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Demasiados sapos a los que besar… no quiero a ninguno

Patricia Álvarez // @maybetoniight 

Era festivo. Lo recuerdo con claridad porque aún me zumbaban los oídos por la juerga del día anterior y el fregadero estaba a rebosar de copas sucias para lavar. También porque la casa estaba llena, habíamos acudido toda la familia al jolgorio. La nostalgia del recuerdo se empaña en el momento en el  que mi tío aparece en la cocina y me hace LA pregunta: 

– Oye Patri, ¿dónde has dejado esta vez al novio? – Así, de sopetón, ni un “buenos días”, a buena hora de la mañana mientras bebo un palmero de agua directamente del grifo. 

– En casa, le he dado el fin de semana libre – Pero es mentira, claro. Yo no tengo novio y nunca le he presentado a ninguno. Dicho sea de paso, tampoco sabe que me gustan las mujeres. 

La verdad es que, aunque sea costumbre, ya empieza a cansarme. Estoy harta de que el único valor que nos aporten a las mujeres sea el de tener pareja. De repente, me parezco a Jo March en la película “Mujercitas” –interpretada por Saoirse Ronan– cuando llora porque odia que nos encasillen en la amatonormatividad pero a la vez se siente muy sola. Jo termina aceptando su cruel destino casándose con un francés y, de repente, es feliz. ¿Será eso lo que me hace falta a mí? ¿Un francés? Al final va a tener razón mi tío. Me niego.  El “felices para siempre” se ha asociado toda la vida a terminar con pareja, casados, con una casa, hijos y morir en el lecho juntos. Pero, ¿Qué tiene que ver ser feliz con vivir con una pareja? Glorificar de semejante manera el amor romántico desprestigia todos los tipos de amor que experimentamos los humanos a lo largo de nuestras vidas. ¿Acaso es más válido el amor por una pareja que por tus amigos, tus padres, tu mascota o por tí mismo? Tendemos a pensar que hablar de amor se equipara siempre al amor en pareja, es algo que va intrínseco en nuestro pensamiento porque así nos lo han hecho creer. Todas las películas y canciones de amor van sobre eso. 

La amatonormatividad es el concepto que describe la suposición generalizada de que todos estamos mejor en una relación de pareja exclusiva, romántica y duradera, y que todos buscamos esa relación, o deberíamos. La concepción general que se tiene de una persona soltera es que vive en una tristeza profunda o no sabe comprometerse por su desfase. Si estás soltero eres una persona solitaria, no tienes la capacidad para ser amado; los gurus del amor te dirán que debes cambiar: “Trabaja primero en quererte a tí para que puedan amarte”. Si estás soltero y quieres seguir estándolo, déjame decirte que no vas a tener tu final feliz. 

Anhelar amor no tiene nada de malo. Pero debemos empezar a tener más en cuenta otro tipo de relaciones que se invisibilizan por la búsqueda interminable de cariño en una pareja. Rechazar la amatonormatividad no implica desalentar las relaciones amorosas; significa dejar de promocionarlas como lo mejor que te puede pasar y ponerlas encima de una pirámide imaginaria a expensas de otras relaciones afectivas. Porque tiene que haber algo más. Hay algo más.

Cuando Jo solloza y entre lágrimas espeta: “I care more to be loved” dejó una marca profunda en la adolescente de 16 años que yo era. Jo tenía razón, yo no quería un novio, quería que me quisieran. Lo que esa Patri no sabía es que años después la cosa seguiría igual, pero ahora sé que siempre he sido querida por los míos y que el amor tiene mil caras. No necesito novio o novia para sentir amor. Pero, según tengo entendido, siempre me faltará algo ¿no?


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