Delitos y Cine: Proletarios del mundo, uníos
Jorge Marco, Julio Beltrán, Pablo Gracia//
Con motivo de que el pasado mes de mayo se celebrara el día del trabajador, desde Delitos y Cine hemos querido dedicar esta sección a tres películas que consigan trazar una línea histórica cuyo inicio parte desde los albores del siglo XX y se prolongue hasta la actualidad, tratando de otorgar perspectivas distintas y una pequeña visión acerca de cómo la clase trabajadora, su contexto y su entorno han evolucionado.
La aparición de una clase obrera con conciencia de su propia condición y creadora de una cultura compartida puede datarse a finales del siglo XVIII. El historiador británico E.P. Thompson apuntaba en su monumental La formación de la clase obrera en Inglaterra (1963) que fue durante este periodo en el que las rebeliones y pequeños tumultos anteriormente desconectados dieron lugar a protestas organizadas con un claro componente de clase.
Daba así comienzo una lucha por la adquisición de derechos y el anhelo de un cambio social. Ya entrados en el siglo XIX las tímidas reformas presentadas por los socialistas utópicos serían rápidamente superadas por el marxismo, que además otorgaba un componente internacionalista a las demandas obreras. Todos los trabajadores de todo el mundo eran iguales. Una visión que rápidamente sería aplastada por la I Guerra Mundial, que enfrentó y desangró a las clases populares en un conflicto de intereses puramente imperialistas. Pero la revolución bolchevique de 1917 daría una nueva esperanza al triunfo de las aspiraciones proletarias, ejemplificando que la toma del poder y el derrocamiento de los estados burgueses y capitalistas era posible. La respuesta en la Europa occidental, temiendo el impulso de lo que había acontecido en Rusia y que la revolución se extendiera acabó por posicionar a las clases altas como soporte principal del fascismo, que llevaría a cabo una limpieza brutal de todo cuanto sonara a clase trabajadora.
La derrota del nazismo en 1945 terminaría por conformar dos bloques, en el occidental el temor a la URSS provocó la progresiva construcción de un estado del bienestar que tampoco resultaría ser enormemente efectivo, pero sí ayudaría a calmar las aguas del conflicto social. Pero esas mínimas concesiones se romperían con la llegada de los neoliberales en la década de los ochenta, cuya ofensiva hacia todo lo que suena a decencia humana sigue causando estragos en la actualidad.
La historia del cine no se puede desligar de estos sucesos. No deja de resultar curioso que la primera película de los hermanos Lumière fuera Salida de los obreros de la fábrica Lumière. La clase trabajadora era ya la protagonista de un arte que acaba de nacer y que desde el primer momento iba a contar con una vocación claramente popular. Era algo que se veía y disfrutaba de forma colectiva. El poder de la imagen, que no necesitaba de ningún conocimiento previo para entenderse, hizo que el propio Lenin llegara a afirmar: “De todas las artes, el cine es para nosotros la más importante. Debe ser y será el principal instrumento cultural del proletariado”.
La pronta aparición de pequeñas salas de cine a lo largo y ancho de todo el planeta da buena cuenta del poder de las películas como forma de reunión. El cineasta Aki Kaurismäki, uno de los mejores directores a la hora de mostrar las miserias y esperanzas de la clase obrera, mostraba su convicción acerca de que la oscuridad de la sala de cine era un excelente nivelador social, ya que no importa la ropa que se lleva ni los billetes que asoman de la cartera de ca uno. Simplemente existe la pantalla que todos observan por igual.
Es dentro de este devenir histórico en el que se encuadran las películas escogidas para comentar y recomendar, iniciando el camino con Boris Barnet, cineasta soviético, y su La casa de la plaza Trubnaya (1928), una comedia que sirve para comprobar cuál era la situación del proletario en un país recién nacido y con aspiraciones para cambiarlo todo. Después viajaremos a Italia con La clase obrera va al paraíso (1971), de Elio Petri, feroz retrato de las condiciones que se viven en una fábrica y las secuelas que esta deja en los trabajadores. El trayecto terminará con Lazzaro feliz (2018) de Alice Rohrwacher, una historia con vocación de cuento en la que se nos presenta el problema de la marginación social y lo cerca que cualquier persona de clase baja está de caer en el ostracismo.
