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gritad, gritad, malditAs

Dani Calavera  (@dani_calavera)//
En la cuarta temporada de la serie de Monstruos, tras la radiografía de Ed Gein, la antología se ocupa ahora de la historia de Lizzie Borden -de una forma muy libre, eso sí, pero que sirve como alucinada y genial excusa-. Y como suele ser común en las producciones de Ryan Murphy, el relato de la conocida asesina, causante de la muerte de su padre y madrastra a hachazos a finales del siglo XIX, es una vía para contar algo de mayor relevancia y además, en esta ocasión, dejando a un lado el ensalzamiento de una figura enferma para dar más calado a algo tan arriesgado en un crimen atroz como la justificación del mismo. Esto no es nuevo y ya lo hemos visto, pero en esta ocasión, es un discurso que hay que repetir hasta que cale en quienes deba calar. Y si hacen falta cien ficciones más como esta, pues que vengan.

Quien escribe, ha tenido la gran suerte de haber sido criado por un padre que no se cree superior a las mujeres. Si vosotros y vosotras también habéis tenido esa suerte, sabéis de lo que hablo. Entre las cosas más importantes, sabemos identificar a los hombres que no queremos cerca de las mujeres de nuestra vida. Hombres que no son como esos padres que hemos tenido la gran suerte de tener. Padres y madres, como los míos, de los que enorgullecernos.

«Lizzie Borden tomó un hacha y le dio a su madre cuarenta hachazos. Cuando vio lo que había hecho, le dio a su padre cuarenta y uno».

Del mismo modo que con Ed Gein nos contaron cómo el asesino y profanador de tumbas influyó en figuras de ficción como Norman Bates, Leatherface o el asesino de mujeres Buffalo Bill, aquí nos hablan de la influencia que una mujer que ejerce poder puede tener sobre otra. Aunque ese poder sea sangriento, vengativo y tan lleno de rabia como de poético estilismo en su presentación -como es costumbre en las producciones de Murphy- Y así, Lizzie Borden deja en esta ficción que le inunde el relato de la condesa sangrienta, Erzsébet Báthory, quien se bañaba en la sangre de las doncellas que asesinaba para mantener su piel joven y suave. Este relato alimenta la imaginación de Lizzie, como el suyo propio alimenta las ansias y esperanzas de justicia en sus actos de otro “monstruo” de la sociedad, la conocida asesina en serie Aileen Wuornos.

“Maté a esos hombres, los robé tan fríos como el hielo. Y lo volvería a hacer. No hay posibilidad de mantenerme viva, porque volvería a matar. Tengo odio arrastrándose por mi sistema.”

Quien escribe quedó una tarde con una chica de su clase en casa de ella. Quien escribe besó a la chica y empezaron a subir el tono de aquel encuentro, hasta que la chica pidió que parasen. Quien escribe se detuvo. Quien escribe recuerda que la chica se quedó algo contrariada al ver que paraba y me dió las gracias. Pasaron unos años hasta que me caló aquel “gracias”. En ese momento, esa tarde, no lo entendí. Sencillamente me encogí de hombros y sonreí.

Mi yo adolescente no entendió ese “gracias”. Ahora, yo doy gracias por la educación que he tenido. Pero también no puedo evitar, como tantos y tantas, que me ardan las entrañas al recordar cosas, comportamientos y frases escuchadas en muchos momentos y situaciones -más de los que nos gusta reconocer- y que ya no tienen remedio. Y a veces esas situaciones nos tocan de cerca, como un día en que el que escribe, escuchó de una persona cercana a su familia que las mujeres que visten ligeras es porque buscan “lo que buscan”. Son cosas que hacen, de alguna manera, que todos como espectadores apoyemos y aplaudamos comportamientos como los de Aileen Wuornos, Lizzie Borden e incluso justifiquemos la monstruosa personalidad y actos de la Condesa. ¿Cómo no van a hacer lo que hacen? ¿Asesinas? Sí, lo son. ¿Culpables? Eso ya es otra historia. ¿Justicia? Todos sabemos que la justicia no es ciega, es más bien miope o tuerta. Hay clases y escalas. Y no es nada nuevo decir que para los hombres que creen que las mujeres son una escala menor o una clase baja, a las que tienen que dar permiso para hablar -o votar- figuras como Wuornos o Borden son y serán culpables siempre. O como aseguran en el propio congreso de nuestro país los del partido que lleva la vicepresidencia en nuestra comunidad “que se tomen la pastilla”. Esto, lamentablemente, ocurrió de verdad. Y sigue ocurriendo. Y si no los paramos, seguirá ocurriendo.

“No hay apenas mujeres reconocidas en ninguna profesión, pero el mundo está lleno de célebres hombres mediocres.»

  • Gloria Fuertes.

