Exigencia
Angelica Caballero//
Me despierto cada mañana con una lista mental de pendientes, propósitos y objetivos que tengo que realizar a lo largo del día. Consigo hacerlos todos, pero hay algunos que no puedo llevarlos a cabo por “x” motivos. Algo dentro de mí insiste en que podría haberlo hecho mejor. Me debería haber organizado mejor los tiempos para poder terminar ese último capítulo de mi libro y hacer esos treinta minutos de cardio al finalizar el entreno. No me ha dado tiempo a todo. Otro día más sin poder cumplir con mis propósitos. No importa cuántos logros acumule, la sensación de insuficiencia muchas veces me persigue como una sombra.
Autoexigirse no es algo negativo. De hecho, tiene mucho que ver con la motivación, con querer superarse, crecer y avanzar. Pero cuando esa exigencia se convierte en una presión constante, en una lupa que magnifica nuestros errores y minimiza nuestros éxitos, deja de impulsarnos y comienza a limitarnos. Es como correr una carrera infinita, hagamos lo que hagamos, nunca llegaremos a la meta.
A veces, el diálogo interno suena así: “Podrías haber dado más”, “Eso no era suficiente”, “No has sido productiva”. Es una voz que se repite tanto que termina apagándome por completo. Esa voz, que algunos confunden con ambición, muchas veces se origina por una mezcla de expectativas sociales, comparaciones inevitables y una autoestima condicionada por el rendimiento.
Según un estudio publicado en Psychological Bulletin, el perfeccionismo ha aumentado significativamente en las últimas décadas, especialmente entre los jóvenes. Los investigadores Thomas Curran y Andrew Hill analizaron datos de más de 40.000 estudiantes universitarios y descubrieron un incremento en tres formas del perfeccionismo: el “autoorientado” (la exigencia hacia uno mismo), las “expectativas sociales” (la creencia de que otros esperan que seamos perfectos) y el “dirigido a otros” (exigir perfección a otras personas). No es una coincidencia. Es un reflejo de la cultura en la que vivimos. Nos comparamos siempre y no disfrutamos de los pequeños logros como: madrugar, ir al gimnasio, comer saludable, ir a la biblioteca, correr en ayunas…
Las redes sociales también tienen parte de responsabilidad. Cada día nos enfrentamos a logros compartidos y éxitos brillantes. Todo parece perfecto, rápido y alcanzable. Pero lo que no se muestra es el desgaste emocional, el cansancio detrás de cada foto y el miedo al error o al fracaso.
El problema aparece cuando esta exigencia constante nos impide disfrutar. Cuando incluso en los momentos de éxito sentimos que nos falta algo. Cuando descansar se convierte en un lujo culposo y no en una necesidad humana. Porque no somos máquinas, aunque a veces actuemos como si lo fuéramos.
Tenemos que detenernos y respirar. Hacer una pausa. Reconocer que hemos hecho lo mejor con lo que teníamos en ese momento. Aunque siempre haya margen para mejorar, eso no quita lo que ya conseguimos. Aplaudirnos un poco más. Felicitarnos por avanzar y crecer, incluso si no fue perfecto, incluso si nos esperábamos más.
Sentir orgullo no es sinónimo de conformismo, sino un acto de justicia hacia nosotros mismos. Reconocer que llegar hasta aquí, con todo lo que implica la vida cotidiana, ya es un logro. No todo debe ser superación constante. También hay belleza en la calma, en la pausa y en el reconocimiento.
Tal vez deberíamos empezar a preguntarnos: ¿De dónde viene esta necesidad de ser siempre mejores?, ¿A quién queremos demostrarle tanto? Quizás el verdadero desafío al que nos enfrentamos no sea llegar más lejos, sino aprender a detenernos y decir: “Lo he hecho muy bien. Lo he dado todo y eso es suficiente. Me siento muy orgullosa de mí”.
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