Lorena Amaro: “La indagación en genealogías fracturadas por la violencia produce un nuevo relato”
// Carmen Jiménez-García (@carmen.ji) y Victoria Cazcarro (@vcazcarro_)
El coloquio internacional «El final de las dictaduras. Narrativas europeas y latinoamericanas» reunió durante tres jornadas a investigadoras e investigadores con motivo del 50º aniversario de la muerte del dictador Francisco Franco. El encuentro, organizado por el equipo de investigación de Transficción, propició el diálogo sobre la lucha política ciudadana durante los regímenes autoritarios y las posteriores transiciones a sistemas democráticos.
Las narrativas surgidas de las transiciones latinoamericanas son el objeto de estudio de Marcela Aguilar, Lorena Amaro y María Angulo. Las académicas presentaron los resultados de sus respectivas líneas de investigación en la segunda jornada del coloquio, que se celebró en el Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras.
Cuarto propio, editorial chilena nacida en los márgenes
Marcela Aguilar, decana de la Facultad de Comunicación y Letras de la Universidad Diego Portales de Chile, comenzó la sesión en la que analizó el ecosistema de editoriales independientes chilenas. Este panorama asentó las bases del circuito editorial contemporáneo que Aguilar describió como “un entramado de pequeños sellos que aportan diversidad en un mundo dominado por grandes transnacionales del libro”.
La investigadora comenzó contextualizando la situación editorial chilena previa a la dictadura. Aguilar explicó que el Estado creó la editorial Quimantú en 1971, que publicaba tiradas de entre 20.000 y 50.000 ejemplares a precios accesibles. Esta labor supuso una masificación del libro inédita en el país latinoamericano. Sin embargo, tras el golpe de estado, los militares la clausuraron y rebautizaron como Editorial Nacional Gabriela Mistral. “Hubo persecución a escritores y editores, quema de libros y cierre de imprentas y librerías. A esto siguió una etapa de censura previa reglamentada por bandos militares”, explicó Aguilar.

En ese panorama nació Cuarto Propio, una editorial fundada por Marisol Vera en 1984 bajo el nombre completo Editorial de Mujeres Cuarto Propio, en homenaje al ensayo de Virginia Woolf. “En plena dictadura la publicación de obras —especialmente de mujeres— era muy limitada. Muchas autoras optaban por la autopublicación o por publicar en el extranjero”, destacó Aguilar. Cuarto Propio surgió como espacio para las voces de las escritoras y artistas de la contracultura chilena.
A fines de los 90 y comienzos de los 2000, la industria editorial latinoamericana vivió una concentración sin precedentes: grandes conglomerados absorbieron los sellos locales. “En Chile, para 2002, siete multinacionales controlaban casi el 80% del mercado, y sólo el 20% de los títulos eran de producción chilena, menos que durante la dictadura”, señaló la investigadora. Ante esta tendencia, Marisol Vera fundó en 2000 la Asociación de Editoriales Independientes de Chile. Desde entonces, comenzó una explosión de sellos independientes que propiciaron catálogos coherentes, distribución alternativa y un fuerte sentido comunitario.