¿Cómo no van a hacerlo? Del mismo modo que Thelma y Louise solo ven una salida al final, Lizzie no ve otro remedio para salir de su situación. Esto nos lleva a un carnaval -como el tema que nos acompaña al expirar Wuornos- en el que Murphy y su equipo vuelven a exponer de forma sencilla, sin muchas complicaciones, temas que podrían tomarse como complacientes, incluso gratuitos. Pero a diferencia del más comercial de los éxitos, si empiezas a escarbar en diálogo, dirección, montaje… Si ves clara la biblia de la propuesta que supone esta nueva entrega, de complaciente y gratuita no tiene nada. De lo que sí tiene es de contundente y de consciente. Consciente de la ira, de la rabia y de las ganas de una casa apartada, lejos de todo, hasta que la cosa vuelva a estallar y decidas tomar parte en el mundo de la forma más positiva para los tuyos que puedas. ¿Acaso se convierte el final de esta temporada en un edulcorado “posible”? Me gusta más pensarlo como un esperanzador “Y si…”. Notablemente bien hiladas las tres historias de las tres mujeres culpables, la conclusión es lo que todos sabemos que debería ser, que debió ser y que debe ser. Y que ojalá sea en un futuro. Ojalá todos los hombres que dan permiso a mujeres y hombres inferiores a ellos -es decir, todos, a no ser que tengan dinero o puedan ayudarles a escalar- o desaparezcan o cambien y no hagan falta Lizzies, Aileens o Condesas. Pero hasta que eso no suceda, seguirán siendo necesarias cada manifestación, cada lucha, cada respuesta, cada paso firme en la burla de los culpables -¿Alguien en contra de llamarlos así? Creo que no. Porque ellOs merecen ser más culpables que ellAs- y por supuesto, cada ficción como esta, que les quema como el ácido, que les sabe muy mal y que necesitan denostar, menospreciar y por supuesto, de la que se burlarán, porque es lo que hacen con todo que no les cuadra en su poder y en la necesidad, hambre y sed de ejercerlo sobre todo y sobre todas. O al menos, de quienes tengan cerca.

«Cuando eres una estrella, puedes hacer cualquier cosa. Agarrarlas por el coño. Puedes hacerles de todo».

  • Donald Trump. (2005)

Habrá quien tache de feminismo tóxico esta temporada del Monstruo de Lizzie Borden -o de feminismo a secas, que para los culpables ya es tóxico- Habrá quien la denoste como obra menor. Habrá quien la critique por sus más efectistas tretas -que las tiene, al fin y al cabo, no dejan de ser relatos muy libres de casos reales-. Pero como el que escribe ha asegurado al comienzo, esto es sólo una vía para contar algo de mayor calado. Algo con lo que, quien deba empatizar, lo hará. Y aplaudirá. Pero también notará cómo sube esa rabia, cómo se fermenta en sus recuerdos y estalla en su mente, haciendo que un sueño se convierta en algo perturbador y un futuro en una niebla. ¿Por qué el futuro? ¿Acaso dudáis de que nos esperan cuatro años a partir de las próximas elecciones, en los que muchos de los verdaderos culpables de los que hablamos tendrán mucho poder? Quizá no todo, pero desde luego, tendrán mucho. Dentro de unas décadas, cuando se estudie esta época de la historia, quizá se relacione el gran estallido feminista de hace una década como uno de los motivos del auge de la ultra derecha en el mundo entero como sonora y devastadora contestación. Mi hermana, quizá la persona más valiente que conozco, trabaja como técnica de integración social en Zaragoza, ayudando con lo justo cada día a decenas y cientos de mujeres en situación de exclusión social y muchas de ellas, obligadas a ejercer la prostitución. Las historias que mi hermana se lleva a casa, no deberían existir. Pero existen, existirán y si consentimos detener la marcha que estábamos llevando hasta ahora, existirán siempre. Y todos sabemos que estas historias al dinero no le importan en absoluto. Porque de eso es de lo poco que saben los culpables, de dinero.

“Si piensas que eres demasiado pequeño para marcar una diferencia, prueba a dormir con un mosquito en una habitación”.

  • Proverbio africano.

El espectador que empatice con las tres asesinas se sorprenderá al verse empuñando un hacha, como Lizzie y como Aileen. Un hacha contra los puercos y los culpables que nos dominan y que quieren dominarnos. A todos y todas. Ese hacha no tiene por qué ser literal… Puede ser una contestación en público, una bofetada a tiempo, una denuncia, un grito de ayuda a todos los que puedas, un libro, una canción, una ficción como esta versión de Lizzie Borden o, por qué no, un texto como este de quien escribe, que como tantos y tantas, está cansado de toda esa panda de culpables. Algunos de ellos gobiernan, mandan, aconsejan e incluso abrazan. Si tengo que elegir entre una Lizzie y uno de ellos, no dudéis de que me quedo con cien Lizzies, por muchas hachas que lleven. Se popularizó el grito de “Somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar”, aseguro que entre esas nietas, también hay nietos. Y el que escribe, está orgulloso de las brujas que hubo -y hay- en su familia y ser nieto de una -Os aseguro que literalmente-.

No cojáis el hacha hasta que no sea necesario. Mientras esperáis, respirad y dad gracias por haber tenido una educación que os ayude a identificar a los verdaderos culpables, y aplaudir ficciones como esta temporada sobre Lizzie Borden.

Artículo hermanado: https://www.zgrados.com/gritad-gritad-malditos/

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