Iñaki Juárez: La mano que da vida al teatro

Madalina Turcescu, Blanca Ramos, Laura Arnedo, Eduardo Ramírez, Andrea García y Antonio Pérez//

Una silueta de un anciano yace recostada sobre una mesa de madera. Los restos de una de sus piernas están apoyados bajo su brazo derecho, al tiempo que su cara esboza una mueca perpetua de sorpresa. Detrás de él, cuelgan tijeras, bridas, llaves inglesas, martillos, etc. que completan una sádica composición coronada por una bandera pirata.
Un títere descansa en el taller a la espera de su reparación. Autor: Eduardo Ramírez 
Un títere descansa en el taller a la espera de su reparación. Autor: Eduardo Ramírez

“¡Uy! A este le ha pasado algo…”

Iñaki Juárez recoge la pierna del títere y, tras mirarla por un instante, vuelve a depositarla en la mesa. Alguien se ocupará de arreglarlo. En el Teatro Arbolé están acostumbrados al trabajo artesanal.

Juárez cierra la puerta que separa el taller del resto del edificio, y recorre el largo pasillo que envuelve el escenario. La profunda sala pasa de la penumbra a la luminosidad tras un click del interruptor. Una atmósfera irreal rodea el lugar, como si las sillas contuviesen la respiración mientras esperan a su público, y el escenario no pudiese aguantar hasta la próxima función.

Una vez atravesada la sala, otro pasillo este más colorido y blando al paso desemboca en una sala repleta de los más pintorescos y extravagantes personajes de madera, poliespán y cartón piedra. Juárez se sienta en una pequeña mesa blanca, acompañado de libros infantiles, como Una Princesa en Motocicleta.

Detrás puede verse la oficina del teatro. Un espacio minimalista y carente de la personalidad que caracteriza al resto del edificio, donde Juárez cada vez pasa más tiempo. Entre risas, admite que está deseando que llegue su jubilación.

“El trabajo con los chavales siempre está bien, con los muñecos, en el teatro… Me gusta todo menos la burocracia, ya que la burocracia que lleva esto no os la podéis imaginar, y cada vez más. Llega un momento que a mí me hastía y me abruma tener que dedicarle tanto tiempo al papeleo, a la oficina. Lo que me gusta es el trato con los niños, con los maestros; y también al viajar. En fin, todo”.

Juárez lleva más de cuarenta años dedicándose al oficio de titiritero. Ataviado con un gorro marrón oscuro, y con un aire al bonachón “padre” de Pinocho, Geppetto, arrastra en sus ojos toda una vida dedicada al mundo del teatro infantil.

Se abre el telón, estamos en 1979

Sus inicios en el mundo del títere fueron pura casualidad. Él era estudiante de Magisterio allá por 1975 y, un buen día, decidió ir con sus amigos a Madrid para tomar un curso de verano de títeres. Fue amor a primera vista. Crearon su primera compañía en el 79 y comenzaron a representar semiprofesionalmente. En el 81, ya vivían de ello.

En su momento, los títeres no eran más que una herramienta pedagógica. Y, pese a que ya son artistas profesionales, todavía mantienen sus raíces con el ámbito educativo. Cada año, el Teatro Arbolé realiza 50 actuaciones para los colegios.

Nada de todo esto hubiera sido posible sin sus socios Pablo Girón y Esteban Villarocha quien ha tenido que retirarse prematuramente debido a un ictus. Junto con Juárez, son los fundadores del Teatro Arbolé. Han sido vitales tanto dentro como fuera del escenario, pues eran quienes acondicionaban los recintos y se ocupaban del odiado papeleo.