Además de la asociación, Vera continuó dirigiendo Cuarto Propio. En 1990, la editorial publicó Escribir en los bordes, obra clave sobre literatura femenina latinoamericana. En la actualidad, cuenta con más de 500 títulos activos entre los que se encuentran obras fundamentales de crítica latinoamericana. Con una trayectoria de más de 40 años, Cuarto Propio ha sido modelo para nuevas editoriales feministas chilenas como Libros del Cargo, Libros de la Mujer Rota, Bisturí Diez o Manda Propia.
Aguilar concluyó señalando que la fundación de Cuarto Propio fue “un acto político valiente”. A pesar de los cambios políticos y económicos, la editorial ha contribuido a sostener un espacio cultural esencial para el diálogo crítico. Por último, añadió que “las editoriales independientes no pueden ni quieren quedar fuera del mercado, pero requieren protección para coexistir con los conglomerados”, cierre seguido de un aplauso por parte del público.
La crónica como vehículo privilegiado
Tras unos minutos de preparación, la moderadora del coloquio Natalia Corbellini dio paso a la intervención de María Angulo con una breve presentación. La profesora de la Universidad de Zaragoza comenzó destacando la “pulsión por lo real” evidenciada a finales del siglo XX que cuestionó la concepción clásica del saber histórico. Angulo afirmó que en este panorama narrativo “surgen con fuerza los relatos de los herederos: hijos y nietos de las dictaduras, que buscan comprender silencios, vacíos y secretos familiares”.
“La crónica argentina contemporánea se ha convertido en un vehículo privilegiado para reconstruir el pasado traumático, combinando investigación periodística y sensibilidad literaria”, argumentó la investigadora. Esta idea fue el eje vertebrador de la presentación de Angulo. Tomó como ejemplos paradigmáticos La llamada (2024) de Leila Guerriero, un perfil sobre Silvia Labayru, sobreviviente de la ESMA; y Tu nombre no es tu nombre (2023) de Federico Bianchini, un perfil sobre Claudia Poblete, una de los bebés robados en la dictadura argentina.

En el perfil de Guerriero, la mediación generacional fue clave para generar confianza entre ambas. Labayru señaló que la distancia generacional con Guerriero fue más importante que la condición de género para permitirle hablar de temas dolorosos como la violación. El perfil visibiliza la instrumentalización de la violencia sexual como arma de tortura estatal en centros clandestinos. Finalmente, continuó Angulo, la crónica expone una fisura en el relato canónico de la memoria: “El estigma del sobreviviente que es a menudo señalado como sospechoso frente a la figura del desaparecido como mártir”.
En el segundo caso paradigmático, Tu nombre no es tu nombre (2023), Bianchini realiza un perfil de Claudia Poblete. “Aborda la reproducción de identidad de una niña apropiada durante la dictadura —desarrolló Angulo—. Explora su conflicto entre sus identidades, Mercedes Landa, la hija de sus apropiadores; y Claudia Poblete, su identidad restituida”. Además, añade la investigadora, el archivo sirve como acto de justicia: Bianchini documenta el rol de las Abuelas de Plaza de Mayo, la creación del Banco Nacional de Datos Genéticos y los archivos afectivos, como las grabaciones entregadas a Claudia el día de la sentencia.
Ambos perfiles, afirmó Angulo, evidencian la potencia de la crónica argentina contemporánea para reconstruir la memoria desde perspectivas complementarias. “Articulan de manera orgánica lo íntimo y lo colectivo, tendiendo puentes entre las experiencias personales y los procesos históricos más amplios”, expresó la profesora de la Universidad de Zaragoza. De este modo, concluyó, la crónica se constituye en un archivo vivo y, simultáneamente, en una forma de justicia simbólica capaz de restituir voces y experiencias silenciadas.

El coro polifónico de hijos e hijas de la desaparición chilena
Finalmente, y de nuevo introducida por Corbellini, tomó la palabra Lorena Amaro. La profesora de la Universidad Católica de Chile presentó su estudio sobre la obra No dijeron muerte (2023), el libro de la periodista Josefa Ruiz-Tagle que recoge las historias de hijos e hijas detenidos desaparecidos y ejecutados políticos. Estos relatos revisan las historias familiares desde la distancia del presente y, al hacerlo, vuelven a abrir las fisuras políticas y emocionales que dejó la dictadura chilena. “A mi juicio, No dijeron muerte inaugura una serie contemporánea —afirmó Amaro—. No es un libro aislado, sino parte de un conjunto de obras que indagan en genealogías familiares fracturadas por la violencia de Estado y que producen un nuevo tipo de relato”. Este nuevo testimonio, precisó la investigadora, se distancia de la denominada «literatura de los hijos» que predominó en los años 2000. Esta literatura se centraba en miradas infantiles y en recuerdos filtrados por la distancia emocional. “Lo que vemos hoy es diferente: son relatos que surgen desde el presente adulto, desde la investigación, el archivo y una reflexión crítica que se aleja de la representación tradicional del ‘hijo víctima’”, aclaró la investigadora.