La clase trabajadora no ha tenido un discurrir histórico de grandes alegrías, pero si algo nos ha enseñado y se puede rescatar de las películas que vamos a presentar a continuación es que la lucha, por dura que sea, debe continuar.
La casa de la plaza Trubnaya (Boris Barnet, 1928)
En esta ocasión os presentamos una de las comedias más celebradas de Boris Barnet, reconocido por la crítica como el más importante director de comedias soviético. No es de extrañar con clásicos como La muchacha de la sombrerera, Suburbios, o Agente Secreto. Como veremos en este artículo, Barnet se aleja del realismo socialista de su época, aunque mantiene el vanguardismo soviético junto con la comedia de slapstick americana.
En este sentido, La casa de la plaza Trubnaya plantea su intención cómica desde los créditos gracias a la partitura orquestal de Taras Buevsky, con dinamismo y ligereza. Después nos ofrece el despertar de Moscú, con imágenes cada vez con más movimiento en el plano, al modo de Berlín, sinfonía de una gran ciudad (1927). Entonces se nos presenta la calle Trubnaya, que en realidad nunca existió y cuyos interiores son obra del escenógrafo Sergei Kozlovsky. Las escaleras del edificio se nos presentan como un plano abierto a lo Jacques Tati, donde paseamos la mirada por los distintos pisos ocupados por los vecinos. Aquí comienzan los primeros gags cómicos entre ellos, pues ninguno puede hacer nada sin molestar al otro. De hecho, sorprende el escaso sentimiento de comunidad que profesan entre sí, y que esta parodia de la vida comunitaria pasara desapercibida al gobierno soviético.
A continuación, se nos muestra a una campesina que está persiguiendo a un pato, y casi es atropellada por un tranvía. Cuando el conductor baja, el fotograma se congela en mitad de su salto y un rótulo nos anuncia que vamos a rebobinar para saber cómo ha llegado hasta allí Panasha, la campesina. Aquí comienza la narración desde la salida de su pueblo, su llegada a la ciudad, su casi accidente de tranvía, y continúa con su entrada al servicio de Golikov, un inquilino de la casa Trubnaya que posee una peluquería y explota a sus trabajadores. Acepta a Panasha porque no está en un sindicato. Sin embargo, serán los propios miembros del comité quienes se acerquen a ella, la apunten al sindicato y la hagan representante. Esto hace que Golikov ya no pueda explotarla y mejore la vida en comunidad de toda la casa Trubnaya.
El argumento por tanto defiende el buen hacer el gobierno soviético, pues Panasha ni siquiera debe rebelarse o correr grandes riesgos para cambiar su statu quo, sino que es el propio funcionamiento burocrático el que conduce las injusticias a buen puerto.
Sin embargo, otro rasgo más interesante y definitorio de su tiempo es el ritmo frenético del film. Hay escenas, como la del teatro, donde los planos duran apenas unos segundos, contrastan por su apertura, desde planos más generales a planos detalle, contienen mucho movimiento dentro de la imagen, incluso con velocidad acelerada, etc. Es decir, recursos con los que Eisenstein o Kuleshov habían tratado de expresar un cine revolucionario, pero que Barnet emplea para una comedia de trabajadores. En cualquier caso, este ritmo frenético nos remite a esos años veinte de Moscú, en pleno apogeo de las vanguardias, y de la Nueva Política Económica (NEP), que introdujo elementos capitalistas y fue visto con recelo en el propio partido. En definitiva, un sentimiento de cambio histórico que en este film se expresa a un ritmo tan vertiginoso como divertido.