El primer recinto teatral de la compañía se encontraba en el casco histórico, pero, pocos años después, se mudaron al Actur. El motivo era puramente económico: Juárez tenía el taller en su casa, la cual estaba situada en ese barrio. La decisión les supuso cierto riesgo, pues los zaragozanos veían el lugar como un solar vacío. No parecía la mejor localización para un nuevo negocio. Con la creación del centro comercial Carrefour por aquel entonces Pryca, solucionaron el problema de la localización, en un barrio que, en aquella época, era el extrarradio zaragozano. Pasaron de estar en medio de nada, a ser los que estaban “al lado del Pryca”. En 2008, con la celebración de la Expo, se hicieron con el edificio que alberga el teatro actual. 

Desde su comienzo en 1979, han representado cerca de diez mil obras teatrales, que han congregado a más de medio millón de boquiabiertos espectadores. Por sus bambalinas han desfilado diablillos, caballeros y pintores barrocos. Pero uno de ellos ha dejado en Juárez un recuerdo especial: Pelegrín, quien va a cumplir 40 este año. 

La compañía le tiene un cariño muy especial porque le han dirigido infinidad de obras unas 25 o 30 que recuerde Juárez Además, esta marioneta se cuela en muchas otras representaciones que no giran en torno a él. El que sea un personaje tan longevo y distinguido, reconoce el titiritero, hace que haya un feedback entre el muñeco y su intérprete, que ha pasado por todas las manos de la compañía. “Por eso Pelegrinico es nuestra mascota”, admite.

Para Juárez, un muñeco o títere puede generar en nosotros la misma imagen que un padre o una abuela. Para él, Pelegrín representa una parte de su ser, pero también un amigo que le ha acompañado durante décadas. Una relación similar a la de un bebé que, según cuenta, observa el peluche que le acompañó en su nacimiento, y su recuerdo “se te queda en el hipocampo” para siempre. Que se convierte en algo próximo a ti. 

Juárez y sus “estrellas” de poliespán. Autor: Eduardo Ramírez
Juárez y sus “estrellas” de poliespán. Autor: Eduardo Ramírez
Un arte que te sitúa entre bambalinas

El trabajo con títeres es un arte, pero para Iñaki se acerca más a la definición de “oficio”. Se atreve a decir que es el más antiguo del mundo, después de la prostitución, y antes que los curas. Un trabajo que deja admirados a niños y adultos de igual manera, y que está presente en todas las culturas del planeta. El factor que cambia todo es la pedagogía: “acortamos distancia”. Con el títere, Juárez no solo interpreta una obra, sino que, explica, crea puentes entre niño y titiritero. Una metafórica forma de unir almas a través de tela y madera. 

El reto, admite Juárez, reside en no traspasar la imagen del personaje, cuidar el propio “yo” y fusionarse con lo inerte, sin llegar a opacarlo: “Un titiritero no se identifica, se proyecta. Quien está representando es él, no tú, y como hagas eso, le estás haciendo la competencia. Entonces, la estás cagando. Quien tiene que capturar es él”. 

La relación del niño con el muñeco nunca cambia, pero ello no significa que el oficio de titiritero permanezca inalterable al paso del tiempo. Juárez admite que, cada vez hay más titiriteros y hay mucho terreno ganado: “fuimos como el arado que tenía que abrir el surco. Pero los que empiezan ahora tienen que ir dándose codazos”. Esa inquietud y desconocimiento inicial ha pasado a convertirse en temor por la masificación de los trabajadores. La población mundial crece y, con ello, las ventajas y los inconvenientes que supone que el ser humano vaya comiendo terreno al planeta

A esto se suman las dificultades de financiación. La mayoría de obras de teatro con títeres tiene que pasar por el filtro del Gobierno de Aragón o de la Diputación Provincial. La burocracia está más incluso que las representaciones a la orden del día. Los organismos asumen hoy en día estos trabajos como “una necesidad”, para cumplir con sus expedientes. Es la chispa de la “inquietud cultural” de los últimos años la que ha impulsado a compañías ya asentadas como Arbolé, o de creación reciente, a lanzarse a las tablas. 

