Aloma Rodríguez: “Hay gente que tiene la religión, yo tengo la lectura”
// Sheila Lafuente @sheilafuentte
Decía Ana María Matute que ‘la lectura es una fábrica de sueños’. Un espacio en el que gritar, enmudecer, romper a llorar o reír. Un universo en el que vivir multitud de vidas diferentes. Y si es cierto que el lector experimenta miles de estas antes de morir, ¿qué ocurre con los escritores? Aloma Rodríguez (Zaragoza, 1984) es novelista y lleva la literatura en la sangre. De familia de literatos y periodistas, confiesa que, de niña, soñaba con pisar escenarios.
— El teatro tiene mucha importancia en la mayoría de tus obras, ¿a qué se debe?
— Yo hice teatro desde pequeña. Yo realmente quería ser actriz, pero me fui a París a hacer el Erasmus y empecé a escribir. Me gustó más.
Quizá el destino había escrito que Aloma necesitaba la escritura, tanto como el mundo literario parecía necesitarla a ella. Frederic Chopin afirmó en algún momento de su corta vida que ‘París responde a todo lo que el corazón desea’, y, gracias a esta frase, entendí su comienzo en la escritura, en un pequeño habitáculo en la llamada ciudad del amor.
— ¿Por qué escribes?
— Porque no puedo no hacerlo.
Aloma se dio cuenta de que la escritura era inherente a ella. Es madre de tres hijos y de siete obras. Con una vida rodeada de lecturas, se sienta frente a su escritorio a redactar historias que llegarán a nuestras estanterías; a viajar entre narraciones que otros escriben y que se encarga de reseñar en ‘Letras Libres’; a hablar sobre estas en Radio 3. Su libro favorito –a día de hoy, que no será el mismo mañana– es ‘Noches insomnes’ de Elizabeth Hardwick. “Los libros son la mediación entre el mundo y yo”, revela.
— ¿Qué te aporta la literatura que no te aportan otros ámbitos?
— No sé si el hecho de que esté siempre leyendo ha hecho que me relacione con el mundo a través de los libros, o al revés, que yo necesite los libros para relacionarme con el mundo. Ya no sé qué es qué. Hay gente que tiene la religión, y yo tengo la lectura.
Zadie Smith, Martin Amis, Raymond Carver, Peter Handke, Annie Ernaux, John Berger, Dubravka Ugrešić, Milan Kundera, Marguerite Duras, y un largo etcétera de escritores y escritoras de todo el mundo han sido morfemas que han establecido los sintagmas de sus creaciones. Sin embargo, recuerda a sus compañeros de profesión –y de aventuras– Félix Romeo y Sergio Algora con un orgullo inmenso, considerándolos figuras influyentes en su actitud de autora. “Además, me gusta que no solo me influyan escritores. Que mi escritura no solo se alimente de la literatura, sino que se alimente de las canciones que escucho, películas… Que haya más juego, que no sea una habitación tan cerrada”, manifiesta.
En un apartamento de París comenzó su relato. Un diario y miles de aventuras que dieron lugar a su primera obra: ‘París tres’ (2007). Desde esta hasta ‘Los idiotas prefieren la montaña’ (2024), la protagonista no tiene nombre. Por fin, en ‘Puro Glamour’ (2024), conocemos su verdadera identidad: Aloma Rodríguez.
— ¿Me confiesas quién es la protagonista de todos tus libros?
— Voy haciendo como una especie de novela en marcha, más o menos basada en cosas. Y a veces sí que hay más cosas de ficción; otras, va más pegada a mi propia vida. Y luego se mezcla todo y ya no sabes qué es verdad y qué es mentira. Me di cuenta de que si la protagonista nunca tenía nombre, hacía como que podía ser un alter ego mío. Y eso daba como unidad a todos mis libros como si fueran eso, una novela en marcha.
Sus libros albergan miles de temas cotidianos que Aloma ha experimentado desde que comenzó a vivir. Aborda sin tapujos las grandes cuestiones de la existencia: la infancia, la maternidad, el sexo y la muerte. No sólo exploran lo cotidiano, sino que también invitan a reflexionar sobre lo efímero de la vida y la profundidad de las experiencias que la conforman.
— ¿Te sientes más cómoda escribiendo sobre la muerte o sobre el sexo?
— El sexo es más divertido que la muerte. Aunque creo que van bastante de la mano, ¿no? O sea, el sexo es la negación de la muerte y, a la vez, creo que la conciencia de mortalidad está bien. Si tú sabes que se va a acabar, creo que es mejor. La muerte en el fondo da un fin, entonces eso hace que dé un sentido a la vida. Si la vida fuera a durar para siempre, sería un coñazo.
Escribir sobre la vida, en todas sus formas, requiere una mirada particular. Una mirada hacia dentro, hacia uno mismo. “Un escritor siempre está escribiendo, más incluso cuando no lo está haciendo delante del ordenador. Cuando me pasa alguna cosa en mi día a día, ya sea buena o mala, pienso: cuando lo cuente va a ser gracioso”, bromea. Más allá de un enfoque introspectivo y de un humor sencillo, lo que realmente destaca de su escritura es la complejidad de la experiencia vivida y la sencillez de concesión de sus historias. Aloma no transmite palabras ni invenciones totales, transmite una parte de sí misma que se mezcla con la de quienes leen.