La clase obrera va al paraíso (Elio Petri, 1971)
Italia iniciaba la década de 1970 con claras señales de que en los años venideros la violencia política se iba a convertir en algo común y casi diario. Los atentados, asesinatos y secuestros acabarían por conformar los conocidos como “Años del plomo”, una época marcada por el deterioro de las condiciones laborales y la aparición de un terrorismo de extrema derecha —que entre 1969 y 1973 ocupó el 95% de los actos violentos de estas características cometidos en el país— que se encontró frente a una izquierda con capacidad de organización y que terminaría por desembocar en la creación de las Brigadas Rojas, un grupo armado que se distanciaba de la actitud reformista del Partido Comunista Italiano. Es en el comienzo de esta situación de enorme tensión social cuando aparece La clase obrera va al paraíso, dirigida por Elio Petri, un cineasta italiano de claras convicciones ideológicas, como da buena cuenta el hecho de que el film se rodara en una fábrica real del Piamonte cuyos trabajadores aparecieron también como extras.
Durante la película acompañaremos a Lulù Massa, un trabajador “modélico” que no duda en aceptar de buen grado todo lo que se ordena desde la directiva, incluso si eso pone en riesgo la labor de sus compañeros. Se introduce así cómo es un día normal en la fábrica, con los trabajadores encogidos por el frío sorteando en la entrada a unos pocos estudiantes que tratan de convencerles para luchar por sus derechos, ya que trabajan a destajo, una forma de relación laboral que implica cobrar según lo que se produce y no por las horas cumplidas.
Cuando los trabajadores han entrado ya en las instalaciones, un voz por megafonía les da los buenos días y recuerda las normas a seguir —algo bastante distópico y que cualquier neoconservador achacaría a un rasgo característico de Corea del Norte hasta darse cuenta de que se trata de un lugar de producción en un país capitalista— para que, una vez colocados en sus puestos, se les cronometre para medir su productividad. Y es aquí cuando Lulù entra en conflicto con el resto de operarios, ya que le patrón le usa como ejemplo para ver cuál es el rendimiento óptimo que se le puede sacar a cada máquina. Él obedece, demuestra su talento para “leer” la maquinaria y vuelve a su puesto. Y en este momento somos conscientes de que algo no cuadra.
A Massa le interpreta el archiconocido Gian María Volonté, famoso por sus papeles de villano en los spaghetti western de Sergio Leone —donde también demostró la firmeza de su ideología, ya que durante el rodaje de estos films en España aprovechaba cualquier oportunidad para lanzar discursos antifranquistas dirigidos a los extras y trabajadores autóctonos—, cuya tendencia a la sobreactuación se convierte aquí en el engranaje perfecto para demostrar que su personaje está a punto de estallar. Un montaje paralelo iguala las piezas generadas por el torno en el que trabaja con los giros de su propia cabeza. Massa grita cada vez más alto, como en una especie de éxtasis, afirmando que la razón de su rapidez es que por cada pieza que crea, piensa en un culo. Este delirio se salda con lo inevitable, y Lulù pierde un dedo.
Este hecho será clave y dará el cambio de tono y temática para el resto de la película, ya que el trabajador modelo que nunca se cuestionaba su posición adquirirá conciencia política. Su impulso incluso superará las demandas del tímido sindicato que opera en la fábrica, llamando a una huelga total durante la que comprobará que esos superiores que antes siempre tenían buenas palabras hacia él ahora llevarán a cabo cualquier acción con tal de restituir el orden —incluso si se precisa de la intervención policial, cuerpo del orden distinguido siempre en los ataques hacia cualquier manifestación popular—.
La clase obrera va al paraíso se convierte así en un relato de claro corte político que pasa de un sujeto colectivo, “la clase trabajadora”, a detenerse en la transformación de este operario, Lulù Massa, cuyo rostro ocupará siempre la mayor parte de la pantalla, haciendo todavía más agobiante las distintas situaciones a las que se enfrenta. Un acto arriesgado ya que, lejos de ser una persona modelo, es también ejemplo de las actitudes y comentarios más casposos imaginables hacia su pareja y sus compañeras del trabajo. Además, cuesta decidir si su activismo se debe a una reacción egoísta tras su mutilación o a una introspección profunda desde la que ha nacido su nuevo posicionamiento. Pero en este viaje al interior de este operario se verá algo que preocupa especialmente a Massa: teme estar perdiendo la cabeza.