El último escollo fue la pandemia, que no dejó a ningún sector inmune y menos aún a la cultura, que tuvo que adaptarse a una realidad marcada por los espacios entre butacas, la reducción de aforo y los rostros escondidos detrás de la tela: “Tuvimos que contratar a más gente, a pesar de tener menos ingresos tras reducir los aforos, cierto es que ha habido más ayudas y desde luego si no llega a ser por los ERTES esto hubiera desaparecido. Nosotros con el confinamiento no hubiéramos aguantado tres meses con el teatro cerrado y sin funciones de la compañía”. Arbolé aguantó los últimos coletazos de la COVID-19 gracias a las ayudas públicas y al endeudamiento, que permitió que salieran adelante. Una subvención cultural que Juárez reivindica frente a quienes lo ven como un problema.

Ni siquiera él podía vislumbrar que Arbolé llegaría tan lejos: “¡Quién se puede imaginar eso! Nosotros éramos titiriteros. Y además desde la humildad. Lo que haces normalmente es pasito a pasito”. Pero reconoce que, durante su labor, han sufrido varios inconvenientes, relacionados con el traslado al barrio y la construcción del actual teatro: “Lo normal es ir dando pasos pequeños. Siempre sabes como empieza, pero nunca como acaba. Y más en una cosa tan desequilibrada como esta, que estás siempre en el alambre. Siempre en el filo, haciendo equilibrios de un lado para otro. Y seguimos así, siempre”.

Si los títeres sobreviven a día de hoy, es, en gran medida, gracias a las subvenciones del Gobierno. Juárez es muy consciente de ello. Tampoco trata de esconderlo. El dinero que los mantiene en pie prueba que el Teatro Arbolé es todo un referente cultural de Zaragoza. Demuestra que es algo digno de ser cuidado y protegido: “Se habla que la cultura está subvencionada, pero lo está todo. Seguramente aquí en Aragón nadie recibe más ayudas que la General Motors, al igual que los agricultores con la PAC…”

Ahora que su jubilación se acerca, Juárez recuerda con una mezcla de cariño y exasperación esos tiempos en los que su oficio estaba muy cuestionado:

“Hubo una vez que tuvimos un problema con la furgoneta. Fuimos a juicio, esto cuando en el DNI salía la profesión. Y claro, yo tenía puesto, titiritero. El juez leyó la palabra titiritero, y enseguida me llamó, para preguntarme si de verdad era titiritero y para preguntarme también dónde vivía entre risas. A lo que yo respondí que ‘toda mi información salía allí’ vuelve a reírse—. Al hombre le extrañó que yo tuviese un domicilio siendo titiritero se sigue riendo.”

Era una época convulsa, pero también más simple. La compañía iba de pueblo en pueblo sin preocuparse demasiado por los contratos y la burocracia. El teatro que deja en manos de sus sucesores es mucho más complicado. Pasar la antorcha se ha vuelto una tarea mucho más difícil de lo que él esperaba. El trabajo detrás de bambalinas, cuenta el titiritero, es lo que menos se ve y valora. Para él, ello puede suponer un problema para el futuro, cada vez más incierto. No se atreve a hacer predicciones sobre el día de mañana, pero tiene claro que la parte burocrática de la empresa debe seguir existiendo.

El Teatro Arbolé, listo para su próxima función. Autor: Eduardo Ramírez
El Teatro Arbolé, listo para su próxima función. Autor: Eduardo Ramírez

Juárez desvía la mirada. Durante nuestra conversación, una de las jóvenes de la compañía había estado colocando sillas y mesas para los pequeños que se presentarán en el edificio en pocas horas. Sin embargo, ahora vuelve con algo muy diferente entre las manos: es el anciano sin pierna del taller.

El muñeco parece dirigir una mirada de sorpresa a su pierna, que ha sido cosida y reparada con mimo. Casi parece incrédulo estar de vuelta. Pero necesita estarlo. Porque él, Pelegrín y todas las demás marionetas son las que dan vida a este escenario. El futuro es incierto, pero ahora no importa. Hay una función que representar. 


Si quieres saber más sobre el barrio en el que se encuentra este teatro, lee nuestro reportaje del Actur.

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