la comunidad negra local. Pese a que dos afroamericanos con dinero pronto despiertan recelo entre algunos terratenientes de la zona, acceden a venderles un viejo aserradero donde montar el local. Aunque los gemelos crecieron en el delta del Misisipí, sus años como exitosos criminales en Chicago les han hecho olvidar la dura realidad de su tierra natal, donde la opresión a la población negra es, si cabe, más asfixiante y absoluta que en la gran ciudad.

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Sinners.

Compatibilizando una mirada empresarial y social, comienzan a reclutar a viejos conocidos para cubrir todas las necesidades de su nuevo establecimiento. Necesitan alcohol, seguridad y, lo más importante, música. Mientras el proyecto avanza, la trama da un giro inesperado y brutal, Remmick, un vampiro irlandés que huye de cazadores Choctaw, comienza a urdir un plan que pondrá en serios apuros los planes y las vidas de los gemelos. Mordiendo a sus víctimas y convirtiéndolas en nuevos vampiros, Remmick comienza a reunir un pequeño ejercito que usará para asaltar el local de blues e intentar vampirizar a todos sus ocupantes.

A partir de este punto, todas las claves de la película cambian, y se comienza a dibujar una compleja fábula acerca de cómo funciona la opresión cultural. Remmick no es un malvado terrateniente ni un esclavista, no es el típico villano al uso que encontramos normalmente en las películas estadounidenses que tratan el racismo de estos años. Es un inmigrante, procedente de un pueblo, el irlandés, que también sufrió una fuerte opresión y borrado cultural por parte del invasor británico. Y este es el punto que muchos análisis acerca de esta película no terminan de abordar. Sinners es una obra que trata acerca de dos visiones distintas de la igualdad y sobre como el opresor y el oprimido son, muchas veces, la misma persona.

A través de una serie de escenas musicales absolutamente mágicas, estas dos visiones se ponen en oposición en medio de un caos bañado en sangre, disparos y fuego. Remmick representa a un pueblo herido cuyas llagas no han podido cicatrizar. A través de la vampirización, se establece una macabra metáfora que parece rezar que la única forma de obtener una sociedad igualitaria es la disolución de las culturas minoritarias dentro de las predominantes opresoras. Renunciar y borrar tu cultura e identidad y asimilarte a otra ajena con mucho más poder. Una visión del mundo triste que Remmick, a juzgar por el espectáculo de danza irlandés que recrea en la mejor escena de la película, vive con cierta melancolía.

En el otro extremo están los gemelos, está el jazz, el bues, el hip-hop y la lucha negra. Que constantemente corre el riesgo de ser absorbida por la industria, por la vacuidad cultural y comercial de quienes les desprecian. Esta es la visión de resiliencia y revolución que el director quiere transmitir. Luchar por mantener la identidad y, al mismo tiempo, alcanzar la igualdad. No dar por sentados los marcos del opresor y no utilizarlos, a su vez, para oprimir a otros por debajo de nosotros.

Todas estas reflexiones, y alguna más que se nos está escapando, están plasmadas en la película no mediante pesados diálogos o emotivas reflexiones de los personajes. Están ahí encapsuladas en una obra llena de acción, chistes medio malos, música que conecta culturas y brutalidad en muchas variantes. Y esta es probablemente su mayor virtud, que es, al mismo tiempo, accesible para todos y muy relevante para el mundo en el que vivimos y para el que poco a poco se dibuja incierto en el horizonte.

Una batalla tras otra (Paul Thomas Anderson, 2025)

La reciente edición de los premios Bafta el pasado 22 de febrero resolvió muchas dudas y nos dejó clara una conclusión: Una batalla tras otra es la película del momento y una clarísima candidata para alzarse con algunas de las estatuillas más importantes en los Oscar, que se celebrarán en apenas un par de semanas. El film del cineasta Paul Thomas Anderson se llevó, entre otros, el galardón a Mejor Dirección y Mejor Película, lo que supone un colofón que se intuía desde tiempo antes del estreno de la propia película debido al gran revuelo que causó en redes sociales hasta adquirir prácticamente la categoría de “evento”, un fenómeno casi admirable teniendo en cuenta que no se trata ni de un producto Marvel ni de una nueva entrega perteneciente a alguna saga ya conocida por el gran público.

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Una batalla tras otra.