A lo largo de la película serán varias las ocasiones en las que acude a visitar a un viejo compañero de la fábrica, que ahora está internado en un psiquiátrico. En una de sus últimas conversaciones por fin se atreverá a preguntarle si él supo cuándo se estaba volviendo loco. Más allá de la anécdota personal, Petri parece plasmar que las formas de trabajo que se desarrollan en este sistema sólo pueden dar lugar a personas con mentes totalmente trastornadas. Un aspecto muy interesante, sobre todo a la hora de combatir los discursos obreristas nostálgicos que se dan en la actualidad, donde gente que no sabe lo que es una herramienta habla de un supuesto pasado glorioso en el que las familias de clases populares vivían felices y unidas, con sus semanas de vacaciones en la playa y una capacidad adquisitiva envidiable. En La clase obrera va al paraíso, estrenada hace cincuenta años, se muestra a un grupo humano desorganizado y violento, brutalizado por sus condiciones laborales. “¡Y ahora estoy convertido en una bestia, una bestia…! ¡Soy una bomba, y ahora la bomba se ha roto, no va más!!” grita en un determinado momento Lulù para animar a sus compañeros a unirse a la huelga.
Massa acaba por convertirse en ejemplo universal, para lo bueno y para lo malo, dentro de un film que en ocasiones se aproxima al género documental, pero transformándolo en una especie de pesadilla imposible de asimilar. La música de Ennio Morricone parece reforzar esta idea, empleando sonidos y tonalidades muy próximos al ruido de las máquinas en las que trabajan los operarios de la fábrica. El trabajo lo es todo y todo lo ocupa.
No se puede, ni mucho menos, acusar a esta película de simplista, ya que constantemente se mueve en una convicción por retratar todas las aristas y contradicciones de la realidad social. Los trabajadores parecen estar utilizados de igual forma por los patronos y por los sindicatos, cuyas proclamas se quedan muy atrás de las verdaderas aspiraciones de la clase obrera y terminan por mostrarse incapaces a la hora de adaptarse a las demandas reales y necesarias de los operarios. Del mismo modo, los estudiantes que lanzaban proclamas en la entrada de la fábrica parecen tener una distancia irreconciliable con los proletarios a los que tratan de concienciar. Unos han tenido tiempo para estudiar toda la teoría, el resto vive en sus carnes la práctica.
Tampoco se simplifica la figura del trabajador, no es ni un ejemplo perfecto de las mejores virtudes del ser humano ni tampoco alguien malo por naturaleza que precisa de orden y disciplina. En todo caso, el cineasta italiano parece tener bastante claro que algunos de los aspectos más criticables hacia los operarios surgen al constatar cómo la fábrica les obliga a funcionar, cuando debería ser al contrario. El trabajo a destajo, el ruido y los líquidos y gases tóxicos que desprenden las máquinas no dejan lugar a ningún otro deseo que no sea el de volver a casa y ver la televisión para no pensar. Y así hasta al día siguiente, y al siguiente, y al otro…
El final de la película es igual de desesperanzador que la realidad, las cosas parecen tomar el cauce que han seguido siempre, las promesas se incumplen y los sueños se esfuman. La cadena de montaje sigue. Hasta que se pierda un dedo, o la cabeza, y ya no quede nada más.
Lazzaro felice (Alice Rohrwacher, 2018)
El que en esta pequeña selección se cuelen dos películas italianas no es casualidad. A lo largo de su historia reciente, y especialmente tras la caída del fascismo, el cine italiano ha mostrado un fuerte interés y compromiso social que, en el contexto de los ebullicientes movimientos obreros, dio y da lugar a algunas de las películas más interesantes en el campo que hoy nos ocupa. El núcleo duro de esta tradición, que aún pervive en películas como Lazzaro felice, la encontramos en el conocido como neorrealismo italiano. En el seno de este movimiento, uno de los más importantes en la historia del cine junto al expresionismo alemán y la nouvelle vague, iconos de la talla de Rossellini, De Sica, Pasolini y Fellini nos brindaron algunas de sus mejores obras. El cine bajaba a la calle, mostraba las miserias y luchas cotidianas de las clases más humildes y, lejos de buscar simple entretenimiento, perseguía despertar conciencias y contestación. Hoy en día, los ecos de las luchas de aquellos tiempos resuenan en un mundo que aún no ha dado respuesta a muchas de las problemáticas que entonces se denunciaban. De igual modo, en el cine italiano seguimos encontrando la influencia de esta corriente cinematográfica. Alice Rohrwacher es una de las más fieles y talentosas herederas de este cine y, con esta película, traslada y actualiza toda esta tradición a los tiempos que nos han tocado vivir.
