Mangoneo machista o la casa por el tejado
Cada día percibo más la autosuficiencia de algunos —por no decir la mayoría— de los varones de la creación, que se piensan ungidos por el icor de los dioses para tomar decisiones, ¡cómo no!, las más oportunas en cualquier asunto. Y, si te descuidas, te las explican junto con el mundo y la rotación de la Tierra.
Todo esto viene a cuenta de mis andanzas, nuevamente, con los arreglos en las comunidades de las casas que habito. Esta vez es en la sierra. Hay que arreglar los tejados y las chimeneas… Bien. Pero somos cuatro casas y en dos de ellas habitan varones que han cocido el proyecto del arreglo, pedido el presupuesto, previsto las necesidades —las suyas, claro—, fijado las fechas de actuación y decidido los plazos y las formas de pago. A mí solo me lo comunican para que pague. Vamos, «paga y calla» es el mensaje.
No sé qué me enfada más: si el asunto económico, ahora al final del verano, o el ninguneo al que me han sometido, decidiendo todo por mí. Creo que lo segundo.
Pensando en este segundo aspecto, me molesta, en primer lugar, que se crean tan listos; en segundo, que sean tan manipuladores; y, por último, que no me hayan incluido en la manera de pergeñar el proyecto y me entreguen el resultado sin más. Me parece que, además de machistas y prepotentes, consideran que una mujer mayor, viuda y con un gato —tengo al de mi hija, que está de viaje— no puede ser tenida en cuenta. Cuanto menos, «pobrecita», hay que dárselo todo masticado. Eso sí: que ponga su parte económica, la primera.
Bueno, pues esta vez «la abuelita del gato» les ha salido respondona.
He llamado al rumano que lleva el tema de la reforma de los tejados. Le he pedido que venga a mi casa para que me explique personalmente, y con todo detalle, cada uno de los pasos. Y, de paso, he añadido otra necesidad al proyecto: poner algún impedimento para que las palomas no aniden en la cornisa.
En resumen, que Víctor, que así se llama el rumano, ha sido muy amable. Me ha dado todas las explicaciones y referencias y he quedado convencida. El rumano, eficaz y profesional. «¡Pon un rumano en tu vida!». Ya lo he dicho en otras crónicas.
Cuando las mujeres somos jóvenes, nos desprecian porque no tenemos experiencia; cuando somos mayores, porque hemos perdido el criterio. Siempre hay una excusa para desautorizar nuestra voz.
Pues no podemos dejar que esto pase. Hay que seguir y seguir hasta el último aliento.
Y, en el capítulo de desdichas veraniegas, se me ha roto un diente. Carísimo. A ver si encuentro un dentista rumano tan eficaz como Víctor.