Aunque tampoco estamos hablando precisamente de un outsider. Para los que conozcan un poco la trayectoria de Paul Thomas Anderson —o PTA, por abreviar— saben que este es el paso lógico en una carrera que se ha ido labrando a pulso en la industria hollywoodiense. El cineasta californiano se ha molestado en procurarse un corpus fílmico que va desde la comedia alocada de Boogie Nights hasta el drama romántico, pausado e incluso turbio de El hilo invisible, pasando por la psicodelia pynchoniana de Vicio Inherente o esa especie de subgénero conocido como greater than life que supuso Pozos de ambición. Una carrera, en definitiva, que demuestra el infinito talento de un director que sabe moverse entre el aroma a clasicismo y la locura improvisadora y efervescente de la modernidad. Uno solo tiene que leer el reparto de su tercera película, Magnolia, para darse cuenta de que ese chico que abandonó la escuela de cine —después de que un profesor hiciera de menos a cualquiera que pensara en hacer algo como Terminator 2— poseía un talento fuera de lo común en la industria del momento.

Y así, casi treinta años después de su estreno tras las cámaras, presenta Una batalla tras otra, donde vuelve a Thomas Pynchon —en este caso con la novela Vineland, publicada en 1990— para hablarnos de revoluciones, derrotas y algunos de los grandes problemas de nuestro presente.

El film del que aquí hablamos está cargado de referencias a nuestra realidad, mostrando un sistema que se sustenta sobre la paranoia que crean otros paranoicos a los que nunca conoceremos porque se mueven en las sombras. ¿La única forma de hacerles frente? La revolución. Y aunque muchos han criticado la visión cínica y casi caricaturesca que hace PTA de los movimientos izquierdistas, creo que en el fondo traza un panorama nostálgico sobre aquellos que se quedan a la deriva de la resaca revolucionaria, pequeños peones a los que cambiaron de tablero cuando todavía no se habían percatado de que el juego estaba por terminar. Así encontramos a Bob Ferguson, alias del personaje interpretado por Leonardo DiCaprio, que veinte años después de su actividad en el grupo French 75 vive aislado entre el humo de los canutos y el recuerdo de una vida perdida, en constante estado de alerta mientras cría a Wila, su hija adolescente —interpretada por la hasta ahora desconocida Chase Infiniti, cuyo talento puede colocarla como una de las actrices de referencia en un futuro cercano—. Muy pronto los miedos neuróticos de ese viejo revolucionario se harán realidad cuando unos agentes federales llegan a la pequeña comunidad que había convertido en su escondite dispuestos a detener a ambos.

Comienza aquí una persecución en constante estado adrenalínico en la que ambos personajes deberán superar tantos obstáculos como uno pueda imaginar. Y es en este punto cuando uno puede apreciar uno de los grandes aciertos de la película, ya que sin dejar de lado que la trama principal —mezcla de comedia, thriller y cinta de acción— sigue a estos dos personajes, Paul Thomas Anderson no deja de lado la situación en la que su trabajo se está moviendo, inevitablemente marcado por el contexto de la inmigración y todo lo que esto supone. Porque si algo no ha cambiado desde la experiencia revolucionaria de Bob Ferguson es que el orden capitalista reaccionario se ceba con las personas migrantes. Algo que unido al discurso racial tan propio de los Estados Unidos solo puede crear un estado de constante ebullición y tensión social. De esta forma, la película plantea que quizás ahora la mejor forma de luchar contra el sistema es burlarlo sin destacar demasiado ni alzar la voz, ayudando a las personas que más lo necesitan sin necesidad de publicitarse.

Este es otro punto que ha levantado bastantes críticas, donde se acusa a la película de señalar que la revolución no es tanto realizar acciones concretas contra el sistema como ayudar a quien lo necesite de espaldas a él. Un punto que si puede ser válido también deja de lado otro aspecto fundamental de la película: el amor. Porque a pesar de que el personaje de DiCaprio pueda parecer un pelele lo vemos constantemente luchando por ayudar y salvar a su hija, del mismo modo que ella está dispuesta a luchar hasta el final por lo que ella cree justo o que su entrenador de kárate —Sergio St. Carlos, magníficamente interpretado por Benicio del Toro— no duda en ayudar a Bob al mismo tiempo que tiene que lidiar con llevar a un lugar seguro a un grupo de migrantes sin papeles que corren el riesgo de ser cazados en medio de la redada de los federales.

El último trabajo de Paul Thomas Anderson se posiciona así como una pieza que encaja al mismo tiempo en la vertiente más espectacular del cine comercial —con una persecución en coche donde solo hace falta asfalto y el desierto californiano para generar una tensión como pocas veces se ha vivido en los último años— y en una reflexión bastante cuidada sobre nuestra situación y capacidad para ponernos delante de todo lo que consideramos injusto. Y si además el estreno de una película lleva a generar un debate provechoso y honesto, se esté a favor o en contra, bienvenido sea.