En una de las primeras escenas, Lazzaro contempla la luna llena. Luna es, precisamente, el apellido de Alfonsina, la implacable marquesa que, mediante una red de engaños y al margen de la legalidad, ha sometido al pueblo de La Inviolata a un régimen de esclavitud. Trabajan en sus campos sin remuneración alguna y creen ser propiedad legal de la marquesa, quien se aprovecha despiadadamente de su ingenuidad. Del mismo modo, el joven Lazzaro, víctima de su infinita bondad y generosidad, es explotado por el resto de habitantes del pueblo, quienes le relegan constantemente las tareas más duras y fastidiosas, que inocentemente realiza de buen gusto. Lazzaro es, irremediablemente, el eslabón más pequeño de esta cadena de explotación y abusos. Una hormiga que observa a la luna.
Tras un giro puramente surrealista, que seguro esbozaría una sonrisa en el rostro de Buñuel, un milagro, cuya naturaleza no desvelaremos en esta reseña, transporta a Lazzaro varios años hacia el futuro. El engaño de la Alfonsina fue desvelado y del pueblo en el que creció solo quedan las ruinas. Sus antiguos vecinos se mudaron a la gran ciudad tras ser liberados, así que Lazzaro se aventura a descubrir las urbes modernas. A lo largo de esta aventura, Lazzaro descubre que la vida no es mucho más fácil ni mucho más justa de lo que ya lo era bajo la tutela de la marquesa.

La contraposición y comparación entre las dos partes de la película, tan diferenciadas en fondo y forma, sirve de herramienta a Alice Rohrwacher para denunciar lo que ella misma califica como la segunda Edad Media. El mundo en el que la explotación era brutal, explicita y literal se ha transformado en otro en el que la explotación resulta brillante, estética y atractiva. En las periferias de las ciudades se agolpan los desposeídos, que ni viven mejor de lo que lo haría un esclavo ni están menos sometidos a la voluntad ajena. Para Alice Rohrwacher, nunca nos llegamos a liberar de esa dinámica de amos y vasallos, simplemente la maquillamos, literal y dialécticamente, para evitar sus efectos más antiestéticos. Entre el engaño en el que vivimos y el que padecían los campesinos de La Inviolata no hay diferencia alguna. Probablemente, además de la certera descripción que Rohrwacher da una sociedad fría y despiadada, la mayor fortaleza de la película es su protagonista. Lazzaro es la antítesis del mundo que habita. Una de esas personas sencillamente buena en su naturaleza. Una bondad no meditada y que no responde a ningún deseo o necesidad. Lazzaro es bueno porque no sabe ser de otro modo. Para Alice Rohrwacher, ese es el significado de la santidad.
La critica profesional se deshizo en halagos hacia esta película. Si buscáis análisis un poco mas sesudos que este, enseguida leeréis comparaciones con Passolini, Olmi, Visconti o cualquiera de los ya mencionados. Si bien puede intuirse mucho de estos artistas en las obras de Alice Rohrwacher, ella hace su propio cine y lo firma con un estilo muy personal. Probablemente, el que los grandes directores del Neorrealismo Italiano se vean reflejados en este film obedece más a que los problemas sociales que denunciaban siguen presentes en la actualidad que desmenuza esta película y no tanto en un afán imitador de su directora. Lazzaro felice es una película que grita: “¡Queda tanto por hacer! ¡Queda tanto por luchar!”
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