No dijeron muerte como un acto de memoria
Amaro explicó que, junto a la investigadora Carolina Gainza, propone leer No dijeron muerte como un “acto de memoria”, siguiendo la noción desarrollada por la artista Doris Salcedo: no como un recuerdo estático del pasado, sino como una intervención en el presente con proyección hacia el futuro.
Añadió que la obra está construida como un coro polifónico, donde las voces no buscan coincidir, ni ofrecer un relato único, sino convivir en su diversidad y en la tensión entre tiempos superpuestos. Ruiz-Tagle incorpora collages que recogen fragmentos de documentos, informes, delaciones y silencios, evidenciando los límites del lenguaje a la hora de abordar la violencia y la desaparición.
El propio título del libro, No dijeron muerte, señala la zona de ambigüedad del lenguaje que acompaña a la desaparición forzada y a su lenguaje elusivo. Amaro insistió en que esta forma de violencia opera precisamente en esa suspensión: “La desaparición es un delito que suspende la muerte en un estado de incertidumbre permanente: no hay cuerpo, no hay prueba, no hay cierre”. En esta línea, la obra cuestiona las representaciones habituales de militantes y víctimas, y hace visibles experiencias que la sociedad chilena –también en democracia– ha preferido relegar a la sombra.
Antes de concluir, Amaro subrayó la dimensión ética de estos relatos: “Nos invita a preguntarnos no solo dónde están los desaparecidos, sino qué hacemos hoy, desde nuestras posiciones, frente al negacionismo, la impunidad y la fragilidad de la memoria en el Chile contemporáneo”. Con esta reflexión se dio paso al turno de preguntas que cerró el encuentro.
Las preguntas del público ampliaron el enfoque de la mesa. La primera intervención se detuvo en la dificultad de narrar el trauma sin caer en la repetición de fórmulas ya conocidas ni en la victimización. Amaro explicó que estos nuevos testimonios no buscan fijar un relato definitivo, sino abrir espacios de interpretación desde el presente. Recordó que las memorias traumáticas no emergen de forma lineal, sino en función de los momentos históricos que habilitan –o bloquean– la escucha.
A continuación, una pregunta puso en relación los procesos de memoria en Chile y Argentina. Aguilar señaló que, en el caso argentino, ciertos debates internos de la militancia se abordaron antes y con mayor frontalidad, mientras que en Chile temas como la lucha armada, la delación o las fracturas de la resistencia permanecieron durante décadas en un lugar incómodo y silencioso. Amaro añadió que la irrupción de nuevas derechas y el resurgimiento de discursos negacionistas han reactivado con fuerza la necesidad de pensar la violencia desde el presente, no solo como un asunto del pasado.
La última intervención del público se centró en un tema clave: si es posible hablar de un cierre definitivo de las dictaduras. Amaro respondió que, más que un periodo acabado, la dictadura dejó un imaginario persistente que continúa operando en la vida social y política de Chile. Recordó que episodios recientes –desde casos de violencia policial hasta desapariciones contemporáneas– muestran que ciertas lógicas autoritarias no han desaparecido. Por ello, afirmó que las memorias que hoy emergen no miran únicamente hacia el pasado, sino que interpelan un presente donde la transición sigue siendo un proceso abierto.
El coloquio concluyó recordando que la memoria latinoamericana sigue siendo un campo abierto, marcado por tensiones que atraviesan tanto la literatura como el periodismo y la vida democrática. Las intervenciones de Aguilar, Angulo y Amaro mostraron cómo las narrativas transicionales buscan no solo reconstruir hechos, sino comprender mecanismos que perpetúan la violencia y el silencio. Entre silencios que se abren y memorias que reviven, la jornada dejó una pregunta suspendida en el aire: ¿puede darse por concluida una transición cuando el país aún conversa con las sombras que dejó la dictadura?
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