Ponerse al día no es suficiente
En mi casa, la tele no se encendía hasta que habláramos sobre nuestro día. Una chorrada, pensaba de pequeña. ¿Ǫué más da? A veces, si no quería hablar, decía que no me había pasado nada, nada que mereciera la pena contar. ¿Ǫué más da que haya perdido un lápiz? ¿Ǫué más da que hayamos ganado en balón prisionero? Tampoco es para tanto. Ahora me encanta la hora de la comida: repasar el día y compartir alguna chorrada o infortunio de la mañana. Y contar lo que pienso hacer —o no hacer— por la tarde o incluso durante el fin de semana. Lo mismo hacen mis padres. Y me reconforta saber que mañana lo volveremos a hacer.
Victoria Cazcarro (@vcazcarro_)//
La rutina, aunque a veces es aplastante, también puede ser reconfortante. En esas citas que se repiten, hablas con tus amigos de todo un poco, distendidamente. Y en estos casos, las conversaciones salen a borbotones de hasta debajo de las piedras, de cualquier tema imaginable. Pero cuando dejan de ser algo rutinario, mutan. Y ves claro el doble filo de la rutina.
“A ver si quedamos un día de estos”, me dice una amiga por mensaje. Las dos de acuerdo, siempre de acuerdo. Pero, poco después, te asalta la idea horrorosa de la tónica habitual: una pregunta, y la otra responde que no puede, que tiene un compromiso. “¿Desde cuándo voy a la liga de debate?”, me pregunta. Ya nos contaremos cuando nos veamos. Venga, va, otro día. ¿Y otra semana?
Perseveramos y damos con una fecha, no sin antes hacer alguna broma de lo ocupadas que estamos para quitarle hierro al asunto. En ese momento, parece que hayáis ganado poco menos que una medalla olímpica en un deporte que no existe, pero que, si existiera, sería uno de fondo. El subidón se pasa rápido: queda poco menos de un mes. Buf, un mes. Pero, después de una negociación diplomática digna de la ONU, lo habéis conseguido; una cosa menos en la que pensar. ¿Y qué hacemos para entonces? Con ganas de zanjar la conversación, lo dejáis en el plan de siempre, quizás algo nuevo si queréis tirar la casa por la ventana —y si aún tenéis ganas de seguir hablando. Complicado, después de la inflada de mensajes que lleváis.
En un mes te pasan muchas cosas, pero cuando te pasa algo fuerte, le pones un post-it mental. Piensas en cómo contarás la historia, cómo le darás emoción y cómo lo resolverás para que sea una anécdota graciosa. O qué detalles incluirás y cuáles omitirás. Así durante un mes entero, una historia tras otra. Y llega el día. Una de las dos da el pistoletazo de salida, y, antes de que te des cuenta, estáis intentando comprimir un mes en unas pocas horas.

De estas historias han pasado semanas; las cuenta en retrospectiva. Hasta sus emociones están en retrospectiva: habla de cómo se siente ahora, no como las sintió en el momento. Y, si lo hace, es probable que el tiempo haya distorsionado el recuerdo. Y yo también se las cuento así. “Ojalá hubieras estado ahí, fue buenísimo”, suelta desenfadada. Caigo en la cuenta de que, de hecho, no estuve con ella cuando le pasó nada de lo que me está contando. Ni lo bueno, ni lo malo. Nada. Es una aberración de quedada, solo encuentro consuelo en vernos cara a cara. ¿Se ha hecho capas? ¿Ese piercing es nuevo?
La idea es amarga: la conversación mutante en la que me encuentro no es más que una sombra de nuestra amistad. Damos puntadas a un Frankenstein de historias y cada mes le devolvemos a la vida. Hace poco pensaba que estas quedadas eran bálsamo para el alma; así lo sentía. Pero, en su lugar, son analgésicos: un alivio momentáneo. Un mero trámite entre dos personas, que te deja con ganas de más. Remiendos para mantener la relación a flote, una que florecería de nuevo si volviéramos a compartir tiempo juntas, a compartir vida juntas. Y contarle que he perdido un lápiz y que he ganado balón prisionero.

