Pajaritos fritos
No os asustéis y seguid leyendo.
Etapas:
- Alicante con 40º, a la puerta de un restaurante “finolis” de 1 estrella Michelin.
- Dentro… una temperatura maravillosa, bastante gente pero no demasiada, fotos de famosos en las paredes.
- Recomendación de un amigo: pedid lo que queráis, todo está bueno, pero no os pueden faltar los pajaritos fritos. ¡¿Cómo?! Sí, es la delicatessen de la casa.
- Camarero amable, rumano, que haría yo sin un rumano, rumana, rumane. Pon un rumano en tu vida, te alegrarás.
- Pedimos arroz, tomate trinchado, vino y pajaritos fritos.
- Yo esperaba que un ángel exterminador desplegara su espada flamígera sobre nosotros, o que al salir una “horda” animalista nos asara vivos.
- Vuelve mi rumano con altramuces aliñados, el tomate trinchado y una bandeja de pajaritos
fritos. - Muerdo uno pensando que aplastaría un cráneo humeante y ¡oh! ¡Sorpresa! Son palitos de puerro en tempura con forma de pajarito. Una delicia que no hay que perderse.
- Devoramos todo, bebimos con fruición. Ahora bien, la cuenta… mejor que la pague “el CEO de la empresa” o “el padre del novio” porque yo, jubilada, no alcanzo ni con la extraordinaria.
- Salimos al exterior y ¡uff! los pajaritos vivos estaban en su sitio. ¡Qué alegría!
Si quieres leer más de @cualquiera48, te dejamos su crónica «La tapa del wáter».

