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Nacho Martínez: “Es como si fuera el padre de todos los instrumentos que hago”

Ainhoa Montero Tolosa //

«Quien trabaja con sus manos es un obrero; quien trabaja con sus manos y su cabeza es un artesano; quien trabaja con sus manos, su cabeza y su corazón es un artista«, dijo San Francisco de Asís. Y es que el mimo, la pasión y la dedicación con la que se hace un producto es la que marca la diferencia. Nacho Martínez (1973) es lutier de instrumentos tradicionales aragoneses. Natal de Zaragoza, está casado y es cristiano. No le gusta significarse por nada, por ello jamás llevaría la camiseta de su equipo favorito ni nunca escribiría su opinión política en Facebook. Aunque le gusta cuando la gente es valiente y pertenece a minorías que están mal vistas.

¿Cómo comenzaste en el oficio?

— Empecé un poco por casualidad. Yo he aprendido de un autodidacta que es Mario Gros y ya llevo 25 años, y lo que no sé me lo invento, directamente (risas).

Te gustó tanto que lo convertiste en tu profesión…

— Nunca pensé que esto iba a ser un oficio porque para mí era una afición. Me gustaba mucho la música, la madera, hacer cosas con las manos…, pero realmente lo mío era el magisterio. Lo que pasa es que, en aquel momento, la cosa estaba muy jodida…

Así que ¿decidiste buscarte la vida por otro lado?

— Claro. Y luego una parte muy importante de mi trabajo que es voy a los colegios a darles talleres de construcción. Entonces, ahí sí que hay un buen nicho de mercado. Como lo que yo hago no existía, me busqué el oficio. O sea, soy bastante genuino y diferente.

¿Por qué instrumentos tradicionales de Aragón?

— A mí me tira mucho la tierra… Sin ningún fanatismo ni ningún tipo de creencia fundamentalista: simplemente como he nacido aquí pues hago instrumentos tradicionales aragoneses.

¿Qué es lo mejor de hacer instrumentos con tus propias manos?

— Buah… Además de la satisfacción personal de fabricar tú mismo algo, es un poco como si fuera el padre de todos ellos.

¿Cómo es eso?

— Al principio cuando tienes un hijo, dos, tres… parece sencillo, pero a lo largo de estos años que he fabricado miles y miles de instrumentos es como si tuviera miles y miles de hijos… Entonces la responsabilidad es muy grande.

¿Y con los clientes?

— Hay gente que me tiene mucho cariño… Date cuenta de que los instrumentos se utilizan en momentos jocosos, de alegría… y hay muchos que han sido muy felices con una cosa que he hecho con mis propias manos.

¿Hay algo que ha cambiado en todos estos años?

— Cuando eres joven te importa mucho la productividad y con el tiempo te das cuenta de que eso no es relevante. Es mejor hacer menos cosas y bien.

Claro.

— Nunca vendo algo que sea una birria. Los lutieres tenemos que trabajar perfectos para que el instrumento funcione siempre, no a veces.

¿Por qué elegir artesanía?

— Para mí la palabra artesano se pone en mayúsculas. Aquí todo es diferente, eso tiene un valor añadido.

Hay gente que justamente lo desprecia…

— Sí, por estar hecho en una fábrica parece que se fían más… Cuando es todo lo contrario. Yo hago los instrumentos con amor y la palabra amor te desmonta, te desencaja, te incomoda…

Y más hoy en día…

— Sí, pero a la gente hay que hablarle de amor. Cuando viene un cliente y me encarga una dulzaina o una gaita, yo lo conozco personalmente y le veo la cara. Al fabricar el instrumento, yo estoy pensando en esa persona. ¿Cómo le voy a hacer un churro? ¿Con qué cara le podría dar un instrumento que no está hecho perfecto?

¿Qué es lo más difícil?

— Nada. Todo es fácil, si tú te lo propones… No dejo de ser un humilde carpintero. Con tiempo, esfuerzo y dedicación…

¿Te preocupa la desaparición de la profesión?

— (suspira con risa) Somos como el lince ibérico casi (risas). Por momentos en mi vida me ha obsesionado el tema, pero luego he pasado de esa angustia a todo lo contrario.

¿Y eso?

— Pienso que las cosas tienen que ser como tienen que ser. No es malo ni bueno. Es una evolución y hay que aceptarla. La música es imposible que desaparezca. ¿Qué lo que yo hago se extinga? Pues tendrá que ser, será como un destino. Ya no estoy nada preocupado no porque crea que vaya a perdurar, simplemente me da un poco igual.

No se puede hacer nada…

— De todas formas, estoy convencido que no se perderá justamente ahora por el valor de los pueblos.

Bueno tú que tienes hijos… ¿están interesados en este mundillo?

— No, no veo cierto interés por la construcción, ya me ven a mí… Tocan la gaita, pero también un poco por militancia.

Tampoco puede haber mucha gente que se dedique a esto ¿no?

— Exacto. Ya te he dicho que yo no vivo solamente de hacer instrumentos… Cuando van las cosas mal me dedico a hacer ferias. Vendes pequeños instrumentos musicales en un tenderete y eso siempre va muy bien.

¿Por qué firmas tus instrumentos?

— Todos los lutieres lo hacen. En mi caso, no es nada por ego, no quiero pasar a la posteridad. Se firman para poder investigar. Yo quiero ponérselo fácil a los que vengan detrás. Cuando empecé sí que firmaba con NM, pero con el tiempo creamos Gaitería Tremol que es lo que ahora me representa.

¿Te representa más?

— Sí, porque se engloba este proyecto que es investigar, construir y divulgar. Una de las lecciones que me dio Mario Gros fue que no es importante cómo firmas sino más bien la reputación que te la ganas con tus hijos, cuando hablan bien de ti.

¿Qué percepción crees que podrán tener de ti los que vengan detrás?

— Yo creo que mis instrumentos no serán importantes. Seguramente pasaré a la historia por pequeñas cosas, si es que paso. A lo mejor por fabricar una flauta de caña más que por una dulzaina o una gaita que hoy en día puede hacerlas cualquiera.

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