—¿Qué mensaje quieres transmitir a través de tus obras?
— ¿Yo? ¿Mensaje? Ninguno. No creo que la literatura tenga que dar un mensaje. No me gustan nada los libros que van con un mensaje, me parecen horribles. Creo que el mensaje que tienen que dar los libros es de libertad y de respetar el pacto entre el lector y el escritor. O sea, tú estás haciendo esto porque de verdad lo sientes y te apetece. Como que no hay más allá, ¿no?
—Una reflexión curiosa…
—Creo que los mensajes se tienen que hacer en otros contextos. Si supiera lo que quiero transmitir, a lo mejor no necesitaba escribir, ¿no? A mí me gustan los libros que se acaban de construir cuando los lee alguien. Tú lo lanzas y alguien lee y, entonces, ahí se construye algo. Puede ser que a una persona le llegue un libro mío en un momento determinado que le haga darse cuenta de algo. Eso me parece súper bonito, pero creo que se tiene que dar. Tú vas poniendo las condiciones, pero no sabes lo que va a pasar.
La incertidumbre de la vida nos lleva a lugares curiosos, inimaginables. Y aunque parezca que los giros inesperados solo existen en los libros y en las películas, la existencia humana se alimenta de ellos. Emprendemos viajes por doquier y caminamos por sendas que nunca pensamos pisar. Y, de repente, llega el momento perfecto en el que se nos presenta una oportunidad que somos incapaces de rechazar.
— ¿Por qué decidiste irte de Zaragoza?
— Nos hemos venido a Almería a cumplir una fantasía familiar de vivir en la playa. Ahora mismo podemos, porque los dos trabajamos a distancia y es factible; los niños son pequeños, los puedes mover sin que suponga un drama que se separen de sus amigos. Si lo hacíamos, tenía que ser ahora.
Miguel de Unamuno decía: ‘Solo los que intentan cosas absurdas son capaces de lograr cosas imposibles’. Una maleta en cada mano, tres niños a la espalda y la construcción de su propia historia. Y así, escribiendo su futuro, Aloma se asentó en Almería. Sin embargo, afirma que la casa de sus padres en Zaragoza es su refugio, “la regresión al útero materno”.
— Todos tus libros tienen referencias a nuestra tierra, ¿te sientes muy vinculada a Zaragoza?
— No es que me sienta vinculada, ni arraigada a mi raíz. Todo sucede donde uno está, da igual que estés en Valladolid que en Zaragoza. ¿Por qué no vas a poder escribir una novela chula que pase en Cuenca? Esta cosa que pasaba mucho en los 90, que parecía que para ser cool las novelas tenían que pasar en Madrid, después Barcelona. Ahora la literatura de provincias ya es una etiqueta rancia.
Al igual que con la literatura, en la vida da igual dónde estés, lo que importa es lo que vives allí y quién te acompaña en cada aventura. Aloma tiene cuatro personas a su lado: su marido y sus retoños. “Cuando no estoy escribiendo paso mucho rato con mis hijos, soy una persona bastante normal”, asegura.
— ¿Tus hijos han leído alguno de tus libros?
— Mi hija mayor, que tiene 10 años, sí que ha leído alguna cosa, pero… supongo que les dará muchísima vergüenza, ¿no?
— ¿Por qué?
— A mí me pasa. Mi padre es escritor. Aunque no hable de intimidad, en el fondo tú estás viendo su alma. Entonces, digo, ‘yo no sé si quiero ver todo esto’, ¿sabes? A mí me da pudor, entonces a mí hay cosas que me cuesta mucho leer de mi padre. También porque entiendo que yo leo de una manera, como si tuviera rayos láser.
Mientras habla de ello, Aloma se ruboriza. “La muerte, hacer caca y el sexo son como una cosa como de intimidad máxima”, sentencia. Leer y, sobre todo, escribir parece ser mucho más íntimo que otras prácticas. Es ese momento en el que una persona desnuda su alma y muestra su vulnerabilidad a todo aquél que le mire, que le lea. De la misma forma que en las relaciones sexuales nos quitamos la ropa, la lectura nos permite quitarnos capas de uno mismo hasta llegar a nuestro interior. De la misma forma que en las relaciones sexuales experimentamos miles de pasiones, la lectura nos inclina hacia sentimientos nunca antes vividos.
“La conciencia de estar vivo nunca es más evidente que en las relaciones sexuales”, se sincera la escritora. Porque estar vivo es sentir, y se siente leyendo, haciendo el amor, escribiendo, viviendo. Se siente experimentando, cogiendo las cosas y huyendo. Se siente encima de un escenario, personificando a Clitemnestra. Se siente en París, en Lisboa, en Galicia, en Jaca. Se siente viendo en las librerías esa obra que lleva como título ‘Una inesperada ilusión’ (2025) y que escribiste en silencio sin el propósito de ser expuesta. Se siente cuando te susurra tu hijo al oído, cuando la hija de la entrevistada te sonríe y te saca la lengua; cuando quieren indagar sobre ti, cuando te dicen que sí a la entrevista.


