Barrios de segunda
Laura Carramiñana// @neovaquera
Cuando más prisa tienes, más tardan en llegar. Esa es la realidad de los autobuses urbanos de Zaragoza. Resulta sorprendente que, a pesar de ser una ciudad de considerable extensión y población, el transporte público sea con frecuencia objeto de controversia. No valoraré el conflicto interno entre trabajadores y empresa. Mi intención es mostrar la realidad de todos los ciudadanos que residen en la margen izquierda del Ebro.
Nuestra ciudad cuenta con seis puentes por los que circulan líneas como la 29, la 35, la 36 y la 39, encargadas de conectar los barrios más jóvenes con el centro urbano. Uno de ellos, el Puente de Piedra. No todo el mundo conoce que, en los últimos meses de construcción, se derrumbó debido a un crecimiento del Ebro. Su reconstrucción fue veloz y desde entonces, miles de turistas y autobuses circulan por él a diario. Lo que en su momento fue novedoso y prioritario, hoy en día, el Puente de Piedra se encuentra el último en una larga lista de espera.
Desde sus orígenes, el transporte urbano en Zaragoza ha circulado por una ruta plagada de desvíos imprevistos. La ciudad crece, los planes se modernizan, pero las líneas de bus que conectan a estos barrios con el centro de la ciudad siguen siendo escasas e interrumpidas de forma constante. Mientras que muchas líneas disponen de alternativas como el tranvía para llegar a su destino, los vecinos del Arrabal, La Jota o Vadorrey solo pueden confiar en sus propias piernas para cruzar el puente. Si ya eran insuficientes las líneas que conectan estos barrios con el núcleo urbano de la ciudad, las continuas irrupciones del servicio provocadas por eventos en el Puente de Piedra y sus alrededores no hacen más que agravar la desconexión.
En el periodo de las Fiestas del Pilar, todos los ciudadanos conocen de antemano que la circulación por el Puente queda reservada a los peatones. Una decisión esperada, lógica y comunicada con suficiente antelación. En cambio, cuando se celebran eventos culturales esporádicos, de esos que duran apenas un fin de semana, la historia cambia por completo. El Puente de Piedra se convierte en punto neurálgico de grúas y trabajadores instalando luces o infraestructuras. Y con él, las líneas de bus que lo cruzan sufren las consecuencias.
Estas irrupciones no son solo frecuentes, sino que su gestión es improvisada, torpe y, lo que es peor, apenas comunicada. Los usuarios del transporte público no son avisados de estos desvíos. En esos momentos, los canales oficiales de aviso son el boca a boca o el mensaje de WhatsApp de alguno de sus contactos más cercanos. Sin avisos visibles en las paradas ni una estrategia clara por parte del Ayuntamiento, miles de personas se ven forzadas a caminar kilómetros o a esperar un autobús que jamás llegará.
Existen muchas alternativas, pero faltan ganas de cambiar la situación. Si este problema afectara a otro punto de la ciudad, el relato institucional sería diferente. No se trata de suposiciones o victimismos, sino de la realidad. Recordemos las últimas noticias. La línea 24 desapareció sin una justificación sólida, dejando a cientos de usuarios sin una ruta más que eficiente, con una frecuencia casi ejemplar y sobre todo, muy utilizada. ¿Cuál era el problema? La respuesta es muy simple: los barrios que conectaba no eran lo suficientemente importantes para el Ayuntamiento.
Mi padre, criado en el barrio Las Fuentes, solía contarme que su primer empleo estaba en Valdefierro. Cada mañana recorría media ciudad con la línea 24, desde la primera parada hasta la última, y en muchas ocasiones se quedaba dormido en el trayecto. Aquella línea era su chofer a diario como para muchas otras personas. Tras su eliminación, dos barrios que alguna vez fueron cercanos, hoy se sienten más que distantes. En su lugar, el Ayuntamiento ha incorporado dos nuevas líneas: el Ci3 y el Ci4. Cómo sus predecesoras (Ci1 y Ci2) ambas rodean el centro de la ciudad sin adentrarse en ella. Aunque fueron diseñadas para mejorar la conectividad, su implementación ha provocado un aumento de la demanda de otras líneas ya existentes como el 38. Lo que desencadena una saturación del servicio, así como, el aumento de los tiempos de espera.
Zaragoza funciona a dos velocidades. Un Ayuntamiento que circula rápido, pero sin frenos y unos ciudadanos que, en ocasiones, se ven obligados a frenar de golpe. No pedimos lujos ni vehículos voladores, solo lo mínimo: un transporte público fiable y fijo. Porque no todos los barrios cuentan con tranvía, ni todos los ciudadanos pueden caminar muchas horas hasta su trabajo. Pensaba que no era necesario mencionarlo, pero moverse por Zaragoza no debería ser una odisea.