Sentimental value (Joaquim Trier, 2025)

Sentimental value plantea un conflicto paterno filial donde todo tiene su doble metacinematográfico. Así, la película trata de la reconciliación de Nora (Renate Reinsve) con su padre Gustav Borg (Stellan Skarsgård) después de que él la abandonara en la infancia. Por otro lado, es la historia de superación de Nora, famosa actriz de teatro, hasta conseguir interpretar el papel de su abuela en el film del famoso y despótico director noruego Gustav Borg.

El reencuentro entre ambos surge tras la muerte de la madre de Nora. Ella disfruta de mucho éxito como actriz de teatro, aunque transita por una etapa de ataques de pánico que alivia acostándose con un actor casado (Anders Danielsen Lie). La carrera artística de Gustav es una leyenda basada en antiguas glorias, más pasadas que presentes. Por ello le interesa la participación de su hija para su última película. Este acercamiento refuerza colateralmente la intimidad de Nora con su hermana, Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas), más calmada y estable emocionalmente, casada y con un niño pequeño. Agnes comparte el rencor hacia su padre, que antes de abandonarla la empleó como niña actriz en su película más aclamada, y por la cual le organizan un homenaje.

En dicho homenaje, y ante la negativa de Nora, Gustav conoce y decide contratar a la estrella de Hollywood Rachel Kemp (Elle Fanning), lo que suscita los celos de Nora. Esta parte del film muta hacia una sátira amarga y un tanto nostálgica sobre el vacío en la industria cinematográfica. En especial durante la escena en la playa, de evidentes ecos fellinianos, con famosos en traje de gala bajo unas sombrillas coloridas y mal puestas, azotadas por el viento.

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Sentimental value.

Gustav es retratado como un director cuya concepción del cine ya pertenece a otra época. A la pregunta de si su film se mostrará en salas, solo puede quedarse estupefacto y responder: “¿Dónde si no?” Y quiere contratar a su viejo y fiel director de cámara, pero cuando lo visita se da cuenta de que este ya casi no puede mantenerse en pie. Esto encuentra una vía de escape cómica cuando Gustav le regala a su nieto dos DVDs: Uno de Irreversible (Gaspar Noé, 2002) y otro de La pianista (2001, Haneke). Y más allá de la inconveniencia de regalar dos películas tan extremadamente violentas a un niño está la ironía de que ellos ya ni siquiera tienen lector de DVDs para verlas.

También hay una referencia visual a Persona (Bergman, 1966), y de hecho el director sueco es la influencia más palpable a lo largo de la filmografía de Trier. Tanto por su introspección psicológica en personajes atormentados que atacan de forma abrupta, como por la abundancia de texto y primeros planos. De hecho, al principio del film hay un gag que consiste en espiar un psicoanálisis por una tubería, en homenaje a Otra mujer (Woody Allen, 1988), una rara avis en la filmografía del neoyorquino por su seriedad y tortura psicológicas, y reconocida por ser más que deudora de la cinematografía del director sueco.

A partir de aquí el relato se aproxima a un final un tanto complaciente. Nora investiga sobre su abuela, comprende mejor la situación familiar y en paralelo el talento de su padre y su forma anticuada e imperfecta de amar tanto en la vida real como en sus películas.

El espacio mismo también juega en este doble sentido. La casa familiar es presentada con una narración que Nora escribió de niña. También es la casa donde Gustav nació y donde abandonó a su mujer y a sus hijas, y donde la madre de Gustav se suicidó traumatizada por las torturas nazis. Por otro lado, también es el escenario donde Gustav pretende rodar el biopic sobre su madre. Hecho que Nora y su hermana descubren cuando deciden venderla y regresan para recuperar aquellos objetos de valor sentimental.

A pesar de que la mayoría de referencias cinematográficas tienen, como hemos visto, entre veinte o sesenta años de antigüedad, la forma expresiva se hace muy fresca y ligera para nuestra sensibilidad moderna. Las narraciones en off, la división en capítulos y la alternancia estilística entre escenas sólidas e impresionistas dan un ritmo muy flexible y sencillo de seguir, como ya cumplía su predecesora La peor persona del mundo, también con la versátil Renate Reinsve y Anders Danielsen Lie, actor fetiche de Trier. Aunque si bien Sentimental value plantea más capas de significado, temáticamente es algo más dispersa, quizá porque se ve en la obligación de detallar una herida para cada personaje, lo que alarga demasiado el metraje. Y en ocasiones se vuelve demasiado “evidente”, en el sentido de una psicología muy determinista, donde cada acción es una respuesta a un trauma concreto y conocido.

En definitiva, otra gran película del cada vez más aclamado director Joachim Trier, ganador esta vez del Gran Premio del Jurado en Cannes y Mejor Película de habla no inglesa en los BAFTA, entre otros. ¡Una apuesta segura para los Óscars!


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